Wall Street, la Bolsa de Valores más importante de EEUU, es el epicentro de la crisis financiera internacional. En anteriores columnas hemos explicado las causas de ésta. En esta oportunidad, analizaremos los impactos de corto y mediano plazo que esta hecatombe puede tener sobre la economía boliviana, y brindaremos algunas ideas para hacerle frente.
Debido al bajísimo nivel de integración de nuestro mercado financiero a la economía globalizada, se puede afirmar que difícilmente nuestra “Camacho Street” se vea afectada. En efecto, el sistema financiero nacional tiene depósitos que están por encima de los cuatro mil millones de dólares y contamos con una regulación financiera sólida. Así que es muy poco probable algún tipo de contagio. (Entre paréntesis, si EEUU contara con un sistema de regulación como el boliviano, buena parte del casino financiero en el Norte se hubiera evitado). En suma, las olas financieras gigantescas del maremoto mundial no llegarán directamente a los Andes.
Sin embargo, es previsible que seamos afectados por las réplicas que produzcan, más adelante, en el lado real de la economía mundial. Todas las previsiones indican que EEUU y los países europeos ya ingresaron en un periodo recesivo, que ciertamente afectará al comercio internacional.
La dimensión del impacto sobre América Latina en general y en Bolivia en particular dependerá de la forma en que reaccionarán algunas economías emergentes. En concreto, los países que se han venido a denominar BRIC (Brasil, Rusia, India y China) y también algunos vecinos como Argentina y Chile.
Si en estas regiones del mundo también se producen contracciones en sus ritmos de crecimiento económico, es probable que tengamos más caídas en los precios de las commodities. Para muestra, varios botones. Hace algunas semanas, el barril del petróleo bordeaba los 150 dólares, ahora se cotiza en torno a los 90. La libra fina de estaño, hace algunos meses, llegó a estar casi en 12 dólares; ahora, su precio oscila por los 7,7 verdes. Similar tendencia han tenido los precios de otros minerales como el zinc, el oro y la plata. Esta desaceleración en los precios podría profundizarse en los próximos meses, lo que afectaría el valor de las exportaciones de Bolivia. Por lo tanto, en un mediano plazo será a través del comercio exterior, más precisamente del deterioro de los términos de intercambio, que la crisis nos afectará.
Otro canal de contagio podría ser a través del cambio en el flujo de las remesas internacionales, que en los últimos años se han incrementado de manera significativa. Se estima que todos los bolivianos(as) que llegaron a la conclusión de que la única salida a la crisis en el país era un aeropuerto enviaron 1.000 millones de dólares desde España y otros países el año 2007. Estos recursos se han convertido en la tercera fuente de ingresos para Bolivia, después de los minerales y el gas. Una conclusión triste de esto sería que tan bueno como exportar recursos naturales es exportar bolivianos. Sin embargo, cabe recordar que muchos de nuestros compatriotas están trabajando en Europa y EEUU en el sector de la construcción civil, que es muy sensible a la crisis mundial en curso. Si la recesión se profundiza en los países desarrollados, muchos de ellos perderán sus empleos y en el país tendremos menos remesas y una mayor presión en el mercado laboral, porque muchos volverán a la Pachamama.
Ahora bien, la crisis internacional no nos agarra con una mano adelante y otra atrás, como fue en el periodo 1997-1998. A pesar de la crisis política profunda que vivimos, la economía anda “bien nomás”. Este año creceremos por encima del 6%, el Gobierno tiene superávit fiscal, las remesas internacionales están por encima de los 7.000 millones de dólares, aunque habría que descontarle el valor de la deuda interna de corto plazo de 2.500 millones de dólares. Además, los bancos privados también tienen reservas importantes y están regulados con prudencia por la Superintendencia del sector. Todo esto nos lleva a concluir que tenemos cierta “grasita” para poder pasar el invierno económico que se avecina.
Entre tanto, estas condiciones razonables en economía requieren de una gestión política pública serena, cuidadosa y, sobre todo, eficiente. No tener la actitud de surfista boliviano que piense que tener un blindaje de pecho de bronce es suficiente para enfrentar gigantes olas de la crisis.
Nuestras autoridades, por lo menos del área económica, deberían hacer una pausa en la champa guerra política y preparar programas económicos de prevención y mitigación frente a la crisis económica internacional que se avecina. Esta también es una oportunidad de incluir temas nuevos en la agenda de debate nacional que nos saquen de la cantaleta del IDH y autonomías y otros temas en los cuales hemos estado dando vueltas en un laberinto circular sin salida.
Entre las opciones de políticas públicas tenemos: poner en práctica un fondo de estabilización de precios, coordinar mejor las políticas fiscales y monetarias, preservar mercados externos con políticas internacionales más pragmáticas y menos ideologizadas, estabilizar el tipo de cambio y comenzar con depreciaciones suaves; sobre todas las cosas, de una vez por todas, impulsar una revolución productiva, que diversifique nuestras exportaciones a fondo.
Si bien desde la “Camacho Street” la hecatombe financiera parece muy lejana, debo confesar que tengo el optimismo económico muy preocupado y el pesimismo político en pánico cuando pienso en los impactos de la crisis de la economía mundial real. Además, si la confrontación política interna continuara, en el barquito de totora que es la economía boliviana estaremos más vulnerables a las enormes olas del maremoto financiero y económico internacional.
*Gonzalo Chávez A. es economista.
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