Bolivia se ha venido convirtiendo en una sociedad que ha hecho de la violencia una forma de relacionamiento y de “organización” de lo social. Este hecho, que a primera vista pareciera generar una preocupación de coyuntura que el común de la ciudadanía espera se solucione a partir del ansiado acuerdo de partes, tiene connotaciones delicadas y preocupantes en el futuro. El hecho es que la violencia se volvió parte del diario vivir y se ha generalizado en el territorio nacional. En las zonas urbanas la violencia está presente en las calles, en las plazas y todos los hogares a través de los medios masivos de comunicación que, en el cumplimiento de su trabajo y el rol que desempeñan, llenan sus espacios informativos y de publicidad con imágenes de la violencia desatada, reiterándola cuantas veces les es posible. El mensaje que recoge la ciudadanía en su conjunto es que en Bolivia impera la ley del más fuerte, es decir, del que es capaz de imponer su voluntad e incluso su arbitrariedad más allá de cualquier consideración de orden legal e incluso superando conceptos básicos de convivencia civilizada. El mensaje es que la ley no existe y, si existe, ésta no tiene por qué ser cumplida. Está demás hacer referencia al exabrupto del Señor Presidente respecto a su visión sobre el cumplimiento de las leyes; ya este hecho queda en la resignación del anecdotario, aunque en realidad representa lo que una sociedad ha terminado de construir: una sociedad organizada en torno a la violencia. Han quedado atrás las recurrentes aseveraciones de nuestro Presidente cuando se reclamaba perteneciente a una “cultura del diálogo” (claro que jamás dijo a qué cultura se refería, pues su origen más bien proviene de una cultura de pueblos guerreros). Pero como él es sólo un actor más que contribuye a nuestra cultura contemporánea, no se trata de echarle la culpa. Por el contrario, se trata de reconocer que nuestra democracia había sido demasiado inmadura y débil como para pensar que avanzábamos a la constitución de una sociedad más evolucionada. Los hechos nos han vuelto a la realidad. Vivíamos en burbujas de modernidad urbana mientra la mayoría de nuestro pueblo ni se enteró de que ya teníamos un sistema democrático, pues no se llegó a democratizar derechos básicos; no se llegó a democratizar las oportunidades de desarrollo; no se llegó a democratizar la esperanza de días mejores para pueblos enteros. Hoy, nuestros niños crecen con el mensaje de que la sociedad se organiza a partir de la voluntad del más fuerte; de que no importa el derecho del otro; de que no existen normas de convivencia que regulen nuestro comportamiento… Todo esto es muy grave, pues estamos siendo artífices de la construcción de los cimientos de la sociedad de nuestros niños, por lo tanto, los efectos perniciosos de la actual confrontación no sólo llegan a nuestra cotidianidad. No sólo llegan a nuestras perspectivas de progreso en lo económico y social, sino que, de una forma determinante, estamos construyendo la Bolivia de los próximos 50 años, a este paso, tan o más violenta que la que hoy vemos por la televisión. Considero que ha llegado la hora de reflexionar profundamente sobre lo que cada uno de nosotros está haciendo o puede hacer para evitar esa catástrofe.
Tiempo de decisiones
El referéndum constitucional de salida tiene por objeto devolver al soberano, el pueblo, la potestad de definir de manera directa e inapelable si el texto constitucional que elaboró la Asamblea Constituyente debe convertirse en Carta Magna.
El aborto
Científicos, legisladores, políticos, religiosos y la sociedad en general están lejos de llegar a un consenso sobre el tema. Para las mujeres, el no poder acceder a un aborto legal y seguro es un grave problema de justicia social. No puede haber democracia ni desarrollo humano mientras mujeres, especialmente las más pobres, sigan muriendo por esta causa y sean objeto de condenas y castigo.