A 100 años del nacimiento de la escultora, el Museo Nacional de Arte y el Museo de Etnografía y Folklore ofrecen una gran muestra para la que el artista Gil Imaná ha preparado un texto evocador.
Texto: Gil Imaná Fotos: Fundación Cultural del Banco Central de Bolivia
Hay mucho arte que festejar. Una muestra doble sirve para celebrar el centenario del nacimiento de Marina Núñez del Prado, con una selección de obras de las colecciones de la Casa Museo Núñez del Prado y del Museo Nacional de Arte, donde se sintetizan vida y obra de la artista.
Este año se cumplen cien años del nacimiento de Marina, la artista de mayor renombre internacional que ha tenido el país en el siglo pasado. Escultora de gran sensibilidad, proyectó el sentimiento de las montañas andinas y el carácter de sus pobladores, empleando un lenguaje contemporáneo y rescatando junto a otros artistas de su generación la ancestral técnica de la talla en piedra. En su honor, Gil Imaná, artista, amigo personal y presidente de la Fundación Núñez del Prado, escribió el siguiente texto.
Recordando a Marina
La más grande artista boliviana se llama Marina Núñez del Prado, grande no sólo en Bolivia sino también en América; Marina es la escultora andina por excelencia.
Fue reconocida en Europa, en Asia, y en casi todos los países de América. Nombrada Doctora Honoraria en Arte por dos prestigiosas universidades norteamericanas. Condecorada con el Cóndor de los Andes de Bolivia en dos ocasiones, con el collar de la Orden del Sol del Perú y la de Colombia. Marina Núñez de Prado fue la única escultora boliviana que tuvo una sala especial en la Bienal de Venecia y otra sala especial en la Bienal de Brasil. Ganadora de importantes premios y galardones en distintos países, así como de los más importantes reconocimientos de Bolivia.
Esta larga lista de distinciones enmarca una personalidad sencilla y asequible. Mujer culta que se relacionó ampliamente con el ámbito artístico de su época; siendo sus amigos los artistas Arturo Borda, Guillermo Viscarra Fabre, Juan Capriles, Humberto Viscarra Monje, Yolanda Bedregal y Cecilio Guzmán de Rojas, entre otros. Amigos quienes, junto con familiares y personas que quisieran visitarla, se reunían en su casa los sábados por la tarde; allá en los años sesenta.
En aquellas célebres tardes de sábado tenía lugar primero la visita al taller y exposición de obras, luego el comentario, inicialmente en el hall y después en el jardín de esculturas; espacio bellamente aprovechado donde las obras se destacaban junto al cielo azul intenso de La Paz. De pronto se veía un cóndor inmenso en piedra basalto en lo alto de un pedestal frente al majestuoso Illimani, y unas gradas más arriba, el llamado Partenón donde el conjunto de esculturas servían de motivación y centinela a los visitantes que escogían este lugar para conversar.
A menudo Marina hablaba de sus experiencias y proyectos, siempre con la compañía de Nilda; la más entusiasta admiradora de la obra de Marina. Nilda y Marina; dos hermanas muy unidas y de personalidades complementarias. Nilda; alegre, jovial, entusiasta, coqueta, de ojos vivaces y juguetones. Marina; sobria, con mayor sencillez y a veces solemnidad, de juicio franco y certero.
La casa que las albergaba fue diseñada por su padre, Don Guillermo Núñez del Prado, así como el bello jardín en el piso superior que creaba un rincón mágico donde el espíritu de las formas inundaba a los visitantes. Las tardes eran plácidas, amenizadas por poemas y relatos. Se hablaba de la forma con contenido y del contenido de la forma, de la creación como proceso sublime y de su fuerza espiritual. En una ocasión, Marina nos mostró sus Tres Mujeres Altiplánicas al Viento y nos contó cómo nacieron de la observación plena de la belleza de un grupo de mujeres que en el altiplano caminaban luchando contra el viento.
Marina fue creadora nata. Comenzó con sus tallados, luego fue parte de un naciente movimiento indigenista en nuestras expresiones estéticas. Su espíritu inquieto se motivó también con la música y la danza, cuyo producto fue un período rítmico musical en su obra. El hombre, la mujer y el habitante altiplánico con el rostro dulce y duro la inspiraron a realizar cabezas indias en madera y piedra.
