No hay contradicción en impulsar ambas políticas, una de apertura al mundo y otra que satisfaga a los que se cuestionan acerca de su identidad. El Gobierno nos anuncia cambios revolucionarios que acabarán conformando un nuevo país. Como resultado de estos cambios, nuestra sociedad adoptaría en breve los valores de la ´interculturalidad´, abriéndose a otros conocimientos, lenguas y experiencias históricas. No me queda más remedio que hablar incluso de nuevas ´cosmovisiones´ —neologismo tan de moda hoy en día—.
Confieso que es posible que tengan razón en sus vaticinios. Bolivia no será nunca más la misma luego de la ola de transformaciones que se avecina. Y con seguridad nuestra sociedad acabará siendo plurilingüe y multicultural.
Me refiero por supuesto a los cambios internacionales inducidos por la mundialización y al aprendizaje de lenguas extranjeras —el inglés principalmente—. Sin olvidar, claro está, la adopción de nuevos valores, gustos musicales y modas del resto del planeta. Todo ello constituye en efecto una revolución en marcha, aunque no en el mismo sentido que pretenden algunas autoridades.
A diferencia de la generación que los precede y con un pragmatismo digno de imitación, los jóvenes del país han dejado de ver en el inglés un símbolo de dominación. Al contrario, comprenden que para acercarse a otras culturas y acceder a todo lo que el mundo puede ofrecer en términos de arte y ciencia es necesario utilizar este lenguaje universal.
En eso se asemejan a cientos de millones de otros jóvenes —desde China hasta Brasil— que intentan integrarse al mundo y aprenden de otras culturas e historias, más allá de los dogmas del antiamericanismo.
Muchos en nuestro país no aprueban esta actitud de apertura, pero finalmente, ¿quién puede impedir que los jóvenes escuchen nuevos géneros musicales o asuman como suyos otros estilos de vida? Hay que recordar a los defensores de nuestra hipotética pureza cultural que esto nunca ha sido posible. Las nuevas generaciones tienen con seguridad el tiempo a su favor.
Es cierto que aún falta mucho para que todos los jóvenes del país manejen al menos una lengua extranjera, pero el avance con relación al pasado es notable. Basta ver la profusión de institutos y escuelas que ofrecen cursos de idiomas extranjeros para entender que la demanda social es amplia y creciente.
Al respecto, cabe preguntarse acerca del rol de nuestros gobernantes: ¿Qué hace el Estado para que aprender una lengua extranjera no sea un privilegio?
Recordemos que si bien la oferta se ha democratizado, aprender un idioma extranjero es aún costoso para muchas familias. Lo que cierra los horizontes de cientos de jóvenes deseosos de mejorar sus oportunidades profesionales. Vemos cómo se genera una nueva brecha social que el Estado tiene la obligación de reducir.
Es la ocasión entonces de presentar al país una propuesta en política pública que goza de un amplio respaldo social. Vale la pena destacar que tanto en la actual legislación como en el proyecto de nueva Ley de Educación —que lleva ya dos años en el Congreso— se enuncia la necesidad de enseñar una lengua extranjera desde primaria.
Es urgente invertir recursos en la enseñanza de lenguas extranjeras. Necesitamos formar profesores, publicar o adaptar textos de enseñanza y sobre todo modificar los programas de estudio. Podríamos fijarnos objetivos a mediano plazo, en cuanto al porcentaje de personas que hablan un idioma extranjero en cada grupo de edad, por ejemplo.
Puede ser que surjan objeciones en cuanto a la pertinencia de enseñar inglés cuando se intenta recuperar una identidad propia en Bolivia —sea ésta real o imaginaria— a través de la promoción y enseñanza de algunas lenguas nativas. Considero, sin embargo, que no hay contradicción alguna en impulsar ambas políticas, una de apertura al mundo y otra que satisfaga a los que se cuestionan acerca de su identidad.
La mundialización anuncia un porvenir complejo y cambiante. Bolivia requerirá muy pronto dirigentes y políticos capaces de ver las oportunidades que el contexto internacional nos ofrece y de conjurar sus amenazas. Alentar la formación de una generación más abierta hacia el mundo y que comprenda su funcionamiento no es un lujo, es una urgente necesidad.
*Ernesto Bascopé G. es politólogo.
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