Por fin el Congreso Nacional logró un acuerdo sobre la ley de convocatoria de un referéndum constitucional. El arreglo no devino a través de un debate tranquilo y sereno, sino por la amenazante callejera capitaneada por el propio Presidente. No deja de ser una extravagancia que un jefe del Poder Ejecutivo se despoje de su investidura para colocarse al nivel de un dirigente sindical. El consenso fue alcanzado por las amenazas de ocupar el Palacio Legislativo. Ésta ha sido la estrategia de don Evo desde que se lanzó a la conquista del poder: primero, armar un dispositivo callejero, amenazante, y sólo después, entrar con pie firme en la legitimación de la anterior acción directa triunfante. Lo curioso es que los muchos miles de agotados caminantes vinieron a la sede del Gobierno enarbolando el librito liliputiense de ese texto cuyo contenido sólo han conocido a través de referencias sesgadas por las consignas de sus dirigentes. Pero a los sudorosos caminantes, acompañados por vehículos con alimentos y que fueron alojados en los pueblos y pagados adecuadamente, les bastaba saber que cumplían con “el jefazo”.
Volviendo al acuerdo, el tema más peleón fue el de la reelección presidencial indefinida, ventajilla que don Evo y sus leales u oportunistas seguidores habían hecho inscribir en letras de bronce en ese proyecto. Pues bien, el debate fue tan intenso que, por fin, el oficialismo cedió: ya no habrá elección indefinida, que la historia demuestra que conduce al prorroguismo y de éste al autoritarismo y a la corrupción. Don Evo, que nunca cede, esta vez cedió: la reelección será tan sólo por una vez y tomando en cuenta el actual período constitucional. Hay que hacer notar que en estas negociaciones tuvieron un papel definitivo, aunque conducido con suma discreción, algunos observadores de países amigos y de organismos internacionales. Y con esto, Evo Morales, extremadamente hábil en llevar el agua a su molino, presenta esta cesión, que es razonable, como un espectacular triunfo. El poderoso, si no es ciego, se permite el lujo de ser magnánimo. El pobretón —en este caso los opositores— se ven obligados a no ceder fácilmente, no sea que se queden con nada. De todas maneras, demos por bueno el arreglo obtenido el lunes.
Algo más, la magnanimidad de don Evo, al conformarse con una sola reelección, podría ser ambigua en la hipótesis de que, una vez en su segundo mandato, urdiera una trama seudolegal para hacer legal la reelección indefinida, y se cumplía el supuesto sueño prorroguista. Como pincelada pintoresca, en la mañana de ayer, martes, don Evo esperaba sentado en plena plaza Murillo, frente a la casa de gobierno y rodeado de una masa de incondicionales con tufo de alcohol, a que el Congreso le entregara el documento aprobatorio de la ley de referéndum constitucional. Don Evo no puede con uno de tantos rasgos de su carácter fuera de serie: el exhibicionismo.
Addendum necesario: ni don Evo Morales ni sus huestes tienen derecho a perturbar, tan constante y gravemente como hasta ahora, la vida ciudadana de La Paz ni de ninguna otra parte del territorio nacional. Créame el Sr. Presidente que la gente está harta de tantas marchas, tantos gritos y amenazas, tantos chicotes, tanta inseguridad.
*José Gramunt es sacerdote jesuita y director de ANF.
¡Ufff!
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