Qué envidia para un columnista que cuenta con un puñado de lectores, quienes además en los comentarios de los artículos se muestran tan elusivos como las tías de M. Proust, la cantidad de gente que ha leído Koizora (Cielo de amor), una novela de una joven escritora japonesa, hasta ahora poco conocida, recién publicada en forma de libro común: 25 millones de lectores, evidentemente en la versión electrónica, según informó la prensa internacional. Y eso sin considerar las personas que vieron la película, la manga, es decir, la historieta, y el DVD.
La cifra supera ampliamente a los actuales best-sellers de Estados Unidos y Europa, de un millón de copias. Muy lejos de lo que eran los tirajes durante el siglo XIX. En Inglaterra, alrededor de 1800 se publicaban 500 ejemplares de un título, a mediados de siglo 2.500 y, al finalizar la centuria, 6.000. Cierto, algunos autores como Ch. Dickens o W. Scott tuvieron números extraordinarios: 300.000 por libro.
En el país, A. Arguedas, uno de los autores más vendidos, editaba sus obras históricas en 1.000 ejemplares; probablemente la cantidad más elevada de la época, para textos no escolares ni oficiales. Sin embargo, La candidatura de Rojas, vertida al francés, tuvo una mayor difusión, no entre nosotros, publicada por entregas en el periódico Les Temps, destinado a un vasto público. Las ediciones corrientes en los años 1920 iban de 300 a 500 libros. Así, aún hoy la cifra es respetable.
Los japoneses son entusiastas lectores de textos en línea. Disponen de una oferta considerable de ellos con precios económicos que varían entre un dólar y medio y 20 por libro cargado en su celular, con débito automático y la posibilidad de revisar la síntesis de la obra antes de la compra. El libro electrónico está recuperando el hábito de la lectura entre los jóvenes, que tanto preocupó a los críticos de la cultura de masas, en un soporte distinto al papel impreso.
Se puede leer el texto numérico en los transportes públicos, en las aulas, en el WC, en la soledad o en medio del mundanal ruido, con ventajas. El tamaño de los caracteres se ajusta a voluntad y la luz de la pantalla se autorregula en función de la luminosidad del ambiente.
Cuando éramos chiquillos, mi hermano Jorge y yo nos metíamos juntos en la tina o en la gaveta de madera, en Santa Cruz, para nuestro baño semanal. El agua corriente, por aquel entonces, lo era muy poco; había que administrarla con cuidado. Llegábamos munidos de un lote de revistas y libros de aventuras para hojear mientras nos remojábamos. Soñábamos con el avance de la tecnología que algún día podría ofrecernos libros de plástico que no se mojasen en el baño. Pena, ya no tomamos más baños en tina o gaveta, sólo la ducha. Si no, hubiésemos podido leer Koizora.
La lectura de novelas en línea, como la referida, se ha convertido en un verdadero fenómeno de sociedad en el que los adolescentes nipones participan masivamente. Los profesores, antes ocupados en llamar la atención a los alumnos que se dejaban llevar por sus ensoñaciones, tienen un nuevo motivo de preocupación en las clases: el lector con un celular injertado en la mano, ajeno a la disertación sobre la vida y la virtud, recorriendo ávidamente el último novelón electrónico.
Las intrigas son sencillas, el lenguaje simplificado, repleto de efectos melodramáticos para hacer llorar a las chicas de lágrima fácil, garantía de su éxito, como antes lo hacían las costureritas con las novelas de Vargas Vila. Los especialistas calculan que los jóvenes dedican alrededor de cuatro horas diarias a esas lecturas.
Pero también los adultos y personas de la tercera edad han entrado en el juego. Los textos electrónicos les atraen, fuera de su estilo, porque el soporte es manejable, de poco peso; en suma, un compañero ideal para cualquier tiempo y lugar. Una larga evolución del sostén del escrito se dio de las tabletas de cera, el papiro, la tierra cocida, el papel de China, la imprenta y otros, hasta la ligera pantalla del celular
En los monasterios medievales, los monjes, a quienes honró el papa Benedicto XVI en su reciente visita a Francia, inventaron los codex, donde rescataron los restos de las bibliotecas del mundo clásico, escritos a mano en piel de cabrito adelgazado. Su lectura era ardua, tanto por la naturaleza de su contenido como porque para leerlos se necesitaba de un robusto facistol sobre el cual apoyar el volumen; frente a él, los monjes permanecían a veces de pie, infatigables, durante largas horas intentando descifrar los misterios de la palabra. De ese esfuerzo sostenido surgió, poco a poco, el pensamiento cristiano y la cultura occidental. Lo propio hicieron los árabes. El protestantismo halló, más tarde, en la imprenta, un instrumento para su espiritualidad; y ¿qué con el texto para celulares?
La escritura impuso a la palabra oral sus propias reglas, como ocurrió luego con la aparición de la imprenta que no sólo impulsó la consolidación de las lenguas locales, sino el establecimiento del Estado nacional, como opinan varios historiadores. ¿No estará ocurriendo un fenómeno parecido con el libro numérico que acarrea nuevas modalidades estilísticas y semánticas, presagio tal vez del surgimiento de formas de organización política distintas?
Sin duda, Koizora, junto a otras ficciones del mismo estilo que se difunden sobre todo en Japón, ha confirmado la importancia del libro concebido para los teclados y pantallas electrónicos, que los autores consagrados podrán mirar de arriba, pero que no dejará de cambiar el oficio, a los lectores e inclusive su relación con la escritura. Mientras tanto persevero en mi columna.
*Salvador Romero P. es sociólogo.
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