Fue fotógrafo oficial en la campaña del Norte de África en la II Guerra Mundial. Llegó a Bolivia en 1950, retrató a los extintos sirionó, fue cineasta y una de sus hijas fue guerrillera.
Texto: Jorge Quispe Fotos: Archivo Hans Ertl y Ronald Melgarejo
Habían pasado 15 años desde el final de la II Guerra Mundial, pero el fotógrafo y cineasta Hans Ertl se sentía preso en Alemania. Sin haber matado a nadie, su pasado ligado al régimen nazi aún lo condenaba, por eso, jamás se sintió tan libre como en la estancia La Dolorida entre San Javier y Concepción, Santa Cruz, Bolivia.
La confrontación bélica duró seis años, pero la posguerra para la familia Ertl fue más larga. “Después de 1945, el nuevo gobierno le prohibió a mi papá trabajar por dos años. No ejercía su profesión y sólo sacaba fotos mientras mi madre cosía y tejía”, recuerda su hija Beatrix Ertl, de 63 años, desde su casa en Kupini, rodeada de fotos de los Juegos Olímpicos de Berlín 1936, la extinta comunidad Sirionó, un esquiador, un nadador y otras que tiene en una caja.
De Europa a la Amazonía Hans Ertl no sólo fue el fotógrafo oficial del mariscal de campo Erwin Rommel, el “Zorro del Desierto”, durante la campaña del norte de África en la II Guerra Mundial, también conocía al Adolf Hitler y aunque decía que no comulgó sus ideas, trabajó para él. “No le gustaba hablar de la guerra y le chocaba que le digan: ‘fotógrafo de Hitler’, él siempre dijo que sólo fue un reportero de guerra y que admiraba a Rommel. No le caía Hitler, mi padre no era racista y no tenía nada contra los judíos”, expone Beatrix.
Nacido en Münich en 1908, Hans fue un trotamundos. Uno de sus primeros viajes fue a Groenlandia en 1932, luego al Himalaya en 1934 para volver a su país y filmar junto a la directora Leni Riefenstahl la película deportiva Olympia sobre los Juegos de Berlín. A éstas se sumaron expediciones en suelo chileno en 1938 y 1939, para ir a África como reportero gráfico, pero fue en 1950 cuando arribó a Bolivia.
“En su libro Arriba-Abajo habla de cómo este país dice que tiene subidas y bajadas al referirse a la cordilleras y la Amazonía”, formula Beatrix, que junto a su madre Aurelia y sus hermanas Mónika y Heidi llegaron a La Paz en febrero de 1953 desde Argentina.
Establecidas en una casa de la calle Landaeta, las niñas entraron al colegio Alemán, pero la madre no se adaptó al clima. Aurelia murió en 1958 por cáncer.
Beatrix y Hans partieron hacia Alemania en busca de material para filmar la película El Surazo y volvieron semanas después a Bolivia. El nuevo reto consistía en efectuar un viaje de La Paz a Brasilia, pero cuando llegaron a San Ignacio de Velasco, el eje del camión se rompió. Hans se fue hasta Concepción y compró 2.500 hectáreas por 300 dólares.
La hierba del lugar creció hasta dos metros de altura y era inaccesible para los caballos, por eso, Hans decidió llamar a la estancia: “La Dolorida”, porque todos llegaban “adoloridos” a la finca.
Beatrix, Mónika y Heidi vivieron ahí al menos unos cinco años, entre tarántulas, víboras, pirañas, monos y lagartos.
“Mi padre siempre decía que se sentía el hombre más libre del mundo, porque en La Dolorida podía hacer lo que le dé la gana. ‘Aquí soy libre, aquí moriré en Alemania me sentía como un preso’”, recuerda con nostalgia Beatrix.
Ayuda para Klaus Barbie Fines de los años 50 en La Paz y la familia Ertl fue invitada a una casa a tomar té. Klaus Barbie, “El Carnicero de Lyon”, un criminal de la guerra, se sentó junto a Hans. “Nos lo presentaron como Klaus Altman, mi padre ni lo conocía”, reseña Beatrix.
- Busco trabajo, puedo hacer lo que sea- dijo Klaus a Hans.
- Mira, mi amigo Simons tiene un aserradero en Cochabamba, le puedo hablar si quieres.
Barbie se fue al valle y Hans retornó al monte. Nunca más se contactaron. Según Beatrix, Barbie ingresó al narcotráfico y participó de las dictaduras de Hugo Banzer y Luis García Meza.
