El empedrado de las calles y la atención de emergencias cuentan con el esfuerzo y la experiencia de las cuadrillas de trenzas largas.
Texto: Sandra Verduguez G. • Fotos: Miguel Carrasco
Las manos curtidas por las herramientas y el cemento, a pesar de la protección de los guantes, toman forma de mujer y madre cuando el aroma de la comida se siente en la casa a la hora de la cena.
El día comienza a las cuatro de la mañana, cuando el sol ni piensa en despertar. Arreglar la casa y cocinar antes de las 7.00 ayuda a llegar a tiempo hasta el retén; a esa hora los chicos se quedan desayunando antes de salir para el colegio o la universidad.
Al llegar a los pahuichis del retén de la Alcaldía, los pantalones sustituyen a las polleras y las trenzas se guardan bajo el casco amarillo porque el polvillo del cemento y la arena secan el cabello; además resultan incómodas porque son largas y vuelan cuando se maneja la pala o la picota. Ya con la ropa de trabajo, la volqueta reparte a las mujeres obreras a lo largo y ancho de la ciudad.
Desde hace algunos años, el gobierno municipal de La Paz contrata a mujeres para realizar trabajos de albañilería; su dedicación y compromiso han hecho que además formen parte de los recursos humanos que están alerta en su puesto del retén de emergencias. Son mujeres que trabajan en cuadrillas de 10 personas y, según su supervisor, Tomás Melo, aprenden rápido y se comprometen con su trabajo. “Cuando aprenden, son mejores que los varones”, afirma.
Petrona Apaza, de 40 años, ha trabajado desde los 25 en diferentes empresas y su horario casi siempre ha sido de ocho de la mañana a cinco de la tarde. Sus hijos ya son jóvenes y están estudiando en la universidad. Mirando sus manos y con una sonrisa, Petrona comenta que es un trabajo duro, pero que ya está acostumbrada. “Trabajamos en el empedrado, limpieza y también vamos a las demoliciones. Ahora estamos preparando la tierra para el asfalto y es nuestro último día en este lugar”.
Sabina Martina Sirpa Mamani, otra de las compañeras de la cuadrilla, cuenta que está trabajando en la Alcaldía desde hace cinco años. “Antes trabajaba en el mingitorio y la única diferencia con lo de ahora es que era bajo techo, sin sol ni lluvia, pero el esfuerzo es el mismo. Y como me gusta trabajar, donde sea lo puedo hacer”. Según Sabina, en invierno o verano es igual, porque ella ya sabe cómo cuidarse; cuando llueve, la Alcaldía les provee ropa de agua para que no se mojen.
Pero el caso de Julia Mamani de Rosas, de 52 años, es especial, porque sus manos, además de manejar la picota y la pala, son hábiles para coser polleras. Ella comenta que por la tarde, cuando llega del trabajo, hace su comida y después empieza con las polleras. “Me gusta coser, y me quedo haciendo hasta tarde; se hace rápido con la máquina”.
Según Petrona, su cuadrilla —más conocida como “las melas” porque su supervisor es Tomás Melo— está capacitada para construir cualquier cosa. Ella cuenta que ya ha vaciado su casa y ha empedrado su patio con ayuda de su esposo que, aunque es chamarrero, la apoya en su trabajo en el tiempo libre.
Las “melas” trabajan todos los días y los fines de semana les toca una vez los sábados y otra los domingos; los feriados son tranquilos mientras no haya alguna emergencia. “Trabajamos bien nomás; tenemos que sacrificarnos para sacar adelante a los hijos, pero ellos son buenos y me ayudan en la cocina y lavan su ropa”, argumenta Petrona.
Sabina relata que ya no es casada y que tiene tres hijos: una de 11 años, otra de ocho y uno de seis. “Los tres van juntos al colegio por la mañana. Yo me levanto a las cuatro y cocino para dejarles todo listo; después de cocinar salgo a las seis y media, cuando ellos están desayunando, y tardo más o menos una hora en llegar al retén, porque vivo en El Alto”.
Julia, en cambio, tiene esposo y éste trabaja de portero en la zona Sur. Vive en anticrético y comenta que su sueño es construir su casa propia, aunque el dinero sólo le alcanza para comer. “Tengo que hacer estudiar a mis hijos porque yo no sé leer ni escribir y me arrepiento de no haber aprendido. Yo quiero que ellos tengan con qué defenderse, por eso les apoyo y quiero que estudien”. Julia quería ir al nocturno, pero no tiene tiempo. “Apenas tengo un día para ir al mercado y lavar la ropa”.
Petrona irrumpe en la conversación comentando que felizmente no han tenido accidentes en el trabajo. “Nos cuidamos mucho y sólo depende de que nos acostumbremos”. Y relata que su capataz es buena gente; “cuando no nos sentimos bien, nos da permiso o acepta la baja médica”.
Pero no todo es trabajo para las “melas”; en los dos años que trabajan juntas se han hecho amigas y han compartido momentos buenos y malos. “Lo más triste ha sido cuando hemos rescatado a dos obreros muertos en el derrumbe de Bellavista”. Petrona relata con tristeza que mientras almorzaban, llamaron al grupo de las “melas” para ir a rescatar los cuerpos . “Hemos visto llanto, pero tenemos que vivir eso porque es nuestro trabajo”.
“Si no trabajara en esto, extrañaría a mis compañeras porque reímos y jugamos. En mi casa tengo más cosas que hacer”, comenta Sabina. Ella afirma que en el trabajo, por lo menos al mediodía, descansa un poco y conversa con sus compañeras.
“A veces me duele la espalda, pero se me pasa”, dice más tranquila Julia, que también disfruta de este trabajo y se lleva bien con sus compañeras. “A veces vemos cosas tristes y tengo miedo de los derrumbes, pero igual nomás seguimos trabajando”.