Tarea ardua la de dejar un mensaje a los que se fueron. En el taller Illimani, el fundido de metales demanda los saberes de los artesanos.
Texto: Sandra Verduguez Fotos: David Guzmán
El fuego, a 1.500 grados de temperatura, logra vencer al bronce para convertirlo en una lápida. El encargado para la fiesta de Todos los Santos fue para don Guillermo Tola, dueño del taller Illimani, quien construye con sus operarios cerca de 50 piezas en esta época del año. Y es que a pesar de tratarse de una forma tangible de simbolizar la unión con los que ya partieron de este mundo, este oficio es asunto de vivos, y muy trabajadores.
“Para construir una lápida se debe aprender muchas cosas, especialmente sobre las técnicas de fundición. También hay que conocer la nobleza de los metales, tener experiencia y conocer algunos secretos para que las cosas salgan bien”, explica Guillermo, quien parece poseer la suficiente sensibilidad para ser parte de un acto de creación cada vez que cumple un encargo.
En el taller de Guillermo se suele fundir una vez al día, pero en octubre, poco antes de la fiesta de Todos los Santos, se prepara el horno hasta dos veces. Allí el aire es pesado y caliente. No hay mucha luz y los operarios apenas tienen tiempo para mantener la temperatura del horno, preparar los moldes, fundir la chatarra, echar el metal en las cajas, pulir el marco y armar finalmente la lápida para entregarla.
El taller se encuentra en Vino Tinto y la tienda funciona hace 14 años frente al Cementerio General. Él es dueño y jefe después de haber trabajado ocho años como aprendiz. “Uno no empieza siendo jefe, tiene que aprender primero”, expresa. Tola estudió mecánica de motores en la Universidad Mayor de San Simón, en Cochabamba. “En mi carrera aprendí mucho de metales y el área de la fundición fue lo que más me gustó. Por eso ahora me dedico a este oficio”.
El domador del metal
Para fundir el bronce se necesita una temperatura de 1.500 grados centígrados. Para lograrlo, el horno del taller Illimani, que funciona a gas, está cubierto de ladrillo refractario para que en poco tiempo caliente lo suficiente. Está instalado a un lado del taller, casi al nivel del piso, donde se distingue la boca de fuego candente que calienta el crisol donde poco a poco se fundirá el metal.
Después de un tiempo, cuando el horno está listo, el crisol se llena de chatarra de bronce: grifos, tuercas, casquillos de bala y otros instrumentos que ya no se usan. Se colocan cerca de la llama para que se calienten antes de fundirse. Guillermo menciona que si la chatarra entra fría al crisol, se puede producir una explosión por el choque de temperaturas.
“El bronce no se compra por kilos, porque es muy caro”, afirma Tola, sino que lo consigue de proveedores que pasan por la tienda; él lo acumula durante el año para poder utilizarlo en estas fechas.
Mientras la llama funde el metal, produciendo un ruido fuerte al chocar con el oxígeno, Junior Flores, de 25 años y encargado del taller, echa bórax al crisol para limpiar el metal. Dentro de poco el metal estará fundido y le quedará poco tiempo para preparar la caja donde antes se plasmó el modelo elegido por el cliente.
El modelo trébol
La lápida seleccionada mide casi medio metro de ancho y 90 centímetros de largo. El molde es una caja con estas dimensiones, formada por dos planchas que contienen arcilla húmeda. En una está la “cara” de la lápida y en la otra se ve el “negativo” de la figura. Antes de cerrarse herméticamente, las dos caras de la caja se secan con un soplete para recibir el metal caliente a través de un orificio. Otro agujero, casi del mismo tamaño y ubicado en medio de la caja, sirve para la entrada de aire que ayuda a que el metal se distribuya con más facilidad por los espacios del molde.
La caja ha sido cerrada y el metal ya está fundido. El operario Junior Flores saca las impurezas del crisol y pide ayuda para levantar la manilla, instrumento de acero que aprisiona el crisol y que es alzado por dos personas. Muy cerca del fuego, donde la luz se refleja en los rostros, Junior y su ayudante alzan con cuidado la manilla hasta ubicarla cerca de la caja, encima del orificio que se ha dejado para la entrada del metal.
En el lugar preciso, una mirada entre ambos coordina el momento en que el bronce fundido sale del crisol para entrar en la caja. Un brillante resplandor de colores amarillos, naranjas y hasta verdes entra en el orificio del molde, iluminando todo el taller durante unos instantes.
Mientras esto sucede, la puerta del taller permanece cerrada para que la corriente de aire del tercer piso donde está ubicado, no afecte la temperatura del metal cuando entra en el molde. Terminado todo el proceso, la puerta se abre y el calor empieza a disminuir. Finalmente, el aire entra de lleno a los pulmones y se escuchan recién los comentarios sobre lo que acaba de ocurrir.
A romper el cascarón
Dentro del molde, el metal previamente fundido tarda 20 minutos en secar. Mientras esperan, Junior y los otros operarios descansan y dan tiempo a que su cuerpo se libere de las altas temperaturas antes de salir al aire libre. Varias gotas de sudor en su cara muestran el esfuerzo que requiere un proceso de fundición artesanal que no falla en ningún momento. Los secretos que conoce los sabe de Guillermo, quien también aprendió de su jefe cuando era aprendiz.
Agotado por la ardua labor, Junior confiesa que, aunque es un trabajo esforzado, le gusta mucho porque disfruta del momento en que aparecen las imágenes que este año pusieron de moda y que para él son todo un arte.
El modelo de lápida trébol ha quedado listo para pasar a la máquina pulidora y para a ser finalmente armado y entregado. Esta es una de las 50 lápidas del mes. Vaya trabajito de vivos...