El chofer paceño ofrece mal servicio y sufre de estrés ¿Cómo es el transportista público? Es el primer y quizás único trabajo de muchas personas. Los voceadores llegan a ser conductores. Compiten por ganar pasajeros. Son víctimas de la congestión y atacan a los pasajeros.
La jornada de Rodolfo (nombre ficticio) comienza a las 5.00 de la madrugada: se da un aseo muy rápido, corre al garaje donde está el minibús y, ya con el volante bajo su control, toma la ruta para lograr la renta del día. Cada jornada recuerda que las tarifas públicas no suben hace mucho y que la competencia es durísima, por lo que se mete en una vorágine estresante cuyas víctimas son, casi siempre, los pasajeros. Así, durante 12 horas de trabajo, Rodolfo para donde quiere, escucha música a gran volumen —preferentemente cumbia chicha— y la velocidad de su minibús está condicionada por la competencia, a momentos lenta, a momentos rápida. Y su humor desaparece gracias a las trancaderas, marchas, bloqueos y peatones imprudentes que desafían al semáforo y los vehículos. Finalmente, el calor sofocante, el manejo de la moneda, las comidas que consume en las paradas, constituyen una agresión a los pasajeros. “Los jóvenes son malcriados y los viejos, abusivos”, así describe Franz Callejas, jefe de Servicios del Organismo Operativo de Tránsito, el comportamiento de los choferes en La Paz. Es decir, la falta de la educación es uno de los principales rasgos del perfil del conductor de micros, minibuses y de los pocos colectivos. “Son muy mal educados. Fíjese, si usted se dedica a mirar cualquier calle, va a ver cómo se paran en cualquier lugar. Además, le tratan muy mal a uno cuando se sube”, reclama Rodrigo Padilla, un estudiante de 19 años. La sicóloga laboral Ivón Bráñez dice que no se tiene que generalizar; sin embargo, considera que “se debe trabajar para ofrecer capacitación a choferes y a los ayudantes”. El secretario general de la Federación Departamental de Transportistas de La Paz, René Vargas, informa que su gremio busca el apoyo de la Alcaldía paceña para organizar cursos de atención al cliente y en educación vial a sus afiliados, lo cual sería “la mejor solución frente a las quejas”. El Organismo de Tránsito coincide en que la educación es un asunto central en la relación diaria entre conductores y pasajeros. “Muchos de los choferes son casi iletrados. Los jóvenes han aprendido a manejar cuando eran voceadores, pero no conocen las normas”, señala Callejas. Este no es el único problema. Los ciudadanos reclamaron por el mal olor que despiden los conductores, pero ellos lo justifican con la jornada que deben cumplir. “Estoy trabajando desde muy temprano, tengo que cumplir con mis rutas, manejamos 12 horas, dígame, ¿con qué tiempo puedo limpiarme?”, responde Fernando Quisbert (35) a una pregunta de La Razón. Ahora, don Teófilo Mamani (50), nostálgico, recuerda que en el pasado el trato era mejor, cuando incluso la presencia era importante. Tanto que era requisito lucir una camisa planchada y una corbata. Y se lanza contra los conductores de hoy. “Ellos son locos, maleducados y corredores”, afirma Mamani. ¿A qué se debe esto? A la falta de formación, a que no aprecian al concepto de servicio. “El del conductor es un trabajo accesible. Los nuevos aprenden cuando son serruchos (ayudantes o voceadores), pasan el curso del Tránsito y manejan. Pero no aprenden la educación vial y son irresponsables”. Bráñez y Callejas identifican al estrés como una de las razones principales para las malas costumbres de los transportistas. La socióloga apunta que la buena atención al pasajero queda relegada cuando “se lidia con trancaderas, marchas, peatones, policías corruptos... no es raro que se desahoguen con la gente”. Y el chofer debe, además, enfrentarse a la falta de educación vial de parte de los peatones. Así, el circuito negativo es completo.