Un joven se pasea por los pasillos, evadiendo poltronas y buscando equilibrarse debido al meneo parsimonioso del vagón de ferrocarril que va hasta Villazón. Luce orgulloso la camiseta alterna de la selección boliviana, aquella blanca con los motivos rojo, amarillo y verde a los costados, combinada con unos vaqueros gastados. Ya sentado, toma una carpeta, con los mismos colores, que tiene grabada en la tapa, la silueta del guerrillero más popularizado del mundo, el Che Guevara.
Se coloca unos graciosos auriculares grandes, de esos que se usaban en los ochenta para escuchar cintas en estéreo; esta vez están conectados a un moderno iPod, que deja escapar el ritmo de un hip hop afroanglosajón, con su estruendo contenido por los bordes de cuerina que ayudan a envolver los pabellones de sus orejas.
Había tomado el tren para iniciar la vuelta a casa, luego de su periplo; no parece convencerse de que la empresa de ferrocarriles haya tardado como siete horas en reparar una locomotora descarrilada, dejándonos varados en medio del altiplano potosino casi toda la noche; “esto es de no creer”, farfulla enojado, con un acento londinense claramente identificable.
Afroeuropeo él, es un testimonio andante de cuán sexy es ahora Bolivia, tanto como para usar una indumentaria deportiva en reemplazo del típico atuendo sobrecargado de las prendas de alpaca y los gorros andinos, quizás tan fashion como la camiseta del Manchester United para los chicos que caminan por la calle 21; después de todo, además de contar con Cristiano Ronaldo en sus filas, se trata del club más rico del mundo, cuyo valor en libros supera el 10% de nuestro PIB anual.
Estoy seguro de que los motivos para usar la “verde” por el turista británico no tienen nada que ver con la performance deportiva de nuestra selección; su simpatía se explica más por la silueta del guerrillero cubano argentino y el acontecer político del país; somos un souvenir viviente del pastiche ideológico político que ha poblado el mundo vía la globalización, de románticos espasmódicos, seguramente cansados por los abusos militares y económicos de la era Bush y Blair.
Por lo menos nos queda este nuevo “look progre sport”, alternativa del tradicional “look pelilargo de alpaca”, un nuevo “producto” no construido por alguna máquina de merchandising turístico, sino por el uso que se hace de una figura política que por sólo sentarse en la silla presidencial, ya dio la sensación de cambios profundos y “globalizables”.
La realidad de reformas políticas, desde octubre, ya tomó otro tren, uno que chocaría fuertemente contra el imaginario romántico de nuestro amigo londinense. Bueno, pero ésa ya es una sutileza inútil para la globalización.
*Gustavo Luna es comunicador y trabaja en el Centro de Estudios para el Desarrollo Laboral y Agrario (CEDLA).
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