“No mirar el mundo desde lo que somos es negarnos” Hugo Zemelman, intelectual chileno radicado en México, reivindica la necesidad de pensar desde la propia realidad. Dice que Bolivia es, en este momento, un laboratorio de ideas.
Recuperar el pensamiento latinoamericano es el objetivo del Ipecal (Instituto Pensamiento y Cultura en América Latina), cuyo director es Hugo Zemelman, abogado y sociólogo. Este intelectual estuvo en La Paz la anterior semana, para participar del seminario “Pensando el mundo desde Bolivia”, organizado por la Vicepresidencia de la República.
Parece una osadía pensar el mundo desde un país pequeño como Bolivia. El problema no es de tamaño, sino de perspectivas culturales diferentes que habría que contraponer. Hemos vivido durante siglos en la convicción de que aquello que pensamos de nuestra realidad es realmente objetivo y único, y resultó ser una interpretación que se nos impuso. Se nos impuso con la conquista española y después con la gran ofensiva europea no sólo teórica sino ideológica. Analistas, economistas, antropólogos, filósofos europeos impusieron su visión del mundo desde sus propios lugares de pertenencia: es lo que se conoce como eurocentrismo. Afortunadamente, las circunstancias internacionales de los últimos decenios, el desajuste de las relaciones entre países, la emergencia de movimientos de corte nacional de diferentes rasgos ideológicos en Asia, África, América Latina, han puesto en la mesa de discusión la necesidad de revisar esos enfoques. Se comenzó entonces a reaccionar frente a esa deformación de América Latina mirada desde Europa. Esto tiene muchas consecuencias, incluso cartográficas, y lo mismo pasa en el ámbito de la filosofía y de la teoría del desarrollo.
Contribuciones como las de la sociología de la liberación (Enrique Dussel y otros), o construcciones frente a la llamada colonialidad del poder (Quijano y otros) permiten una relectura del continente y un distanciamiento de las visiones de Europa.
Esto, evidentemente, es parte de un problema que quizás es mucho mayor en sentido de que el pensamiento no es abstracto ni universal, sino que responde a determinados patrones valóricos y culturales, asociados a su vez con una cierta tradición de memoria, como puede ser la que tuvieron los países europeos.
Por lo tanto, decir miremos el mundo desde Bolivia no significa darle más importancia que a Francia o EEUU, sino darle igualdad de trato a las visiones que pueden surgir de cualquier país acerca del mundo en tanto el pensamiento responde a patrones de carácter cultural.
Es válido y necesario el debate: se trata de rescatarnos como sujetos que tienen una capacidad diferente de otros sujetos colectivos para construir nuestra propia historia y no seguir modelos a imitar. No hacer el esfuerzo de mirar el mundo desde lo que somos es una manera de negarnos.
¿Por dónde empezar si el lenguaje mismo es una herencia? Con preguntas como las que me hace ahora. Efectivamente, heredamos ideas en el lenguaje. Éste es un gran transmisor de símbolos, de significados y nos crea trampas. Esto, sin embargo, en la medida en que no sepamos usarlo creativamente. El lenguaje no es simplemente una carga de significados sino la capacidad de construirlos. Decir “mirar el mundo desde Bolivia” es darle al lenguaje un sentido diferente del que puede tener para franceses y rusos: eso es un acto creativo, no individual solamente sino también colectivo, para lo cual tenemos que apropiarnos de nuestra memoria, de nuestras tradiciones, de lo que nos da una identidad. El problema es enormemente relevante porque vivimos en un contexto económico, comercial, financiero en el que conviene que no haya lecturas plurales y contrapuestas del mundo; por el contrario, se pretende imponer una lectura homogénea, que desaparezcan las diferencias culturales, el sentimiento de pertenencia a colectivos diferentes culturalmente. No se trata de un propósito individual, de un señor o de un grupo, sino de una lógica mucho más poderosa, la de la reproducción de capital que requiere que la gente deje de ser gente y se transforme en consumidores. Cuanto más parecidos los americanos a los asiáticos y africanos, mejor: más volumen de mercados, todos apeteciendo lo mismo. Reivindicar la diferencia cultural afecta esa lógica económica.
