La búsqueda de salud en La Paz conduce a un laberinto peligroso Yatiris, chinos, médicos bolivianos, los cubanos, terapias de oración, brujos, kallawayas... un paciente de La Paz y El Alto recorre muchas vías, a veces sin salida. Las políticas de salud ignoran esta realidad, dice la investigadora Carmen Loza.
EN LA PLAZA DEL LUSTRABOTAS • En un solo edificio alteño, ubicado en la calle Uno, se resume la variada lotería de curaciones a la que una persona apuesta.
Un laberinto espera a la persona que, en La Paz o El Alto, enferma de algún mal difícil de curar. O al menos de diagnosticar. Un gran laberinto que no es el mismo para todos; pero que comparte la complejidad, las falsas salidas, el tiempo perdido antes de encontrar una solución si es que no sobreviene la muerte, explica Carmen Beatriz Loza.
La investigadora, especializada en medicina tradicional kallawaya, realizó una encuesta para determinar los itinerarios terapéuticos en las dos ciudades paceñas. A su conocimiento de las costumbres de la gente migrante del campo, reciente y antigua, sumó los datos sistematizables que le permitió la consulta entre 50 médicos tradicionales y 25 pacientes. Éstos últimos: adultos de entre 35 y 65 años, cuyas enfermedades fueron prolongadas, ayudaron con sus testimonios a identificar un patrón de pasos sumamente revelador.
“El enfermo, en los casos estudiados, a diferencia de otros países en los que la biomedicina es la opción inmediata, escucha primero a su entorno próximo, a su familia”, explica Loza. Los padres, tíos, hermanos aconsejan al enfermo, le dicen dónde ir e, incluso, qué medicamentos tomar.
Si el mal persiste, el afectado da el paso hacia el ámbito extradoméstico. “Los amigos, los conocidos, suelen ser la siguiente referencia”. Y así, “los enfermos entretejen recorridos en la búsqueda de la curación, formando laberintos confusos, insolubles, peligrosos e intrincados en un mercado médico alternativo al Sistema Nacional de Salud”.
Estas últimas palabras corresponden al Instituto Superior Ecuménico Andino de Teología, entidad que impulsó la investigación en el entendido de que la religión es un componente de la salud que las políticas nacionales en la materia ni siquiera sospechan. Loza verificó esta presencia, pero también la de otras variables que no están contempladas en los planes oficiales destinados a mejorar la prevención de enfermedades y su curación.
Yatiris, médicos, curanderos, especialistas chinos, psiquiatras, kallawayas... éstas son algunas de las “salidas” que tiene para escoger un solo paciente. No faltan en la ruta las farmacias, la medicina de la India, los brujos, los llamadores de ánimo y los representantes de las asociaciones religiosas no tradicionales que ofrecen la cura mediante la oración.
La literatura acerca de este tema, que incluye la interculturalidad como realidad, dice Loza, identifica ya la presencia de múltiples alternativas. Pero, critica, muestra recorridos ordenados y paulatinos. “No es cierto”, afirma. “El caos es enorme, el recorrido no es lineal ni encadenado”. Entre una posta y otra hay rupturas, pausas, retrocesos, dudas que prolongan el proceso de curación.
Loza grafica la complejidad con un tablero ondulante de espacios y tiempos. Un enfermo que acude al yatiri en enero del 2006, deambula meses; se desilusiona de uno y otro camino. Se detiene porque le falta dinero. Consigue reunirlo y cambia de rumbo. Vuelve a interrumpir su caminar. Desorientado, busca información. No le es fácil obtenerla. Cuando llega de nuevo a la medicina tradicional andina, el kallawaya, corre el mes de enero del 2008. En dos años, no sólo ha perdido recursos, que muchas veces no tiene, sino que ha empeorado de salud.
