Uno de los principales desafíos de los medios de comunicación en esta temporada de crisis económica está siendo determinar los alcances y las características de eso que muchos llaman contagio. En realidad en muchos casos no se trata propiamente de contagio, sino del impulso que faltaba para aumentar el desbarajuste de economías nacionales con alto grado de vulnerabilidad.
Las últimas semanas fueron pródigas en ejercicios apocalípticos, principalmente por el espectáculo proporcionado por las bolsas de valores que, víctimas del espíritu de manada, mostraron el pánico on line, así como en otros momentos exhibieron la euforia de recuperaciones que por el momento parecen muy efímeras.
Al margen de las razones objetivas hay una desconfianza diseminada en todo el sistema como si fuera un virus de computadora que deja a todos con miedo a perderlo todo. Es natural que las cautelas hayan paralizado buena parte de la actividad en los mercados. Esa desconfianza que se instaló inicialmente en el mercado financiero ya avanzó sobre lo que los economistas denominan la economía real, la que produce bienes tangibles.
Nadie conoce la dimensión de esa crisis de confianza, pero muchos ya divisan en el horizonte un incremento de la inflación, una caída de los precios de los productos primarios, una restricción al crédito en general, como señales de una fuerte disminución de la actividad económica en el 2009.
Eso hace pensar que países como Bolivia tendrán más dificultad para recibir inversiones, como resultado no sólo de una política deliberada que ahuyentó capitales, sino por su descenso en la escala de prioridades del capital internacional.
El presidente de Petrobras, José Sergio Gabrielli, siempre demuestra gran optimismo pero advirtió que pueden faltar recursos como consecuencia de la crisis: “Con la crisis mundial, ciertamente vamos a tener más dificultades, va a haber cierta escasez de recursos, pero los proyectos buenos siempre encuentran financiamiento”.
Cuando Gabrielli habla de proyectos buenos se refiere obviamente a la explotación de petróleo en su país o la parte estadounidense del Golfo de México. Los planes de Petrobras para Bolivia se limitan por el momento a garantizar la producción de los 30 millones de metros cúbicos diarios de gas que Brasil importa y nada más.
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