Empresarios y comunarios se dedican a los dos rubros dentro y en los alrededores del salar de Uyuni. Los albergues y recuerdos se elaboran en base a la materia prima del lugar.
Una fina capa de agua es fiel espejo de las 20 edificaciones de sal que se dispersan dentro y en los alrededores del desierto blanco más grande del mundo, el salar de Uyuni. Se empezaron a construir en la década de los 80, siguiendo el emprendimiento iniciado por Teodoro Colque, y hoy, establecimientos privados y administrados por comunarios, ofrecen baños privados, agua caliente y cocinas a disposición de los visitantes.
Al principio se creó un pequeño iglú salino de 60 metros cuadrados donde cabían algunas camas, el restaurante, la cocina y los baños. Hoy, los bloques extraídos de la corteza de la tierra forman infraestructuras que tienen habitaciones simples y multifamiliares, saunas, salas de juegos y muchos servicios más.
Además, cerca o en los mismos albergues, los comunarios ofertan un ramillete de artesanías —como ceniceros, portarretratos, aves y otros— trabajados con materiales de la zona. El cactus, el tronco del árbol de queñua, las rocas volcánicas y la sal son la materia prima. Familias completas se dedican a este rubro cuando no trabajan en la explotación de la sal para el uso doméstico, el cultivo de quinua y la papa o la crianza de llamas y alpacas.
Albergues naturales
El Complejo Turístico Luna de Sal, ubicado en la puerta de ingreso al desierto salino, está a 22 kilómetros de la ciudad de Uyuni, en la localidad de Colchani. Se trata de un emprendimiento hotelero elogiado por turistas extranjeros.
Es el caso de los alemanes Matías Rudolf y Bertram Stangl, quienes se enamoraron del paisaje que se ofrecía desde el interior del albergue. “En noches de luna llena, el salar le hace competencia al cielo estrellado por el brillo que refleja. Así lo vimos en invierno, sentados en sillones de sal frente a una caliente chimenea: por eso regresamos”. Rudolf y Bertram volvieron a Uyuni en noviembre para replicar la experiencia, esta vez, en verano.
Los muros de casi todos los hoteles, trabajados en bloques rectangulares de sal, hacen juego con las sillas, mesas, sillones y escritorios elaborados con el mismo material. En tanto, el piso de arena salina queda marcado por las huellas de los visitantes.
A más de tres horas de viaje y cerca de la comunidad de Tahua, guardiana del volcán Tunupa que destaca en la orilla norte del salar, se levanta el hotel que forma parte de la red comunitaria ecológica de albergues, Tayka.
Al igual que la anterior, esta posada fue construida con bloques de sal y tiene servicios de agua caliente, baños privados, calefacción, desayuno, bar y restaurante.
El costo de la estadía en estos centros está entre los 570 y 1.130 bolivianos por noche. Algunas tarifas incluyen el desayuno, mientras en otros albergues cada comida tiene su propio precio.
En la comunidad de Aguaquiza, a seis horas de Colchani, dos hoteles (uno de adobe y otro de sal) constituyen la fuente de ingresos para sus pobladores. Carlos Copa, de 40 años, administra los albergues de su familia. El primero se encuentra en el mismo pueblo y fue levantado con material de la región: adobe y troncos del árbol de queñua. El mobiliario fue adquirido en las ferias.
En cambio, la infraestructura de sal se levanta en una loma, desde donde se divisa parte del altiplano. El hotel fue construido con bloques traídos en camiones de carga, al igual que los troncos de cactus que son los encargados de dar la bienvenida a los turistas.
“En caso de que lo requieran, nosotros ofrecemos a los turistas comida ligera o típica del lugar. Y si ellos lo prefieren, pueden preparar sus propios alimentos”, comenta Copa. Muy cerca de él, unos franceses devoran un platillo con papas fritas y ensalada que se prepararon ellos mismos.
Dentro de las habitaciones del hotel, coloridos cubrecamas sobresalen del blanco de las camas, las sillas y el velador. Como tomando un descanso, el cenicero, en forma de volcán, espera cerca de la ventana. En la sala principal, seis postes de cactus y queñua sostienen la cubierta de la infraestructura de delgadas maderas donde se sostiene la paja.
No sólo en Aguaquiza se construyeron hoteles de sal con el permiso de la comunidad. En San Juan de Rosario, Tahua, Colchani, Llica y otras poblaciones intermedias existen réplicas de estas iniciativas. El costo por noche está entre los 10 y 20 dólares.
Las diferentes posadas que se levantan en torno al salar pueden llegar a alojar hasta a 400 viajeros, según informa el reporte del Viceministerio de Turismo.
Talleres artesanales
Los bloques de sal salen a la superficie salitrosa luego de que Celso López raya un área e incrusta el hacha a una profundidad de cinco a 15 centímetros. El material se vende a los comunarios de Colchani, que lo utilizan para moldear ceniceros, joyeros, portarretratos y otras obras más.
La única fuente de ingreso de la familia Flores es la artesanía por ello, mientras las manos de Martha (32) y su esposo tallan y pulen los souvenirs, sus dos hijos los colorean y envuelven en papel sábana. En la feria de Colchani, la artesana acomoda su mejor producción en lugares vistosos para que la venta sea inmediata.
Además de vender sus artesanías, Martha aconseja a los visitantes que no intenten lavar lo adquirido debido a que los líquidos son los principales enemigos de los objetos de sal. “Como arena se deshace cuando la gente lo limpia con agua”, explica.
En Atulcha, unas manos toscas por la labranza de la tierra hoy dan vida a aves, flamencos y quirquinchos de madera. Daniel López aprendió a manejar con habilidad y delicadeza el formón, la escofina y los cepillos. El resultado: mujeres, sombreros, ceniceros y portapapeles que toman forma del tronco seco de la queñua, de los cactus y de las rocas volcánicas de la región.
Aunque noviembre es temporada baja para el turismo en el salar, los artesanos y propietarios de los hoteles continúan trabajando y ofreciendo sus servicios.