La investigadora hace notar las enormes falencias en cuanto a información. Por un lado, en cuanto a la biomedicina, los pacientes consultados han dicho que, si van a ir a un hospital, elegirían el Obrero o el Holandés. Los centros de salud del barrio no son una opción muy conocida.
En cuanto a la medicina tradicional, “algunos han pasado un curso y ya se dicen que son naturistas especializados”, resume la situación confusa una entrevistada anónima que ve cómo el oficio antiguo, el de los kallawayas, se va tergiversando.
A nivel de Estado, el 2005 se asumió, oficialmente, que la medicina tradicional iba a compartir las cualidades de primer nivel de atención con la biomedicina. “Pero no ha llegado a concretarse”, pues ni el censo que se había previsto el 2002 ha concluido, ni se ha podido nombrar a una autoridad que tenga consenso.
Un sistema de salud miope
Lo que no se puede negar, muestra la investigación de Loza, es que el Sistema Nacional de Salud trabaja como si la realidad fuese homogénea cuando no lo es. La propia presencia de los médicos cubanos, afirma la investigadora, muestra la incoherencia de tal mirada. Ahí están los profesionales extranjeros, distribuyendo medicamentos gratuitamente, dando respuestas pero sin pautas de esa interculturalidad del país.
Los “resultados de la encuesta nos muestran, al igual que en muchas investigaciones internacionales —argumenta Loza—, una especie de lógica pragmática en la elección de los terapeutas, sobre todo después de que ingresan al laberinto donde están en permanente búsqueda y exploración. Las poblaciones de La Paz y El Alto están dispuestas a experimentar recursos novedosos y publicitados como la biomedicina cubana que tanto promete a amplios sectores”. Pero, “lo que llama la atención es la efímera duración de lo novedoso; garantía de ello es que regresan a los médicos locales indígenas en algún momento del recorrido en el laberinto”.
La autora de este trabajo aclara que ella no es salubrista. Que el libro en el que están los resultados de esta aproximación debe profundizarse, “ojalá se haga”.
Entre los muchos hilos que se puede tomar para dicha profundización, está la venta de salud en las ferias. En El Alto, junto a la chatarra se levantan los puestos que ofrecen “limpieza de la vista: cataratas, carnosidades, ojos rojos, visión borrosa”, sin garantía de autoridad alguna.
Los ecografistas menudean en el panorama actual. Sin orden médica, los negocios toman este registro. “Mucha gente lleva su ecografía para hacerla sahumar y, como le muestra que tiene cálculos, pide ayuda para expulsarlos, cuando esto científicamente no es posible”. Claro que hay gente que vende mates y otros remedios que dicen lo contrario.
Las “iglesias” o asociaciones no católicas juegan también su papel. “Mucho kallawaya evangélico está apareciendo”, se queja Ponciano Kahua. Lo que, pronto, conduce a la ruptura, pues esas asociaciones no católicas, en general, rechazan cualquier práctica que consideran “diabólica”.
Loza presenta, además, la figura de las k’ayawus, médicas andinas desconocidas o hasta ahora erróneamente presentadas, cuyo número aumenta, a diferencia de los kallawayas. Son ellas las que permiten el entramado entre “los expertos locales y los enfermos e infortunados; en otros términos, articulan diversas tradiciones médicas en el proceso de referencia y contrarreferencia desde sus puestos callejeros de La Paz (calles Linares y Jiménez) y El Alto (Corazón de Jesús, mercado de La Ceja y av. Panorámica)”.
El trabajo de Carmen Loza afirma, finalmente, la urgencia de una mirada mucho más amplia de la realidad de la salud y la curación en el país. En otros términos, pide a autoridades y profesionales reconocer el laberinto para desentrañarlo. “Yo sólo he estudiado a una parte de la población de La Paz y El Alto; no sé qué pasa en otros puntos del país o en las áreas rurales”.
Los enfermos entretejen recorridos en la búsqueda de la curación, formando laberintos confusos, insolubles ... en un mercado médico alternativo al Sistema Nacional de Salud.