Un humor negro, irreverente, transgresor parece, en nuestro tiempo, penetrar toda la vida cotidiana, el arte y el pensamiento de las sociedades. No respeta la muerte ni el dolor, tampoco el poder o el amor, la amistad, la soledad, ni siquiera las ideas serias, menos las banales. No siempre fue así, como reveló G. de Baskerville, el monje detective de El nombre de la rosa, quien descubrió en los crímenes que asolaban una abadía benedictina el intento del bibliotecario de impedir con la muerte que los religiosos lean unos manuscritos sobre la risa. A partir de ahí se perdía el respeto por las cosas sagradas y profanas. Una necesidad de reír, en ocasiones ofensiva, parece ser la respuesta a un mundo en el cual el hombre se siente cada vez más desasistido, más expuesto a riesgos que escapan a su control.
Este humor, a menudo mordaz, sardónico, que no desdeña la procacidad, apunta de preferencia a todo lo que está prohibido, choca o escandaliza, tiene el valor de un acto de transgresión, de desinhibición. Así como la ironía, arte por excelencia de los anglosajones, cantarina, pícara, sugerente, que dice sin decir, fue el arma de lucha contra las tiranías en las sociedades aristocráticas donde la acusación de irreverencia podía costar la vida, la comedia humana de hoy gusta del chiste grueso, personificado, lleno de connotaciones sexuales, reflejo de una postura populachera, masificada, libertaria, secundada por los medios de comunicación masivos y por la red electrónica que ha convertido en escritores de humor a mucha gente, aunque en ella no abundan los Swift, los Wilde, los Shaw.
Entre las víctimas de este humor corrosivo no sólo están las celebridades mundanas o las calaveras descarnadas llamadas ñatitas, sino también los filósofos, la mayoría muertos. Cierta literatura, no siempre desdeñable, los ha tomado a su cuenta. Revisan con mirada alegre los planteamientos, los hábitos y manías, las preferencias culinarias y, por supuesto, eróticas de aquellos. La soltería porfiada de muchos de ellos se presta a bromas maliciosas. El sufrido matrimonio de otros vuelve sus momentos de coraje en una fuga. Algún irreverente se pregunta si Sócrates bebió la cicuta por convencimiento o por escapar de Jantipa.
Recientemente, un par de licenciados en filosofía de Harvard, T. Cathcart y D. Klein, han publicado un pequeño libro con el título Platón y un ornitorrinco entraban en un bar…, un breviario de filosofía jocoso en el cual las más abstrusas reflexiones se tratan con estilo ligero, a veces un poco colegial. No en vano el texto está dedicado a Groucho Marx, que, a diferencia de su tocayo Karl, proclamó alto y claro lo que éste hubiese podido decir a sus seguidores a fin de evitarles sus interminables disputas: “Estos son mis principios; si no les gusta, tengo otros”.
Refutar la experiencia cotidiana de los sentidos constituyó una de las preocupaciones básicas de la metafísica idealista y de los amantes sorprendidos por el marido, no menos sorprendido que ellos. Morty, viendo en el lecho conyugal a su mujer con su mejor compañero, quiso averiguar qué sucedía, sin dejar de tocarse insistentemente la frente, pero antes de que pudiera decir algo, el amigo saltó de la cama y le dijo: “Espera, ¿a quién vas a creer, colega, a tus ojos o a mí?”. Aquí las bromas enlazan con las tesis filosóficas para mostrar cómo aquellas esconden a éstas, las que a su vez refieren a las primeras.
J. B. Botul, desconsiderado por la alta cultura francesa de los años 50, escribió dos ensayos sobre la sexualidad de los filósofos. El primero consagrado a Kant y el segundo a Nietzsche y el demonio del mediodía. Kant pasó a la posteridad como un ejemplo de dedicación al estudio, al cumplimiento puntilloso de los horarios. No se casó por no distraer su vocación de trabajo. Tampoco podía ser de otra manera, con su maniático afán de regularidad para hacer las cosas. Quién hubiese aguantado. Pero Botul ha encontrado motivos de duda sobre el ascetismo del pensador como su entusiasmo por la vida mundana que lo lleva a preguntarse por qué razón recién comenzó a escribir seriamente a sus 60 años y concluye que seguramente no es conveniente confundir celibato con ausencia de actividad sexual. Quizá esta última estuvo más en su obra que en su vida, pues el gran filósofo fue un apasionado por escudriñar “la cosa en sí”.
El segundo ensayo contiene una defensa de Botul —que a veces ejercía de taxista en París—, ante el tribunal del gremio, de una acusación de abuso de una menor. Para salir del paso se compara con Nietzsche, víctima del demonio del mediodía, encarnado en Lou Andreas Salome, una mezcla de Lolita y de Lilith. Si el filósofo del superhombre no pudo resistir los encantos de una supermujer, por qué tendría que hacerlo él. Los admiradores de las magníficas aplaudieron el argumento.
El botulismo fue considerado por la filosofía académica como un pensamiento dañino. Juzgan de igual manera las personas afectadas de ese mal, aunque para ellos J.B. Botul no es un personaje de ficción, un seudónimo, es una enfermedad real y mortal.
La dieta de los filósofos ha preocupado a más de un erudito. M. Onfray, entre serio y burlón, ha investigado el vientre de aquéllos, establecido paralelos entre la comida y el discurso filosófico. Así reunió en un banquete a varios de ellos. El azar de las cosas hizo que siente frente a frente a Margarita María, una santa, que apenas comía a fin de negar el cuerpo y al divino marqués de Sade, tragón excepcional, para quien el excremento o el faisán despertaban su interés si servían para avivar la voluptuosidad, el sexo. Las discrepancias cedieron cuando los filósofos acordaron que toda dietética era una ética.
Los lectores se preguntan qué se entiende por humor. Definirlo sería una broma pesada que no permitiría escribir una línea. Mejor que cada cual lo tome según su humor.
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