Mientras negros nubarrones se asoman a la economía, las clases medias y algunos sectores regionales de la oposición miran incrédulos el pacto político logrado en el Congreso, el cual no termina de ser digerido aún. Quizás porque sus artífices siguen siendo los mismos que hasta hace poco se mostraban los dientes y polarizaban, en el discurso, sus visiones “distintas” de sociedad.
Las hipótesis más publicitadas dicen que el acuerdo fue “cocinado” en olla a presión, que aceleraron el punto de cocción, para que los ansiosos y furibundos comensales puedan comer en “paz”, con menos incertidumbres y con los ingredientes autóctonos que les dieran la satisfacción de que habían participado en la elaboración del banquete.
En sí, mientras más pasaba el tiempo, las recomendaciones de Unasur podían caer en el vacío, lo que llevaría al fracaso su inaugural movimiento de mediación en el subcontinente con el hermano más vulnerable. Por otro lado, la presión interna fue construida con tal desesperación que, poco a poco, podía perder su cualidad de escenificación política, para expresar el descontrol de la multitud.
Sin embargo, no hay presión que pueda lograr acuerdos sobre visiones contrapuestas y cualitativamente distintas; a lo sumo, podrá apresurar las negociaciones y pondrá en escena a los actores en la esfera pública. Eso ocurrió durante los últimos dos años con la confrontación polarizada que había tensionado, por estrategia o por impotencia, la lucha por el poder. Es decir, vivimos dos años de continuo cálculo, de especulación política, con un solo objetivo: probar cuál es la fracción más apta/fuerte para administrar el poder y los negocios del Estado. Por ello, no fueron las supuestas visiones contrapuestas, sino la realpolitik la que fraguó el pacto.
Hace tres años, habíamos planteado que la reforma estatal “posneoliberal” requería de un actor como el MAS que facilite la reconstitución del Estado capitalista, como garante de los intereses de las clases dominantes; que la demanda social no había logrado organizarse en torno a la construcción del cambio social, sino que encontró en Evo Morales a un interlocutor que generaba la empatía populista necesaria para domar esa energía social emergente.
Al parecer, la oposición parlamentaria reconoció este hecho, que el espacio político no puede desembarazarse tan fácilmente de Evo Morales; eso sí, tiene la tarea de justificarse ante el derrotismo regional y el temor de las clases medias; a cambio de ello, se ganó algo nada insignificante: allanó el camino para que las reformas propugnadas por las fracciones de la agroburguesía se lleven a cabo.
*Gustavo Luna es comunicador y trabaja en el Centro de Estudios para el Desarrollo Laboral y Agrario (CEDLA).
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