Fuentes, bustos, sapos de la fortuna, leones y búhos nacen de las manos de los talladores en piedra en La Paz. Un taller de Pura Pura es uno de los más antiguos.
Texto: Jorge Quispe Fotos: Ronald Melgarejo
Cuando los dos gigantes de piedra arenisca se partieron en dos, Leonardo Patzi Mamani (42), creyó que la maldición del monolito Bennett se vino contra él y sus tres ayudantes. Tres meses después, la tercera pieza de siete metros y 15 toneladas fue extraída por el picapedrero desde la cantera de Botijlaca a orillas del camino que va hacia Charaña.
Junio, julio y agosto del 2007 quedaron marcados en la vida de Leonardo, porque ese fue el tiempo que demoró en extraer la roca. “Nosotros utilizamos gatas hidráulicas y rodillos para moverla, pero nuestros antepasados no tenían nada de ello. Aún me pregunto cómo sacaron esas piedras grandes para tallarlas luego”, describe el paceño, que desenterró la pieza con la que se talló después la réplica del monolito que domina la plaza Tejada Sorzano.
Leonardo vivió toda su vida en la curva del kilómetro 7, en la vieja carretera que une La Paz y El Alto, un taller con más de 50 años de antigüedad donde trabajaron durante años su abuelo, su padre y sus tres hermanos.
A un año de haber extraído la roca desde Botijlaca, Leonardo aún se muestra sorprendido por la pieza original del monolito Bennett. “Quizá nunca debió salir de Tiwanaku, ahora está en su casa. Nosotros sólo sacamos una piedra para hacer una réplica”.
Aquello que pareció ser una maldición quedó en el pasado, hoy el tallador mira al futuro. “Las piedras ahora están muy valoradas en todo el país”.
Riqueza pétrea en La Paz “Estamos sobre la cordillera de los Andes y tenemos piedras para largos años”, explica Leonardo mientras sujeta un cincel con la mano izquierda sobre una roca arenisca y golpea un combo con la derecha. El maestro tallador trabaja junto a cinco ayudantes en una pequeña serranía de Botijlaca, a una hora de viaje desde El Alto. Comanche y Botijlaca pertenecen a la provincia Pacajes y son dos de los principales yacimientos de rocas en la región.
Patzi Mamani pica piedras desde sus 15 años y en ocasiones se pierde en las canteras hasta dos semanas. “Ahora tenemos muchos pedidos desde Santa Cruz y hay que cumplirles”.
El año pasado tuvo a su mando hasta a 35 ayudantes divididos en dos grupos. Hoy está al frente de cinco. Su jornada laboral empieza a las seis de la mañana, cuando todos toman el colectivo desde el cruce a Villa Adela para llegar a las ocho de la mañana hasta Botijlaca. Coca, cigarro, algo de merienda y agua mitigan el cansancio, el hambre y la sed de los picapedreros, en un sitio donde la temperatura puede bajar hasta los dos grados centígrados, aún así el día sea soleado.
Abrigado con cuatro chompas, un sombrero camuflado, dos pantalones y unos zapatos deportivos gastados, Leonardo dirige a su equipo. La primera etapa de la cadena de trabajo consiste en extraer la piedra bruta de la tierra. Para eso se usa pólvora y tiros de dinamita con el fin de desprender la roca. Luego entran en acción las pinchotas, una especie de cuñas metálicas que se alinean, para romper después la piedra con los mazos. “Para la réplica de Bennett utilizamos unos 20 tiros de dinamita para sacar la roca de la tierra”, cuenta Leonardo, mientras el sonido del golpeteo de combos a las piedras no cesa.
Las rocas aún son grandes, por eso viene el trabajo con la punta y el cincel para obtener pedazos más pequeños y fáciles de tallar para la venta. En el mercado de las rocas, la piedra de Comanche y la piedra La Paz, que son las más cotizadas, cuestan 120 dólares el metro cúbico, mientras que la arenisca sale a 60. Leonardo saca piedras de Botijlaca, una mina que tiene un dueño particular.