El encuentro con Marina
Recuerdo aún muy vívidamente que el primer impacto de una obra suya lo tuve a mis 15 años, cuando en 1948 Marina realizó una exposición de escultura en el Salón de Honor de la Universidad de Sucre. Su impresionante obra era un rostro campesino de tamaño natural llamado Esfinge India, logrado a golpes de gubia. Me quedé admirado e impactado; aún más cuando volví a casa y encontré a Marina tomando té con mi mamá; eran amigas de cuando estuvieron en Sucre. Yo ya había salido del Taller de Rimsa, pero ese encuentro fue fundamental en mi vida. Desde entonces se entabló nuestra amistad ininterrumpida por el resto de la vida.
Marina fue una artista que observaba mucho y, por fuerza, paulatinamente fue llegando a la mujer —eje temático de su creación—, mujer madre, mujer montaña, mujer Pachamama. Amor a su tierra madre; montañas que unen como un espinazo gigante los pueblos de Los Andes. Luego, casi tímidamente fue descubriendo al niño en brazos, para seguir con la ternura y el beso. Sus viajes, aunque largos, siempre se hicieron cortos por el deseo de volver a su tierra y a sus montañas: “Aquí me siento bien, aquí están mis raíces”, decía.
Recuerdo una temporada, estando con Inés en París, visitábamos museos. Cuando los visitábamos con Marina, ella frente a una escultura analizaba antes que el tema, el impacto de la obra y su porqué, la relación equilibrada de formas, el lenguaje de la forma, la obra esencial, el cuidado de la línea e ineludiblemente la belleza que nos decía… llega a uno trascendiendo el tiempo y la cultura que la originó.
Marina llegó a la sensibilidad de un grupo selecto y también al gran público, que a lo largo de su vida le dio cariño y prestigio. No todo fue fácil para ella; Marina es un ejemplo de lucha, de trabajo constante y de superación, que supo de las mezquindades estrechas del medio y de la envidia, pero salió adelante demostrando que su talento creador era siempre superior a la mediocridad.
Me honro en haber sido su amigo, creo que fui uno de sus pocos confidentes. Algunas veces parecía agotada y al otro día era como uno de sus cóndores a punto de volar desde lo alto.
Marina, de corazón noble y generoso, creó hace más de 30 años la Fundación Núñez del Prado y la Casa Museo con sus obras, las de Nilda y otras colecciones. La Fundación es custodia de este patrimonio del pueblo boliviano declarado Tesoro Nacional. Marina; desde 1970 fijó residencia en Lima, Perú, donde se casó con el escritor Jorge Falcón con quien vivió hasta su muerte en 1995.
Como presidente de su Fundación y como su amigo personal me complace profundamente ser parte de estos homenajes que su tierra, La Paz, y su patria, Bolivia, le rinden emocionados al recordar los cien años de nacimiento de Marina: la boliviana genial, escultórica de América, grande como sus montañas…
PERFIL
La artista. Marina Núñez del Prado nació en La Paz el 17 de octubre de 1908. Es parte de la primera generación de artistas de la Academia Nacional de Bellas Artes “Hernando Siles” de La Paz, (1926 y 1929). Continuó como maestra de modelado escultórico y anatomía artística. Maestros como Alejandro Guardia y Guzmán de Rojas, despertaron en su espíritu el interés por lo indígena.
Premios. Es la más importante escultora boliviana del siglo XX. Recibió los más significativos galardones y condecoraciones por su aporte al arte americano y universal. Su obra ha sido presentada en eventos importantes como la Bienal de Venecia y la primera y tercera versión de la Bienal de Arte Moderno de Sao Paulo. Su obra se exhibe en museos, ciudades y colecciones en más de veinte países, además de los museos de la Fundación Núñez del Prado en La Paz; el Jardín de las Esculturas, en el municipio de San Isidro en Lima, Perú; y la colección del Museo Nacional de Arte de La Paz.
La muestra. Una selección de obras y fotografías autografiadas se presenta en el Museo Nacional de Arte de La Paz hasta el 16 de noviembre y en el Museo Nacional de Etnografía y Folklore hasta el mes de diciembre.