Ningún político podrá esperar de la Iglesia una actitud ni hostil por principio ni complaciente por interés. La Iglesia tiene como misión predicar la verdad. Deberá señalar los errores ideológicos y morales de los gobernantes que dañan la vida del pueblo. Si ciertos políticos fundamentan su programa sobre el odio y la revancha histórica, la Iglesia deberá recordarles que todos somos hijos de Dios y, en consecuencia, hermanos, no enemigos. ¿Esto es lo que ciertas autoridades no quieren que se diga? ¿Quisieran ellos mantener al país en continua confrontación y no en esforzada concertación? ¿Es ésta la diferencia de quien se dice católico, pero tiene algunas “pequeñas diferencias” con la jerarquía eclesiástica? ¿O la del que proclama que va a liberar a su departamento, de la Iglesia?
En estas últimas semanas, nuestros obispos han tenido que dar respuestas claras, valientes aunque pacificadoras, a las impertinencias buscapleitos del mismo Presidente y de alguno de sus colaboradores. Por ser suficientemente conocidas, no voy a repetirlas. En cambio, me parece oportuno mencionar lo que Benedicto XVI le dijo el pasado octubre al Presidente de la república italiana. Y el culto mandatario no se irritó sino que coincidió con las mismas ideas del Sumo Pontífice. La Iglesia, expresó el Papa, “se compromete a contribuir a la edificación de una sociedad fundada en la verdad, en el respeto de la vida y de la dignidad humana, en la justicia y la solidaridad social”. Por defender la verdad, la Iglesia no puede contribuir a las mentiras que, con tanta frecuencia, algunos gobernantes quieren imponernos como verdades. Los operativos armados, las detenciones sin garantías legales o las bestialidades de los linchamientos y homicidios a cargo de la llamada “justicia comunitaria” contradicen el respeto a la vida y a la dignidad humana. Un Poder Judicial prostituido por su politización contradice escandalosamente a la justicia. Falsean la solidaridad social quienes fomentan el odio racial. He aquí un breve elenco de motivos de queja que exhiben los obispos.
Pelea inútil, la de Evo y sus secuaces, contra la Iglesia. Evo tendría que recordar que debe en gran parte su ascensión política al voto de muchos católicos (ahora decepcionados), incluso sacerdotes en su ejercicio ciudadano del libre sufragio, así como al apoyo permanente y magnánimo de numerosas ONG dirigidas por católicos, así como la colaboración directa de numerosos ciudadanos que militaron en alguna actividad de la Iglesia. Enzarzarse pues en una polémica inútil con la Iglesia es perder un tiempo que el Gobierno debería destinar a corregir sus grandes carencias en su política económica. Y también en su desnortada política internacional que, hasta ahora, sólo ha servido para enclaustrar más al país con las murallas de ideologías envejecidas y amistades peligrosas. Por lo demás, nunca había oído que un buen político se encapriche en hacerse más enemigos de los que ya tiene, en lugar de concertar convenios y alianzas razonables, pacificadores y productivos. Sin embargo, parece que la agresividad y la intolerancia constituyen el signo de identidad indeleble de nuestros políticos. Tanto que se vocifera con la palabra “cambio”, ¿no sería éste el “cambio” que habría que procurar?
*José Gramunt es sacerdote jesuita y director de ANF.
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