El 17 de octubre de hace cinco años, como hoy, los bolivianos dimos un suspiro de alivio. Parecía concluir lo que suponíamos era uno de los capítulos más violentos de convulsión social en nuestra historia, a un costo luctuoso de 70 muertos y más de 400 heridos. La esperanza hacía suponer que con la renuncia de Gonzalo Sánchez de Lozada comenzábamos a transitar un nuevo camino, aunque nadie podía suponer el rumbo final, pese a las señales tan claras de entonces.
Todo comenzó en Warisata, con un bloqueo de caminos que dirigió Felipe Quispe por el apresamiento de Edwin Huampo, dirigente de la central agraria de Cota Cota, detenido por aplicar la justicia comunitaria en un caso de abigeato en esa comunidad aymara de Pucarani. Nadie sabe hoy qué es de Huampo. El Mallku salió de escena. Tampoco se sabe por qué se ordenó, sin negociar, el cruento ´rescate´ militar de unos turistas aislados por el bloqueo en Sorata.
Pero la chispa del choque de dos culturas encendió la hoguera y el incendio se alimentó con la incapacidad del gobierno de Goni para leer la realidad. La protesta comenzó con un No a exportar gas por un puerto chileno. Al crecer, se hizo negativa rotunda a exportarlo hasta derivar en la demanda de industrializarlo en Bolivia.
Cinco años después, el gas nos preocupa sólo porque falta para cocinar. Exportarlo parece imposible. Ni siquiera podemos cumplir los compromisos de venta con los vecinos y estamos a punto de importar gasolina de Chile. Aquello de ´ni una molécula de gas a Chile´ se convirtió después en ´gas por mar´ y derivó en una agenda para la ´recuperación de confianza mutua´ que sirvió para olvidar el sentimiento de revancha marítima que alimentó ´la guerra del gas´.
Bolivia debate aún los cambios que exigía, entonces, cuando la gente de El Alto y de la zona Sur de La Paz se movilizó exigiendo una salida de cambio para sus frustraciones. Igual que la del oriente y la de los valles. Porque esa demanda, como la de ahora, no tiene dueño, pues no nació sólo del fracaso de un gobierno, sino del hastío que provocó un sistema político agotado y ajeno a la realidad, que todavía persiste. Y que se agudiza porque a esos males se suman la intolerancia regional y étnica.
La esperanza se hace pesimismo con más fuerza incluso porque la base económica de relativa estabilidad que nos hace creer que ´estamos blindados´ amenaza con caer, arrastrada por la crisis financiera internacional.
Pero claro, como en el fútbol, podemos consolarnos diciendo que nos va mal en la eliminatoria del mundial del 2010 porque nos estamos preparando para la del 2014 en Brasil.
*Juan León C. es periodista.
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