Luego de fracasar en el primer intento, David Jonatan Flores Patón se nutrió de valor para vencer al coloso de nieve. Sus armas: un buen guía, el apoyo de sus padres y un pasaje bíblico. ¿Volverá a fallar?
Texto: Miguel Vargas Saldías • Fotos: Familia Flores Patón
Cuando el miedo llega, las ideas empiezan a exudarse por la frente. Los 12 años de David Jonatan Flores Patón sufren por las bajas temperaturas y el agotamiento físico. En ese momento, el pequeño se halla frente a la parte más peligrosa del ascenso al nevado Huayna Potosí: Pala Grande”. Era el 8 de julio de 2007 cuando estas palabras daban inicio al reportaje de ESCAPE que retrataba cómo un chico paceño común cumplía con éxito su sueño de escalador.
En el mismo número, David también se formulaba un desafío más grande: coronar el Illimani. A su edad, no imaginó que el miedo y su propio organismo complotarían para frustrar sus planes.
Las grietas se abrían a su paso en noviembre del 2007. Ese año, la familia Flores Patón había hecho hasta lo imposible para poder conseguir los recursos necesarios para alquilar el equipo de David y ayudarle a cumplir su nueva quimera: pasar su cumpleaños número 13 en la cima del coloso de nieve.
Rugía la moto rumbo al Illimani. Acompañado como la anterior vez por su papá, Ever Flores, el miedo empezaba a dar golpecitos en el estómago de David.
En el campamento base, las cruces de quienes habían muerto en el mismo intento empezaban a rondar por las mentes de los deportistas. Y reuniendo todas sus fuerzas, Ever se puso a las órdenes del Todopoderoso mientras se alistaba para ayudar a cumplir el sueño de su pequeño.
Fue en el ascenso que aparecieron las primeras grietas. La llegada de la madrugada y el peso de cada paso vencían a la nieve, que se abría a sus pies. David cayó, no una, sino tres veces dentro de una grieta. Aún con el miedo palpitando, continuó con el ascenso, pero su estómago y sus pulmones decidieron botar la toalla por él. Al parecer, la altura era demasiada para sus casi 13 años. Descorazonados, David y Ever Flores descendieron sin lograr su objetivo. La promisoria carrera del niño parecía haber concluido.
El sabor de la derrota
Noche de escalada en la montaña, noche en vela para Mirka Patón de Flores. Sin haber dormido, la mamá de David, recibió a su familia aquella mañana de noviembre del 2007 con una sonrisa. “Lo hayas logrado o no, yo siempre te voy a querer, eres mi orgullo”, le dijo a su hijo, el que aún no lograba superar la tristeza del fracaso.
Mientras tanto, papá Ever sugirió esperar antes de otro intento. Se necesitaba que el guía esté libre para el ascenso y se reúna el dinero para alquilar el equipo y el transporte. Lo mejor, dejar todo en las manos de Dios.
Por suerte, Dios tenía ayuda. “Yo veía a mi hijo con la ilusión de subir y me partía el alma. Por eso llamaba todo el tiempo al guía, Irineo, hasta que pude hallarlo”. Mirka logró reunirse a finales de octubre de este año con el guía y quedaron para el primer fin de semana de noviembre, aprovechando el feriado de lunes.
Un día antes del viaje, los Flores consiguieron el dinero para pagar el coche y, desde la noche de viernes, Mirka tuvo un fin de semana de insomnio obligado.
La revancha blanca
Con sólo una semana de anticipación, David tuvo que empezar a prepararse para el histórico 2 de noviembre de 2008. “Durante el año estuve escalando algunos cerros de menor altura, pero en esta semana sólo pude salir a trotar todas las mañanas para mejorar mi resistencia”, decía el niño.
