La amenaza de la separación se cierne sobre las parejas que experimentan un prolongado alejamiento debido a la migración.
Según una investigación desarrollada por la Asociación de Migración España-Bolivia (Amibe) y la Asociación de Cooperación Bolivia España (Acobe), el 22 por ciento de las parejas estudiadas se encuentra actualmente en crisis, debido a que una de las partes está trabajando en ese país.
Asimismo, los datos del estudio revelan que al menos el 25 por ciento de las relaciones termina fracturándose por la tensión generada por la distancia y el desarraigamiento social.
“Existe un desarraigamiento profundo, no sólo del país en el que nacieron, sino de la misma familia debido a la distancia”, explica la concejal Ana María Encinas del municipio de Santa Cruz.
Por su parte, el director en Bolivia de Amibe, Hugo Bustillos, agrega que se dan casos de formación de familias paralelas, que obligan al viajero a preocuparse más de sus nuevas responsabilidades que de sus hijos y ex cónyuge que quedaron en Bolivia.
“El dinero continuará llegando, pero en menor cantidad. El migrante (o la migrante) tiene que asumir nuevas responsabilidades, mucho más cercanas y urgentes que las que están en otro continente”, dice Bustillos.
Aparte de reducir los ingresos por concepto de remesas, esta separación también acelera el desarraigamiento de la persona.
“Cuando alguien logra establecer vínculos sociales y sentimentales en el país de destino, es muy difícil que quiera regresar a Bolivia”, añade el Director de Amibe.
Según un informe de asociaciones de latinoamericanos migrantes en España, publicado en la página www.migrantesecuador.org, la emigración está creando “un desastre social, ya que generaciones de hijos se están criando sin sus padres.”
Testimonios
“No aceptaba las normas” SANDRA (19). Hija de migrantes que trabajan en Estados Unidos.
Cuando los padres de Sandra dejaron Cochabamba para buscar trabajo en Estados Unidos, la joven de 19 años abusó de la falta de supervisión adulta. Su prima Juana relata que la muchacha “no aceptaba las normas. No soportaba que nadie le dijera qué debía o no hacer. Cuando le ofrecíamos un consejo, ella rechazaba la opinión gritando: ‘¿Qué te importa?, es mi vida’. Hacía lo que ella quería, no tenía control”. Junto con su hermana mayor, Sandra disponía de acceso a un vehículo adquirido por sus padres, y de los recursos que sus progenitores mandaban mensualmente. Sin embargo, este dinero no fue bien administrado, ya que las muchachas lo gastaban en fiestas. En muchas ocasiones, relata Juana, las hermanas llegaban a fin de mes con lo mínimo para adquirir comida y pagar otros gastos.
“Mis abuelos me dan el dinero” José (12). Vive con sus abuelos en la ciudad de Cochabamba.
Para José, la ausencia de sus padres, que trabajan en España, le permitió una mayor libertad y dinero al alcance de sus manos. “En cuanto necesito plata, mis abuelos me la dan sin problemas. Claro, mis viejos me la mandaron a mí, pero ellos la administran”, responde cuando se le pregunta si tiene acceso al dinero que llega de manera mensual.
Al dinero que obtiene de sus abuelos se suma el incremento de su recreo semanal. Esta cantidad subió, desde que sus padres están en España, de 10 bolivianos a la semana a 10 bolivianos por día. Asimismo, en los últimos dos años —sus padres llevan casi cinco en el extranjero— José logró tener acceso a la tecnología de entretenimiento y comunicación. De hecho, los últimos regalos de sus padres fueron un reproductor de MP4 (aproximadamente de 500 bolivianos) y una nueva consola de videojuegos.
“El director controla la plata” Katerine (12). Es cuidada por un director de una escuela de La Guardia.
A diferencia de otros niños en su situación, Katerine no tiene un acceso fácil a los recursos que envían sus padres desde España. Este dinero es manejado de forma estricta por el director de la unidad educativa a la que acude la menor en el municipio de La Guardia, en Santa Cruz.
“El director es muy estricto, nos controla la plata y nos da para que tengamos cabalito todos los días. Pero, es como nuestro papá, podemos pedirle que nos dé más (dinero) de vez en cuando”, expresó Katerine. Katerine comparte una casa con otros cuatro niños, todos ellos hijos de migrantes que dejaron a sus vástagos a cargo de la autoridad escolar para emigrar hacia diferentes partes de España. Cada uno de los menores recibe una mesada de cinco bolivianos por día. El tutor se encarga de que los niños tengan comida, techo y educación.