Los hijos de Comanche En este municipio no sólo vive la Puya Raimondi; ahí muchos de los niños eligen la profesión de picapedreros. El sitio es uno de los mayores yacimientos de granito o piedra comanche en el país, por eso en la actualidad existen al menos unos 150 picapedreros.
“Nuestros padres siempre trabajaron con piedras, por eso yo también me he dedicado a esta profesión”, sostiene Gregorio Ramos Fernández, de 48 años, de los cuales 15 dedicó al manejo de puntas, cinceles y combos.
Las esquirlas de la roca arenisca saltan en el momento en que Gregorio golpea con un mazo el cincel. “A mí no se me escapa ninguna piedra”, lanza con picardía.
A sus 18 años, Gregorio estuvo a punto de perder el dedo anular de la mano derecha. “Estábamos volteando una piedra y por querer poner una cuña, la piedra me mordió y perdí toda la uña... la sangre salía a chorros”. A raíz de aquel accidente, el dedo de Gregorio quedó algo deforme.
Son tres décadas que Gregorio trabaja entre rocas, pero espera que sus dos hijos elijan otra profesión. “Al golpear la piedra saltan pedazos y pueden llegarte al ojo y además siempre está el riesgo de machucarte. Ahora usamos una amoladora (máquina para cortar rocas), pero antes era manual; aún así esto es peligroso”.
Gregorio se consuela. “Hace algún tiempo hice unos sapitos y unos búhos para mis amigos, eran como de 20 centímetros. No soy artista, pero salieron bien”.
Leonardo también nació en Comanche, al igual que Garziño Ramos Mamani, de 30 años. “Estoy en esto como unos ocho años”. Garziño es uno de los obreros que más avanza en su labor. En Botijlaca, “Leo” paga a sus obreros por semana entre 400 y 450 bolivianos y otro es el trabajo que se efectúa en el Kilómetro 7. En el municipio de Comanche, tres son las comunidades que se encargan de la venta de piedras.
Una factoría para las rocas Cuatro cabezas de león adornan una fuente labrada en piedra de comanche en el patio del taller de Leonardo en la curva del Kilómetro 7 de la ciudad de La Paz.
“Tardamos más o menos unos tres meses en tallarla, pero los bustos se pueden hacer en unos 30 días”, formula dentro de la construcción que se halla sobre una superficie de cerca de mil metros donde hay rocas arenisca, pizarra y La Paz por doquier.
La fuente ya tiene dueño: adornará un hogar a cambio de 1.600 dólares. Las casas de personalidades como Jaime Paz Zamora y Samuel Doria Medina tienen en sus domicilios fuentes y otros detalles tallados en piedra. A ellos se suman tres bustos para la Fundación Kolping en El Alto, además de varios trabajos conjuntos con el artista Gastón Ugalde.
En el taller, se realiza el afinado de las piedras y luego el labrado. “Yo soy un tallador de piedras. El que crea es el artista, el escultor, pero aún así se necesita también un don de artista para hacer fuentes”. Además de esas dotes se requiere precisión. “Si das un mal golpe, la piedra se rompe y, claro, no puedes pegarla”.
A “Leo” no le falta trabajo. Hace años, cuando sus hermanos decidieron dedicarse a otras profesiones, dudó por un momento. Pero hoy agradece que una de sus hijas haya nacido con un talento innato. “Ingrid tiene 15 años y una vez hizo casi a la perfección un esqueleto humano con sus detalles, tiene un don. Me gustaría que estudie artes y pueda ser una gran escultora”, sostiene el además instructor de kung fu.
El sueño de este picapedrero desde niño siempre fue ser un escultor. No quiere forzar nada, pero no le disgusta la idea de que una cuarta generación de talladores haga que el apellido Patzi Mamani siga vigente en La Paz.