El sábado en la noche ya estaba todo el equipo listo. Un par de horas de descanso y el domingo 2, a las 4.30, el coche partió desde Los Pinos hasta el pueblo de Pinaya, a unas tres horas y media de distancia. Allí se hizo el primer descanso para seguir el viaje en coche hasta el poblado de Puente Roto. Luego de otro descanso, el grupo llegó al campamento, Nido de Cóndores. Armaron la carpa y alistaron los equipos.
“Tenía un poco de miedo, pero si entraba en la montaña, yo iba a continuar. Ya sabía que si el suelo se rajaba, no iba a romperse todo el hielo, pensaba en no entrarme otra vez en una grieta”. Tantos pensamientos impedían que David pueda dormir. Ya a la una de mañana el estómago le había empezado a molestarle de nuevo, pero un poco de aire para recuperar la calma, le dio los ánimos necesarios para vestirse, preparar el equipo y lanzarse a la conquista del Illimani.
La preocupación también ocupaba la cabeza de Ever. “Esta vez teníamos menos equipo, pero estábamos con más ganas”. Era hora de dejar de lado los miedos y cumplir los sueños de su hijo.
“Estaba subiendo bien. Habíamos pasado las primeras grietas. Si bien la primera era fácil, en la segunda, mi linterna empezó a apagarse: la altura le estaba afectando”, cuenta David. “Como me había quedado sin linterna, mi papá, que estaba detrás mío, me alumbraba para que vuelva a subir. Yo apagaba la mía para que descanse y se prendía después, pero me duraba cinco minutos y se volvía a apagar”. Entonces llegaron a una grieta muy peligrosa. Por suerte, la linterna funcionó.
Ever subía muy preocupado. “Habían muchas nubes y yo temía por mi hijo, por si nos pasaba algo. Incluso pensaba, ‘para qué hemos venido’. En las encañadas del Illimani siempre hay actividad y las avalanchas son constantes”. La anterior vez habían participado en una ascensión en dos grupos. Ahora eran sólo tres personas, además del conductor del auto que les esperaba abajo. “Estábamos a merced del cerro”.
Pasada la grieta peligrosa, los escaladores se acercaban a la meta: faltaban sólo unos 30 metros. “Entonces, mis pies se han empezado a entumecer. Eran las seis menos cuarto de la mañana y yo ya no daba más”. David se hallaba en el limbo entre el fracaso y la gloria. “Descansaba cada ciertos pasos y mi corazón estaba siendo afectado por la altura, me latía rápidamente. Yo tenía que respirar rápido para detenerlo. Mis pies se habían congelado y no podía mover tres dedos”.
Ever también estaba cansado mientras veía cómo su hijo iba perdiendo las fuerzas. “David no podía. Daba cinco pasos y se paraba. Entonces, venía el problema del congelamiento. Yo tenía que abrir mi polera y calentar su mano en mis axilas. Me preocupaba”.
David entonces tomó impulso y recordó un versículo bíblico: “Dios es el que me ciñe de poder, y quien hace perfecto mi camino; quien hace mis pies como de ciervas, y me hace estar firme sobre mis alturas”. Se lo repitió varias veces y, a eso de las seis de la mañana, pudo llegar a la cima.
“Allí empecé a recuperarme. Había ido desabrigado y mi papá me prestó su chaleco. La sensación era emocionante. Las nubes tapaban todo hacia abajo, sólo se veía la cima descubierta, arriba todo estaba azul”, sonríe David.
“Nunca pensé que yo iba a poder hacer esto, pero lo hice por mi hijo, la experiencia de estar en lo alto es inolvidable”, completa Ever. Varios minutos en la cima sirvieron para tomar fotos, filmar videos y contemplar el paisaje.
Para el descenso, ambos ya estaban con nuevos bríos. Bajaron hasta Nido de Cóndores, donde descansaron antes de dirigirse a Puente Roto, y de ahí, a casa.
En la puerta, Mirka esperó con un abrazo a su hijo y su esposo. El sueño de los tres se había cumplido y, aunque David hoy arma quimeras con el Illampu o el Sajama, los Flores han decidido, por el momento, tomarse un descanso.