Riberalta recibió al equipo de cuatro deportistas de Brasil que realiza figuras en el aire mientras va a 200 kilómetros por hora en caída libre.
Texto: Jorge Quispe Fotos: Pedro Laguna
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, amén”. Jazon Charife termina de persignarse y se lanza al vacío desde 8.000 pies de altura. El brasileño tiene 235 saltos en su haber y es el primero en abandonar la avioneta Cessna C-706 en el cielo de Riberalta.
Segundos después le siguen Getulio Acevedo, José Sales y Marcelo Garrido. Cuatro cuerpos caen a 200 kilómetros por hora. “Esto es igual que manejar una bicicleta o una moto. Además, la seguridad es siempre la prioridad”, formula Getulio, un brasileño nacido en Río Branco y que junto a sus tres compañeros son paracaidistas profesionales. El grupo es el invitado de honor en las celebraciones del aniversario de la Fuerza Aérea Boliviana (FAB) y el número es el más esperado en el aeropuerto beniano.
El paracaídas no se abre
Con 2.437 saltos, Getulio es el más experimentado de los cuatro, pero aquello en ocasiones no es suficiente. “Hace unos cuatro años, en Río Branco, jalé el paracaídas, pero no respondía. Intenté dos veces y lo único que logré es que se rompiera una de las líneas”. Para eso, Getulio había pasado los 2.000 saltos y más allá de desesperarse, respiró profundo y jaló del paracaídas de emergencia. “Tuve la fortuna de ver una laguna y caí sobre ella. El entrenamiento me sirvió mucho”.
Los aspirantes a esta especialidad deben primero pasar por un examen médico general para saber si están aptos para saltar. “Uno debe invertir mucho en la etapa del entrenamiento porque el deporte es caro”, sostiene Getulio. Esta etapa dura de uno a dos meses.
“Hay un periodo de 10 horas de entrenamiento para el primer salto, luego vienen otras dos fases hasta ser un profesional”. Los gastos no terminan porque la hora en un avión para saltar cuesta 30 dólares, pero además se debe alquilar el equipo. Un salto puede llegar a costar 100 dólares.
La tecnología permitió en los últimos años contar con materiales que dan prioridad a la seguridad del deportista. Además del equipo de salto, están también el casco, el radio y el altímetro. Todo el implemento cuesta seis mil dólares.
En Bolivia se puede aprender paracaidismo en dos clubes de salto en Cochabamba y Santa Cruz, dirigidos a civiles, mientras que los militares asisten al Centro de Instrucción de Tropas Especiales (CITE) en Cochabamba.
Un veterinario es el médico
A 8.000 pies de altura, 2.438 metros, las pulsaciones aumentan. Por eso todo debe estar coordinado con antelación para que el ejercicio no falle. “Llevamos dos paracaídas y un radio para comunicarse con el jefe de grupo cuando estamos en el aire, y un altímetro”, cuenta Acevedo. Después de verificar el equipo, todos se persignan en la avioneta y uno a uno saltan al vacío.
El grupo de brasileños abre el equipo cuando está sobre los 4.000 pies, pero antes ofrece un espectáculo. Cuando todos están listos, Getulio da la orden y los cuatro paracaidistas se reúnen en el aire, donde se toman de la mano para formar una estrella de cuatro puntas. Esta es una de las figuras esperadas en Riberalta, Cobija, Porvenir, Puerto Suárez, Cochabamba y Santa Cruz, donde la agrupación también se presenta.
Una vez en el suelo, Marcelo, José, Getulio y Jazon agradecen a Dios y actualizan el número de saltos. Si por una eventualidad alguien sufre un accidente, ahí está Marcelo Garrido, de 43 años y con 504 saltos. “Marcelo en realidad es un veterinario, pero no necesitamos más”, comenta con picardía Getulio, mientras dobla con cuidado el paracaídas, uno de los secretos vitales en la disciplina.
Getulio, que durante la semana es inspector de Policía, pronto cumplirá 3.000 saltos, pero desde hace años tiene un reto.
“Quisiera saltar desde un helicóptero, aquello sólo pueden hacerlo pocos y quisiera ser uno de ellos”. 2.437 saltos hablan por él.
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