Vivimos el siglo XXI. El trabajo manual cada vez adquiere menor peso en la economía mundial y en la producción de bienes y servicios, al ser reemplazado por robots y computadoras. Los países desarrollados utilizan mayormente controles automáticos. Como ejemplo: gasolineras, peajes y control de velocidad en las carreteras son efectuados electrónicamente y no por funcionarios, no se ven agentes cobradores ni policías. Una máquina de última generación es más eficiente, trabaja las 24 horas con más precisión y velocidad. Y no provoca conflictos ni hace huelgas y paros.
La primera revolución industrial iniciada en 1732 trajo consigo la creación de la máquina a vapor, estableciéndose la industria textil, el ferrocarril y el tren con locomotora a vapor. La mayor parte de los trabajadores rurales fue a trabajar a las fábricas, se estableció la industria manufacturera. En ese tiempo, Marx y otros personajes e instituciones, entre ellos la Iglesia Católica, trataron de encontrar una solución a la explotación de los trabajadores por parte de los empresarios. Fue entonces cuando Marx etiquetó a estos trabajadores como proletarios, es decir, trabajadores explotados. En 1867, tras casi 20 años de trabajo, Marx publicó la primera parte de El Capital, las otras dos partes las publicó Engels.
La segunda revolución industrial tuvo lugar entre 1870–1920, con la electricidad y el petróleo como nuevas fuentes de energía. Apareció el teléfono, la radio, el telégrafo, el tranvía y el metro. Marx, ya en el ocaso de su vida puesto que murió en 1883, apenas pudo ver el principio de este nuevo avance de la ciencia y la tecnología.
La tercera revolución industrial tuvo lugar en el año 1945 tras la crisis del capitalismo después de la segunda guerra mundial. Trajo consigo el desarrollo del trabajo intelectual enfocado en la investigación, la energía nuclear, la electrónica con las telecomunicaciones y la informática, la robótica y la biotecnología.
En el mundo moderno, la riqueza es generada por las empresas y los artífices son todos los que trabajan en ella: inversionistas, gerentes, ingenieros, técnicos, administrativos, obreros, ayudantes y secretarias; tienen una importancia participativa y por tanto las utilidades se deben al trabajo de cada uno de ellos. En el siglo XIX se pensaba que la riqueza la creaban sólo los obreros.
Si Marx reviviera, podría comunicarse con su amigo Engels para hablar sobre temas de socialismo mediante un teléfono móvil conectado a un satélite y cada uno en el lado opuesto del globo terrestre. Habría que preguntarse si ahora pensaría lo mismo que hace 150 años. Indudablemente, Marx no tuvo la visión futurista ni los sueños de Julio Verne, contemporáneo suyo.
Hablar de socialismo del siglo XXI implica un contrasentido e inviabilidad económica; es como hablar de una locomotora a vapor del siglo XXI. Si un objetivo nacional es el desarrollo y el bienestar de la gente, es contraproducente la implantación de un verdadero Estado socialista; sólo sería posible mediante el uso de la fuerza bruta, sea civil o militar.
La trillada frase “Proceso de Cambio es nada más y nada menos que marchar en retro. Todos queremos un cambio, pero hay que cambiar para mejorar, nunca para empeorar”.
Capitalismo vs. comunitarismo
Varias veces hemos insistido en que la contradicción y la lucha reciente que vive Bolivia no se producen entre oriente y occidente, entre la autonomía departamental y el poder central.
Neomandamientos
El Presidente de la República expuso hace poco en la ONU un curioso ideario de algunas ONG que gobiernan el país, traducido en “10 Mandamientos para salvar al planeta, la humanidad y la vida”. Analicemos lo que dijo quien quiere el socialismo para Bolivia.