Cuando a finales del año pasado se decretó el triste fin de la Asamblea Constituyente, no sospechábamos cuánto escarnio todavía iban a realizar los políticos con la insepulta. Al fin de cuentas, el Gobierno había dado por concluida la tarea de los constituyentes y procedía con el siguiente paso, que era la convocatoria al referéndum constitucional de salida para que sea el pueblo soberano el que dé su última palabra acerca de la propuesta de nuevo texto constitucional.
Al margen de los procedimientos ilegales y autoritarios utilizados para aprobar dicho texto, a nadie se le había ocurrido que se podrían hacer modificaciones a la propuesta de nueva Constitución por personas ajenas a los constituyentes.
Con mucho esfuerzo y monumental costo político, los asambleístas oficialistas le habían entregado al Presidente el fruto de su esfuerzo y su desvelo de tres días y tres noches en la maratónica sesión de Oruro en la que terminaron acalambrados de tanto levantar la mano y controlar la lengua. Ninguno de ellos sospechaba, estoy seguro, que unos meses más tarde una comisión del Congreso Nacional iba a quedar “de facto” habilitada para cambiar lo que los constituyentes habían aprobado.
¿Dónde ha quedado el supuesto carácter “originario” por el que los asambleístas oficialistas tanto bregaron e hicieron cuestión de Estado en el cónclave de Sucre? ¿Para qué elaboramos una Ley de Convocatoria, elegimos constituyentes en comicios universales, redactaron un Reglamento Interno, trabajaron un año y medio, atropellaron, etcétera, si 14 congresistas son ahora los que decidirán la redacción de la nueva Constitución?
¿Alguien nos puede explicar, por favor, basados en qué legitimidad o legalidad, el Presidente del Congreso y los parlamentarios oficialistas y opositores se arrogan el derecho de modificar la propuesta de reforma constitucional de la Asamblea Constituyente “originaria”?
Seguramente nos dirán que se trata de “una propuesta” que “necesariamente” la Asamblea Constituyente, “reconvocada” de urgencia tendrá que avalar. O sea… ¡de nuevo a levantar la mano, jóvenes! Y en ese caso, ¿habrá algo de pudor en los asambleístas que les impida ser parte de la chacota?
Hemos llegado a un límite en las manifestaciones de la anomia social y en el total e irrestricto irrespeto a la ley. Aquí realmente todo vale y si existía algún atisbo de Estado de Derecho, lo estamos hundiendo irremediablemente.
Y digo todo lo anterior, seguro de que el nuevo “diálogo” instalado en el Congreso Nacional no llegará a ningún lado. O sea, no me preocupa que se produzca de veras la usurpación del Parlamento a la Asamblea Constituyente “originaria”… sé que es otro sainete en que las partes no tienen la más mínima intención de pactar o de concertar en beneficio del país.
Lo indignante es que las palabras ya no tengan ningún valor y que los actores políticos actúen exclusivamente guiados por la oportunidad y borrando con el codo lo que intentaron grabar en piedra con sus manos.
Los “Goebbels” criollos
En el siglo pasado, la humanidad ha sido testigo del desarrollo impresionante de los medios de comunicación de masas, además vistos como instrumentos estratégicos al momento de conseguir objetivos políticos, económicos o de cualquier otra índole
Los “Goebbels” criollos
En el siglo pasado, la humanidad ha sido testigo del desarrollo impresionante de los medios de comunicación de masas, además vistos como instrumentos estratégicos al momento de conseguir objetivos políticos, económicos o de cualquier otra índole