El Sindicato Eduardo Abaroa tiene 60 años y haber manejado al menos 15 años es el primer requisito para ingresar. “El Inmortal”, al mando de Raúl Arroyo, es el decano de los colectivos.
Texto: Jorge Quispe • Fotos: Pedro Laguna
Cada semana, de lunes a sábado, Víctor Félix Cuevas Poma invierte 1.260 bolivianos en el motor de Juanqui, un Chevrolet 1976. Las paredes del colectivo llevan stickers del Tigre, pero Víctor Félix es del Bolívar. “Son las ironías de la vida: soy bolivarista, pero manejo un coche stronguista, por el dueño”. Víctor Félix es uno de los 80 socios de la Línea 2 del Sindicato de Choferes “Eduardo Abaroa”, entidad con 60 años de historia y que nació un 10 de agosto de 1948.
“Dame, Dios mío, mirada vigilante y mano firme para llegar a mi destino sin causar daño a nadie”. El conductor, de 43 años, se persigna luego de leer la oración.
Son las 8.00, pero su jornada comenzó hace una hora cuando fue a recoger el bus de un garaje de Tembladerani. Ya en la parada de Llojeta, un café, pan y queso le impulsan para empezar el día.
Para reponer energías, un chofer come hasta cinco veces al día porque debe estar al menos siete horas y media sobre el volante.
Dos horas y cuarto después, el Chevrolet parece despertar con un rugido. Su capacidad es para 33 personas sentadas y 20 paradas. Mide ocho metros de longitud por 2,30 de ancho.
El trayecto se inicia con la subida a Tembladerani por Sopocachi. Aparece el primer obstáculo. “Hicieron un corte en la (avenida) Buenos Aires a la altura de la 4 de Mayo y hay que bajar a la plaza Líbano y subir por la Alcoreza”, comenta Pedro Benito Rodríguez, de 51 años, dirigente del sindicato, quien viaja en el bus dirigido por Cuevas Poma.
Víctor Félix hace una mueca de molestia. Debe ingresar por pequeñas calles donde es difícil maniobrar el largo coche. “No es lo mismo manejar un taxi, un minibús que un bus”, explica.
Un atolladero en la Buenos Aires y Mercado Uruguay hace el avance más lento y aquello empeora en la cuadra, de 80 metros, entre la Max Paredes y Tumusla.
Juanqui tarda 20 minutos en pasar la trancadera, Víctor Félix se toma la cabeza y se seca el sudor. El calor empieza a subir.
Hay seis pasajeros en el colectivo. Sube una joven de 15 años a vender “deliciosas galletas”, recordando que le “daría vergüenza robar, pero no vender, porque yo me gano la vida honestamente”.
Como el bus va casi vacío, hay tiempo para hablar con Cuevas Poma. “El coche se denomina Juanqui, porque el dueño es don Juan Carlos”, formula. No es de extrañar, pues en el transporte, los coches tienen nombres como: Pancho Pistolas, Relámpago Azul, The Star of Israel o El Inmortal.
A Víctor Félix le apasiona su trabajo. Está en el bus de 10.15 a 21.30. Asegura que su segundo hogar está con Juanqui. “Estoy lejos de la familia gran parte del día. Sólo descanso los domingos”.
Cuidado con los ‘gatos’
“En la Pérez no se sube ni se baja”, por eso, cerca de la iglesia San Francisco, el bus es elegido para ir a Sopocachi y Tembladerani. Sube Daniel Fernández, de 72 años, un asiduo pasajero. “Tomo el ‘2’ desde que era joven. Yo vivo a la altura de la calle Jaimes Freyre. El bus es más cómodo, sus asientos son grandes, no es como el minibús”. A media hora del mediodía, y a 40 metros de la Freyre, Fernández avisa que descenderá.
Víctor Félix no tiene ayudantes, por eso está siempre atento a sus pasajeros. Antes, los colectivos usaban timbres que los clientes tocaban para bajar en la esquina. “Ahora la gente quiere bajar donde sea”, se molesta.
A principios de los 90, los buses dejaron de usar timbres y boletos. “Antes, de la parada de Llojeta a la Pérez Velasco se pagaba un pasaje y se le daba un boleto; pasado aquello se le daba otro”.
Quedan siete asientos libres a 20 minutos del mediodía. Una señora sube y paga con un billete de 50 bolivianos. Víctor Félix mira su monedero. “Tengo cambio”, responde y alista 49. La tarifa es de un boliviano, costo que a juicio de Pedro Benito no compensa gastos, porque el litro de diesel cuesta a 3,90 y se necesitan 35 litros diarios para cumplir las dos vueltas y media de cada día.
Víctor Félix recuerda que hace 18 años, un cliente le pagó con un billete antiguo de 20 bolivianos. “Era muy tarde, el colectivo estaba lleno y no me di cuenta”. Sin embargo, cuando suben los escolares, le faltan las manos. “Me dicen ‘paga el último, paga el último’ y suben siete y hasta ocho niños, y al final recibo tres bolivianos, en el mejor de los casos”.
No es el único mal rato. A veces, los choferes se sienten impotentes ante los delincuentes. “Es cuando suben los ‘gatos’. Lo único que hacemos es pedir a los pasajeros que pasen adentro, pues si los delatamos, los ladrones toman venganza y nuestros asientos aparecen destrozados”.
A tres minutos de las 12.00 el viaje acaba. Víctor Félix estira piernas y brazos. Es la hora de comer. Un humeante pollo dorado espera en el puesto de la casera en la plaza Feliciano Kantuta.
Nueva vida para ‘José José’
El Inmortal nació en 1966 en Japón, pero recorrió como pocos las arterias de La Paz. Primero fue de la mano de José Sócrates, fundador del Sindicato Eduardo Abaroa, y ahora es el compañero de su hijo Raúl Arroyo Monje, que a sus 51 años, es uno de los decanos más jóvenes del grupo. El nombre se debe a que, después de tres décadas de servicio, el Toyota estuvo parado por 10 años, hasta que en el 2005 volvió a las rutas con un nuevo motor.
José José es el anterior nombre del coche, el más antiguo del sindicato. En el recuerdo queda la tarde en que llovió, el agua le entró por el techo y un pasajero tuvo que abrir el paraguas dentro. Hoy está remozado y tiene un nuevo nombre, aunque su vida útil no promete demasiado.
Es inevitable el día en que los colectivos desaparezcan para dar paso a nuevas góndolas. “Estos buses cumplieron ya su ciclo, debemos pensar en los jumbos, que son más cómodos y grandes, pero son caros. La nueva generación deberá apuntar a renovarlos para mantener el ‘2’”.
Hasta que eso pase, quienes quieran manejar un colectivo “2” deberán tener la licencia “C”, poseer de 15 a 20 años de experiencia, pagar 800 bolivianos, dar un examen con los maestros del grupo y soportar las trancaderas; la peor de todas, a las 14.30.
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