Nada es posible sin los hombres; nada perdura sin las instituciones». Jean Monnet, uno de los padres de la Unión Europea, resumía de esta manera su credo en la capacidad de los hombres para transformar sus condiciones de existencia. No se trataba, sin embargo, de la fe ciega y algo ingenua de los iluminados. Al contrario, su confianza de visionario venía acompañada del realismo necesario para comprender que ciertos proyectos requieren acciones concretas y un marco real antes de dar sus primeros frutos. Son entonces las instituciones quienes deben dar a la voluntad de los hombres la indispensable estabilidad en un mundo infinitamente complejo y cambiante.
Es notable el resultado del sueño de hombres como Monnet, 50 años después de iniciarse la aventura de la integración europea. Aunque el proceso sufrió varios tropiezos y vivió momentos de escepticismo y oposición, nadie pone en duda hoy en día la solidez y porvenir de la Unión Europea. Lejos de declaraciones grandilocuentes, sin necesidad de mártires ni enemigos, la Europa unida ha alcanzado una solidez que inspira al resto del mundo.
En una región que más que ninguna otra ha intentado emular al Viejo Continente en este tema, Unasur resulta ser el último avatar de los procesos de integración continental inspirados en la construcción europea. Todo apunta a prever, sin embargo, el fracaso de este nuevo deseo de construir un espacio político de escala continental con capacidad de pesar en los asuntos internacionales.
Unasur nace de la voluntad de varios presidentes de la región, deseosos de dar presencia internacional a una América del Sur que destaca por su renovada, aunque precaria, fortaleza económica y por el giro político hacia la izquierda experimentado en los últimos años. Lo que falta en estos dirigentes, a pesar de sus buenas intenciones, es suficiente sentido práctico, que pueda traducirse en arreglos institucionales duraderos, capaces de trascender lo efímero de sus respectivos mandatos políticos.
La Unión Europea tuvo su origen en la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA), entidad supranacional que regulaba la producción y comercio de dichos bienes entre los primeros países socios. Este poder real permitió una integración económica concreta, que sirvió entre otras cosas como modelo exitoso a seguir en otras áreas, ayudando a convencer además a las opiniones públicas de cada país de lo positivo de la iniciativa.
Unasur parece seguir un camino completamente diferente. Planeando un Parlamento sin tener ningún poder real que ofrecerle. O buscando consolidar una sede antes de diseñar lo que verdaderamente cuenta: estructuras institucionales con atribuciones reales, no discursivas o protocolares.
Aún es tiempo de evitar otra desilusión en la larga historia de los desencuentros latinoamericanos. Eso exige convertir a Unasur en algo más que un foro de buenas voluntades. Se necesita enfocar el proyecto en un horizonte temporal más amplio, más allá de los siempre cambiantes humores políticos de la región.
Dicho de otra manera, en el proyecto de Unasur parece existir suficiente voluntad política y, aunque muchos discrepen, los líderes son capaces y legítimos. Pero sin un ordenamiento institucional serio, la historia sólo recordará que los hombres de esta época no dieron la talla para lo que emprendieron.
*Ernesto Bascopé G. es politólogo.
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