Tras los bochornosos intentos de golpe “civil” de los “cívicos” (¡cómo se desfiguró el sentido original de esos términos!), llevamos ya semanas en un intenso y constructivo diálogo y un torbellino de comentaristas para todos los gustos en los medios.
Las comisiones conjuntas del Gobierno y de los prefectos habían logrado ya notables acuerdos hacia el manejo conjunto del IDH y la complementariedad entre las autonomías departamentales, municipales e indígenas, precisando sus competencias exclusivas o concurrentes. Pero, a la hora de la verdad, los prefectos de oposición no quisieron estampar sus firmas junto con las del Gobierno en un documento conjunto.
La pelota ha pasado así del ámbito ejecutivo al legislativo, en la cancha congresal con jugadores de los diversos partidos políticos y asociaciones ciudadanas. El diálogo, aunque lento y tortuoso, sigue.
Se ha clarificado bastante, por ejemplo, que la condición plurinacional del nuevo país no está reñida con el carácter unitario y republicano de la Nación Boliviana. Ni somos sólo una Nación Boliviana ni sólo naciones originarias. Estamos todos unidos en un Estado Nación de muchas naciones; y ésa es también nuestra gloria. Compartimos el orgullo nacional de haber dotado a nuestro Estado de una estructura tal que facilite el desarrollo de todos, incluidos esos pueblos y naciones étnicas, sin que ningún sector se imponga a otros anulándolos. Ni el radicalismo de algunos teóricos oficialistas (en general, no indígenas) que quisieran negar el carácter nacional de Bolivia ni el pánico de algunos analistas (tampoco indígenas) que temen quedar expoliados de su nacionalidad boliviana, tienen sentido. Todos —indígenas originarios o trasplantados acá más tardíamente desde otras latitudes— seguimos cantando juntos el insustituible “¡Viva mi patria Bolivia, una gran nación!”.
Aclaraciones como éstas no desautorizan sino más bien ayudan a precisar mejor las grandes intuiciones que están ya en la nueva Constitución, para que, cuando por fin lleguemos a la prueba definitoria del referéndum popular, sepamos qué aprobamos o rechazamos.
Sigue el riesgo de que algunos sectores minoritarios se trencen en un filibusterismo lleno de triquiñuelas para que no se llegue al referéndum. No faltan tampoco “duros” en el Gobierno, pero este riesgo es ahora mayor en la oposición. Es un juego peligroso también para ellos, porque corren el riesgo de quedarse sin soga ni cabrito. Ya les pasó en la Asamblea Constituyente, sobre todo entre agosto y diciembre del 2007, cuando optaron por imposibilitar las sesiones generales de la Asamblea estimulando pasiones y fútiles ilusiones en el tema lateral de la capitalidad plena; y, después, abandonando incluso la cancha por walk over, sin participar siquiera en el Consejo Político Pluripartidario que tanto facilitó llegar a los acuerdos básicos de Oruro. Ahora están pagando los platos rotos... como los pagó la oposición en Venezuela cuando decidió no participar en unas elecciones parlamentarias y quedaron fuera de juego.
¿Olvidan también ese tiro por la culata que han sufrido las prefecturas cuando, a nombre de una autonomía tan “plena” que degeneró en torpe rotura inconstitucional contra las instituciones y estructuras del Estado, provocaron la histórica intervención de Unasur? Si se jala demasiado, la soga se rompe. Y sin nueva Constitución, todos perdemos, aunque todavía no sea la mejor posible. Lo mejor es enemigo de lo bueno.
El diálogo franco y generoso sigue siendo el camino... como diálogo tienen en Cochabamba Michelle Bachelet y Evo, dando los primeros pasos para el Parlamento de Unasur en Cochabamba. ¡Qué lejos quedan las peleas entre Mesa y Lagos!
Pero si el diálogo se tranca de lento a lerdo por falta de voluntad política, ¿debería sorprendernos que los movimientos sociales reaccionen y multipliquen su presencia, con esa mezcla tan natural de impaciencia propia y de apoyo a y de “su” Gobierno? No olvidemos que muchos elementos clave de la nueva Constitución tienen su raíz en cinco años de marchas, talleres, congresos y un “Pacto de Unidad” de estas organizaciones, que contribuyeron con importantes propuestas a la nueva Constitución. Reducir tal texto, por supuesto mejorable, a algo “redactado en un hotel de La Paz” —como sugiere el editorial de una reciente publicación— o es supina ignorancia o una malintencionada manipulación de la opinión pública.
*Xavier Albó es antropólogo lingüista y jesuita.
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