En La Dolorida, Hans sacaba fotos junto a su hija Mónika a indígenas, lagartos, monos y paísajes, sin embargo, su gran desafío era acabar de filmar El Surazo.
Un día conducía un tractor a Concepción, cruzaba un puente, pero el peso hizo que la máquina caiga al río junto a las cámaras y los rollos. Hans se desmayó.
El alemán fue socorrido horas después. Hans notificó mediante telegrama a Baviera Films del accidente, pero nunca le creyeron y le cerraron sus cuentas. Fue el desastre, porque tuvo que devolver dinero a la empresa germana. Ese fue su último intento por filmar.
La compañía de sus hijas hizo que olvide aquello que para él fue su vida: el cine y la fotografía. Hans siguió su vida al lado de su secretaria Burguel Möller, venida de Alemania y que hizo de madrastra. La familia se llenó con 18 gatos, 15 perros y un mono.
Mónika; la guerrillera En los viajes que Hans hacía a la amazonia era acompañado por Mónika, quizá la hija preferida. “Sólo la quería a ella”, lanza Beatrix tras unos lentes de contacto.
Hans no dudó en entregar a Mónika los derechos de la película Paitití para venderlas, pero jamás se imaginó que con este dinero su hija ingresaría como guerrillera al Ejército de Liberación Nacional (ELN) en 1969.
Cuando Mónika se proponía algo, lo hacía. En 1971 se hizo pasar por una australiana y mató al cónsul de Bolivia en Hamburgo, Alemania, Alfonso “Toto” Quintanilla. La autoridad había torturado a Ernesto ‘Che’ Guevara. Mónika pasó a ser así la mujer más buscada de Latinoamérica.
Unos meses antes Mónika le solicitó a su padre transformar La Dolorida en un campo de entrenamiento militar. “Al escuchar eso mi papá la botó”. Las tres hermanas: Heidi, Mónika y Beatriz se vieron por última vez en 1970.
Después del asesinato de Quintanilla, Barbie, que conocía a la familia, denunció a Mónika. El alemán encabezó la búsqueda.
“Barbie estaba en la dictadura de Banzer. Entraba y salía del Ministerio de Gobierno y claro que sabía de Mónika”, relata Beatrix.
Un día, la prófuga mandó a su padre una postal desde Francia. Ahí comenzaron a buscarla. Para ese tiempo Beatrix volvió a Bolivia en 1972, pero a donde iba un hombre de negro la seguía. “Creían que yo era Mónika o querían sacarme información de ella”.
En el Ministerio del Interior se enteraron de la postal y fueron por ella. “La tarjeta fue mi pasaporte para salir de Bolivia, fui a la estancia, la busqué y me la traje”.
En 1973, Beatrix volvió al país y un 12 de mayo sonó el teléfono. Era su comadre. “¿Te enteraste?”. Beatrix no sabía nada, pero luego casi se desmaya. Habían matado a su hermana tras una balacera.
“Han pasado 34 años y nunca vimos el cuerpo. Sólo nos dijeron que tuvo una cristiana sepultura”.
Hans se enteró de la noticia por la radio alemana Deutsche Welle. No lloró y sólo atinó a decir con alivio. “Qué bien que la mataron, está muerta”. Su padre temía que la puedan torturar.
“Quiero morir aquí” Hans volvió a La Paz un par de veces más para ver a sus nietos, mientras Heidi emprendía vuelo hacia Alemania, donde se casó.
En tanto, Beatrix estudió fotografía. En La Dolorida, Hans ordeñaba cada día sus vacas, iba tras la ternera que se escapó, nadaba al lado de lagartos y por las tardes se echaba en su hamaca, Mas un día, una víbora venenosa le picó. Estuvo a punto de morir, sus trabajadores le chuparon el veneno toda la noche y le dieron cocaína. Hans al final se salvó, pero ya había elegido dónde iba a morir: Era ese preciso lugar, en una esquina de su estancia.
Hans falleció el 23 de octubre de 2000 a sus 92 años, vestido con el viejo uniforme militar alemán verde. Hoy Beatrix vive en Kupini de una renta del Gobierno alemán. Su padre vivió 40 años en Bolivia, una segunda patria donde halló la libertad que buscaba.
¿Cómo quiere que lo recuerden a su padre? “Como un vagabundo y un artista de las imágenes”, dice Beatrix.