Ante tanta expectativa, y dada la delicada situación que atraviesan los norteamericanos, me tragué los dos “debates” presidenciales entre Obama y McCainn, con la yapita del de los vicepresidenciables. El debate va entrecomillado porque en realidad fueron cualquier cosa menos debates. Para ser más explícito, fueron unos adefesios televisivos tipo talk show de segunda categoría; un espectáculo bastante pobre que mostró a los candidatos atrapados en un formato de discusión mal planteado, y como rehenes de sus respectivas estrategias de marketing electoral, pisando huevos para no pisar el palito, no cometer errores y repetir incansablemente sus consignas de campaña. Dos líderes tremendamente interesantes, con la atención del mundo entero en ellos, parieron un ratón. La perorata fue tan insulsa que ni siquiera pudo mover la opinión de los indecisos en un electorado, en general, poco exigente.
De todas maneras, parece que la suerte ya está echada, y, digan lo que digan (salvo que alguno se mande una embarrada muy grande) será muy difícil cambiar el curso de una campaña que ha centrado su eje en la economía, en la crisis financiera y en la recesión. A tres semanas de la elección, los diez puntos de ventaja que lleva Obama parecen irreversibles.
Debo admitir, sin embargo, que al margen del aburrimiento que me causó el abordaje de temas domésticos, pudieron exasperarme con mucho éxito al momento de tratar temas de política exterior (para ellos un apéndice de su “política de seguridad nacional”). La arrogancia y el desparpajo con el que se refieren al resto del mundo son propios de una especie de protectorado global, y no reflejan en absoluto la evidente realidad de un agotamiento de la unipolaridad y el acelerado reacomodo de bloques de poder. A nadie parece molestarle no haber escuchado ni un atisbo de autocrítica en la responsabilidad de Estados Unidos frente al desbarajuste mundial. Nadie se mosquea frente a la actitud abusiva y autoritaria, y a la ligereza con la que barajan posibles intervenciones militares a lo largo y ancho del mundo. La casa se les cae a pedazos, pero siguen ejerciendo con alevosía el papel de dueños de vidas y haciendas, todo a nombre de la libertad y la democracia.
A mí, esto sí me enferma; y no creo que sea por ingenuidad, o por exceso de idealismo. Puedo vivir con la realidad que dice que los gringos son la primera potencia económica y militar del mundo. Puedo convivir con el paradigma de los últimos veinte años que reza que el dinero es lo único que debe importar. Puedo entender que haya mucha gente, allá y acá, que, ante ese credo, se haya convencido de que la mejor opción de vida es arrimarse, a como dé lugar, a los ricos y poderosos, y ser los primeros en la fila del chorreo de las migas. Puedo comprender que los imperios, para mantenerse, deben expandirse permanentemente. Puedo aceptar que en gran parte del mundo se crea todavía que este es, además, un destino inexorable, que es el fin de la historia y que a Don Dinero no lo para nada ni nadie.
Lo que no me banco por nada del mundo es que haya todavía alguna gente que se crea, o peor aún, que trate de hacernos creer, que todo esto responde a la justa expansión de valores universales como la libertad y la democracia, y que la garantía de ello está en las manos del buen sheriff, que debe tutelar su correcta aplicación urbe et orbi. Los únicos valores que se defienden desde el imperio son los que coinciden con sus intereses. O díganme, ¿dónde están la libertad y la democracia en Arabia Saudita, Egipto, Pakistán y un largo etcétera de amigos de Estados Unidos?
*Ilya Fortún es comunicador social.
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