Se puede estar o no de acuerdo con lo de la cultura homogénea; lo que no se puede hacer es evitar la discusión.
¿Dónde están los centros de debate? ¿En las universidades? Las universidades deberían ser un centro, pero lamentablemente no lo son y las razones pueden ser múltiples como para señalarlas todas. Pero, una de las más relevantes tiene que ver con la educación en general que se ha convertido en una empresa que lucra y que, por tanto, está regida por la lógica de mercado. En Chile es paradigmático y se traduce en la competitividad, en la efectividad del producto final, cuantos más alumnos que paguen, mejor... no interesa la circulación de ideas. En algunos países incluso la universidad pública dejó de serlo, pues recibe sólo el 25% de aporte del Estado, el resto debe conseguirlo siguiendo la lógica del mercado que, como se ha dicho ya, transforma a la gente en consumidores. Así las cosas, no sólo la calidad baja cada vez más, también la creación y la circulación de ideas, por tanto de pensamiento.
Pero algo más: el pensamiento no es privativo de las universidad. Creo que éste es un estereotipo que hay que derrotar.
¿Qué otros espacios hay? Múltiples en la sociedad civil: grupos colectivos de intelectuales, jóvenes, algunas ONG (no todas) que son caldo de cultivo de un nuevo tipo de pensamiento. Éste se está democratizando. El problema de esa mayor amplitud de espacios es que para recuperar el pensamiento se tiene que suponer la necesidad de pensamiento. Y la pregunta me lleva a otro problema más agudo: hasta qué punto se está necesitando pensar. Porque la mercantilización de la educación que influye en el no pensamiento, crea otro fenómeno negativo: no querer pensar ni tener necesidad de hacerlo, o tenerle miedo al pensamiento, o creer que la información es pensamiento, o que el manejo de bibliografía es pensamiento, o que la simple exégesis del libro es pensamiento.
El pensamiento es acto de ruptura, es asomarse a lo que no se ve, a lo desconocido, inédito; lo otro es repetición de lo sabido.
Ha dicho usted, en una entrevista de Tv, que Bolivia es un laboratorio de ideas y no sólo para el país en este momento. ¿Puede explicarlo mejor? Es un país que vive un momento efervescente; siempre lo ha sido comparado con otros, tal vez por la cronicidad permanente ante la cual su intelectualidad ha sido muy creativa. Bolivia, en mi opinión, ha tenido una intelectualidad comprometida con el país, no importa si del lado revolucionario o conservador, pero siempre ha tenido como punto de referencia la identidad cultural, la bolivianidad, por llamarla de alguna manera. Por eso, si el establishment o la universidad no responden a los requerimientos del contexto, no sería raro que se haga desde fuera de ella.
¿Cuál es ese contexto? Ustedes están enfrentando situaciones nuevas en lo económico, lo político, lo institucional, para las cuales no hay teoría creada. Un ejemplo: Bolivia multicultural, una problemática que llevó al planteamiento de las autonomías. Pues no hay teoría sobre el estado multicultural. Y si voy a leer a los franceses, no me va a servir para nada, debe ser un acto de creación de la intelectualidad boliviana. Ahí están las comunidades aymaras, no como grupos de reducción sino como actores contemporáneos con memoria de usos y costumbres, con ideas del futuro; cómo las hago partícipes del proyecto nacional si hay también no indígenas. Es un desafío no sólo político sino teórico: cómo lograr el desarrollo si hay varias Bolivias en una Bolivia. El problema no es sólo boliviano; la diferencia está en que aquí hay un Gobierno que está haciendo varias cosas, las está empujando; aquí está el laboratorio y la necesidad de pensar más allá de si uno está de acuerdo o en desacuerdo con Evo Morales. El debate no puede ser evitado.
“El pensamiento no es abstracto ni universal, sino que responde a patrones valóricos y culturales asociados con cierta tradición de la memoria”.
EL AUTOR
Perfil • Hugo Zemelman Merino dejó su Chile natal en 1973, luego del golpe de Pinochet. Fue profesor-investigador de El Colegio de México hasta el 2004. Es el director del Instituto Pensamiento y Cultura en América Latina (Ipecal).