Todo el mundo en Bolivia acabó rechazando u odiando la democracia pactada, la democracia de coaliciones que hizo posible la estabilidad por más de veinte anos, justo en un país que estaba marcado por la inestabilidad. Pero lo que se debe recordar es que la gente no la rechazaba porque implique pacto, concertación y diálogo, sino porque devino en un uso clientelar y prebendal del poder. Está claro que la democracia pactada tuvo lados malos y buenos —como todo fenómeno social, tuvo claros y oscuros—; empero, en estos tres años se ha creado la especialidad o la distorsión de acentuar sólo lo malo y ocultar u olvidar lo bueno.
Lo positivo fue que permitió generar un sistema de partidos que convirtió la política en algo estable. Lo negativo, que abrió espacio para que la corrupción se imponga en los partidos, para que ellos utilicen el aparato estatal como cosa privada, para que lo loteen de acuerdo con su voluntad o según su apetito.
Ese sistema de partidos se cayó, se derrumbó hace tres años, y en su lugar vino la moda y la fuerza de los movimientos sociales, de la forma multitud; son esos movimientos sociales, con algunos miembros de ONG, los que coparon el poder. A partir de ese hecho se postuló que la democracia era más democrática que antes; a partir de ese fenómeno se inició el proceso de desprecio de la democracia representativa y de sus instituciones, se aplaudió la democracia directa, la democracia en las calles, la “democracia” de los cercos y del látigo, se hizo la apología de una democracia alejada de las instituciones.
Con muchos aplausos y loas funcionó la Asamblea Constituyente; lo hizo durante año y medio, pero no como institución de deliberación, sino siempre como algo derivado de las presiones de los movimientos sociales y de los líderes de éstos. Su resultado, más allá de los militares, de La Glorieta, de las encerronas de Oruro, de las mutaciones ocultas de la Lotería, fue un proyecto de Constitución que no implicaba pacto sino imposición, que inventaba una Bolivia indígena cuando en realidad la mayoría es mestiza. Su producto fue un proyecto imposible de aplacar, es decir, inviable.
Se intentó aprobar o avanzar a la aprobación de ese proyecto; se lo hizo bajo presión, bajo amenaza, en medio de “diálogos” que no lo eran. Se decidió avanzar a paso de parada, sin parpadear para imponer una letra constitucional inviable. Vinieron muertes, cárcel, exilios, pero nada de eso sirvió para probar el proyecto de Constitución. Los observadores o testigos internacionales trataron de ayudar a que opere el diálogo en un país convulso, miraron desplantes, oyeron amenazas del poder a los adversarios débiles, pero el avance fue mínimo.
¿Dónde se produjo el avance y el pacto? En el Congreso, en la institución más clásica de la democracia representativa. El Parlamento operó como Congreso Constituyente; en años más se lo recordará así y se habrá borrado la idea o imagen de una Asamblea Constituyente que no supo deliberar. Los partidos —o lo que subsiste de ellos— fueron la clave de avanzar en el diálogo. Y sin medias tintas, demostraron que el pacto no es mala palabra, sino el territorio de las decisiones racionales. Lo que se produjo es un capítulo más de la democracia pactada.
*Carlos Toranzo R. es economista y analista político.
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