Debemos construir el marco legal y reforzar la institucionalidad del BCB, para que estos ahorritos nos ayuden a pasar el crudo invierno. El Banco Central de Bolivia (BCB) luce orgulloso ocho mil millones de reservas internacionales. Esto representa casi el 65 por ciento de toda la riqueza generada en un año por la economía boliviana. Esta importante acumulación de recursos se explica por el espectacular contexto internacional que vivimos en los últimos tres años, antes de que se produzca la crisis financiera mundial.
En el discurso oficial, los ocho mil millones de verdes se han convertido en el mentholatum de la política económica: sirve para curar todos nuestros males. Cuando se dice que hay preocupación por el aumento de la deuda interna de corto plazo del BCB, que sobrepasó los 2.500 millones de dólares, la respuesta es que esto está cubierto por las reservas internacionales. Cuando alguien cree que el tipo de cambio se depreciará, nuevamente aparecen estos recursos para cubrir ese problema. Cuando se dice que un shock externo negativo (reducción de los precios de los minerales y el petróleo) afectará la economía boliviana, adivinen quién nos salvará de este problema: las reservas internacionales. Y cuando alguien manifiesta preocupación por el sistema bancario, nuevamente será este dinero que nos protegerá. Las reservas internacionales se han convertido en el “va de retro Satanás” de todos nuestros problemas. En los últimos días, autoridades nacionales han manifestado que las reservas internacionales también servirán para buscar petróleo, generar desarrollo y reducir la pobreza. Como verán, el mentholatum queda chico frente a las propiedades curativas del dinero del BCB.
Pero antes de seguir gastando esta plata en los titulares de periódicos, debemos ver cuánto de las reservas internacionales estaría disponible para hincarle el diente. Partamos del dato de esta semana donde las reservas internacionales alcanzaron los ocho mil millones de dólares. No toda esta marmaja está disponible.
En primer lugar, si tenemos que cubrir la deuda interna de corto plazo, 2.500 millones de dólares, nos restan 5.500 millones. A esto hay que sustraer las reservas que están en oro, que no es aconsejable gastar; algo como 1.000 millones de verdes. Además, hay que restarle unos 1.500 millones de dólares que equivaldrían a tres meses de importación y que es recomendable que no toquemos. Finalmente, un poco más de 1.000 millones de washingtones de las reservas internacionales son depósitos de prefecturas y municipios en el BCB.
Por lo tanto, hablando en pepas, al final de todas estas restas tendríamos más o menos 2.000 millones de dólares disponibles para que el Gobierno central pueda gastar. Estoy de acuerdo con que parte de las reservas internacionales deben ayudarnos a paliar la crisis y generar desarrollo. En un país tan pobre como el nuestro no podemos tener plata en la vitrina: estos recursos deben canalizarse hacia proyectos de apoyo a la producción, hospitales, escuelas, caminos y otras inversiones que el país necesita urgentemente para crecer a tasas elevadas y combatir mejor la exclusión social. Pero, la pregunta central es: ¿cómo utilizamos estos recursos de manera efectiva y transparente?
Según la nueva Constitución, el nuevo elíxir de la felicidad económica, las reservas internacionales, podría ser gastado por el Gobierno nacional (Ver artículo 326I). En esta Carta Magna ya no habrá independencia del BCB. Cabe aclarar que estos recursos pertenecen a todos los bolivianos y deberíamos protegerlos de las tentaciones populistas que creen que chauchitando cheques y dinero se genera crecimiento.
Algunos criterios básicos para el manejo eficiente de las reservas internacionales deberían ser: 1) Marcos legales respaldados en pactos sociales y fiscales para el uso de los recursos. 2) Sólida institucionalidad que administre las reservas; aquí se debe insistir en la independencia del BCB del ciclo político. 3) Mecanismos de control social e institucional.
La experiencia internacional muestra una forma de administrar exceso de reservas internacionales, los fondos soberanos o productivos, una especie de alcancía colectiva gigante. Noruega, Alaska, Chile, Botswana tienen este tipo de mecanismos, con múltiples propósitos. En algunos casos ayudan a estabilizar precios externos; en otros, promueven desarrollo productivo y/o social. En todos los casos mencionados, el país vive de la rentabilidad de estos fondos y no se gasta el capital. Recientemente, Brasil creó un fondo soberano de siete mil millones de dólares.
El Gobierno nacional ha estado estudiando este mecanismo en los últimos tres años y nunca los implementó. Se recomienda constituir estos fondos en el período de vacas gordas y no en el de vacas flacas. Ni modo, en Bolivia siempre estamos en curva. Pero algo debe estar claro: dejar el chanchito de la herencia de la Pachamama exclusivamente en manos de nuestros políticos en periodo electoral no es buena idea.
Debemos construir el marco legal y reforzar la institucionalidad existente del BCB, para que estos ahorritos nos ayuden a pasar el crudo invierno económico que se avecina y más adelante nos ayuden a hacer la revolución productiva.
*Gonzalo Chávez A. es economista.
Nuestro octubre negro
El tsunami financiero que comenzó en septiembre y se agudizó en octubre en las economías del mundo todavía no se ha retirado. Queda la duda de la recesión que podría haber dejado en Estados Unidos, con efectos impredecibles en el resto del mundo.
Un día de silencio mediático
Hoy me propongo desempolvar una versión de la palabra “esquirol” que, en su sentido obvio, corresponde a la simpática ardilla, pero que se aplica también al obrero rompehuelgas, maldecido por los sindicatos que deciden un paro y los esquiroles se la perforan.
Muerto el burro...
Acabamos de leer que el Gobierno, a través DS 27969, aprobó un fondo de aproximadamente cinco millones de dólares, financiados por el TGN (por todos los bolivianos que pagan impuestos) para “la estabilización del precio de la libra fina del zinc”.
¡Jalla jalla!
La Razón del 24-X-08 resaltó que “en boca de” Silvia Lazarte se oyó la expresión novedosa de jalla jalla, en vez del hoy tan extendido grito ¡jallalla!, ‘¡viva!’. “Sin querer queriendo”, la chaparrita, firme y leal presidenta de la Asamblea Constituyente
Vanessa Redgrave
No sólo las palabras hablan por su boca; también las sílabas, las letras, los puntos y las comas.