Como están las cosas, no se necesita mucha ciencia para afirmar que en enero habrá nueva Constitución. Parece, pues, que por encima de lo que le costará al país, el referéndum constitucional es ya irrelevante, a menos que se entienda el valor real del voto del 25 de enero.
Eso explica lo que les dijo el presidente Evo Morales a los parlamentarios del MAS cuando, festejo de cumpleaños y parrillada mediante, dio por aprobada la nueva Constitución y ordenó que actúen ya en base a ella. En realidad, la transición al nuevo modelo político comenzó mucho antes del acuerdo en el Congreso. El Plan Nacional de Desarrollo del Gobierno, por ejemplo, se inspira en el modelo constitucional oficialista y está en plena ejecución, sin que le afecten un ápice los cambios ´sustanciales´ de los que se ufana la oposición.
El asunto de fondo no está en lo que dice la Constitución, la vigente o la que vendrá, sino en la forma de entender el mandato ciudadano para administrar el poder político. Sobre todo en nuestro país, en el que el respeto a la ley y a las reglas del juego no es virtud. Así se entiende, aunque no se justifique en absoluto, que con la legitimidad que tiene gracias al gran apoyo que logró en las urnas, el Gobierno transite con tanta facilidad el camino de la ilegalidad y el atropello. Y peor aún, que justifique e incluso promueva acciones muchas veces ilegales para lograr objetivos que por legítimos que sean, pierden la esencia misma de su virtud. No se puede castigar la ilegalidad incurriendo en actos ilegales.
Se puede transar y ser flexible en todo. Se puede negociar cualquier norma, medida o acción. Lo que no se puede ni se debe transar ni negociar son principios y valores. Y en la base de la convivencia pacífica y el ´vivir bien´ está el respeto a derechos y obligaciones iguales para todos. No sólo por ética, moral o legalidad, sino también porque eso dice la experiencia. La de la última dictadura, por ejemplo. A García Meza, que hizo todo lo que hizo, se lo juzgó respetando todos sus derechos y está donde está, igual que su ministro de Gobierno y pese a que pretendía obligarnos a caminar ´con el testamento bajo el brazo´.
El poder, como en cualquier parte y como siempre, es transitorio. No hay mal que dure para siempre ni felicidad que no se acabe. Por eso, los votos del 25 de enero serán importantes para recordarnos que por encima de la Constitución hay dos visiones de país distintas y que más allá de consignas y campañas tienen que convivir, sin que una someta a la otra, si lo que pretendemos es vivir en paz.
*Juan León C. es periodista.
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