A mediados del siglo XIX, los europeos colonizaron el sur chileno. 150 años después, sus tradiciones y su arquitectura se mantienen intactas.
Texto y fotos: Javier Badani Ruiz
Una casa con escamas se alza en la esquina de las calles Klenner y Turismo. Una sobre otra, las láminas de madera cubren su estructura y remontan al observador a la campiña europea del siglo XIX. Sin embargo, es la ciudad de Puerto Varas, al sur de Chile, la que resguarda hace más de un siglo a la añeja casona.
La historia de esta edificación está ligada a las vivencias del primer grupo de colonos alemanes que a mediados del 1800 llegaron a América para poblar la entonces deshabitada e inexplorada provincia Llanquihue, en la región (departamento) de Los Lagos.
No hay chileno que no infle de orgullo el pecho a la hora de hablar de esta zona, rodeada de volcanes, lagos, fiordos (valles excavados por glaciares), cascadas e islas. “Es la más bella del mundo”, susurra el taxista en el aeropuerto de Puerto Montt, puerta de ingreso a Llanquihue.
Y claro, sólo basta andar las calles de sus nueve comunas (municipios) —pintadas cual arco iris por un sinfín de especies florales y resguardadas por la arquitectura de madera de los colonos— y visitar la pintoresca área rural para sumarse a ese coro de voces.
“Se siente extraño el caminar por la playa, con la atmósfera rural alemana por todo lado”, suelta Casimiro Wineler Morgano (46).
El joven alemán, de raíces chilenas, decidió aventurarse hasta Llanquihue en busca de su pasado. “Mi abuelo emigró a Puerto Varas durante la I Guerra Mundial. Yo nací en Hamelín, y nunca lo conocí. Ahora estoy a la caza del que fuera su hogar”, señala, mientras hunde la mirada en un arrugado mapa turístico del área.
Son las 20.30 y el sol parece no querer perderse la vista que a la distancia regala en Puerto Varas el volcán Osorno. El nevado, con su cono perfecto, parece flotar sobre las aguas del lago Llanquihue, el segundo más grande de Chile con sus 86.000 hectáreas de superficie.
La colonización
Fue bajo el gobierno de Manuel Bulnes que se sentaron las bases de la colonización alemana en el sur chileno. Preocupados por sentar presencia en este territorio, las autoridades del vecino país delegaron al joven Bernardo Philippi, un inquieto viajero alemán, la misión de impulsar la migración germana hacia el sur.
Hasta 1875, cerca de un centenar de navíos zarparon desde Hamburgo en una travesía de cinco meses. La mayor parte de los pasajeros eran campesinos alemanes que cargaban con ellos sus herramientas de trabajo y una fe, la luterana, que en Europa era resistida violentamente por fundamentalistas católicos.
Incluso su llegada a las costas de Puerto Montt fue vista con recelo por parte del sector más conservador de la sociedad chilena, debido a que los migrantes europeos no seguían la fe católica, dice Carlos Medina, el encargado de la iglesia parroquial del Sagrado Corazón de Jesús, en Puerto Varas.
Esta imponente edificación, que se alza en una colina, fue construida por los colonos a comienzos del siglo XX con madera de roble y planchas de fierro, copiando el diseño del templo de piedra de Marienkirche, de su tierra natal.
Los inmigrantes se asentaron a lo largo de la cuenca del lago Llanquihue, bajo la imponente presencia del volcán Osorno. Unas cuantas comunidades de la etnia chiloé habitaban el lugar.
Con los años, ambas culturas se fusionaron. Así se evidencia, por ejemplo, en la arquitectura que los colonos desarrollaron en la provincia Llanquihue. Los alemanes aprendieron de los chiloé a extraer la madera del árbol alerse sólo durante los meses que no tienen la “r” (enero, febrero, marzo, abril) para así garantizar la durabilidad de la estructura.
Pliegue por pliegue, tal cual las escamas de un pez gigante, los colonos construyeron con las tejas de alerse el entramado de sus viviendas. Los techos y muros fueron luego forrados en planchas de fierro acanalado, todo emulando las estructuras de su tierra natal. Estas casas, de las cuales actualmente quedan una decena aún en pie, son todavía en la actualidad replicadas en el centro turístico de Puerto Varas.
La primera década fue la que más esfuerzo requirió de los migrantes. Los colonos europeos lucharon para lograr domar los tupidos bosques y los pantanos, así como el idioma de Cervantes. Además, tuvieron que acostumbrarse al clima lluvioso que se mantiene la mayor parte del año en la región de Los Lagos.
Herencia germana
El aroma de las magnolias, las hortensias y las centaureas, que alegran los amplios jardines de la comuna Frutillar, son para Francisco Dan la clave de la eterna juventud. Y así lo demuestran cada día las hábiles manos de este descendiente de alemanes de 86 años cuando llega la hora de doblegar las piezas de hierro.
Herrero desde su niñez, Dan aprendió el oficio de su padre, un berlinés que en los años 60 llegó a Frutillar, asentada sobre la ribera oeste del lago Llanquihue.
“El colono se enamoró de una chilena, y aquí me tiene: un viejo con pinta de gringo, pero de alma chilena. Nunca llegué a conocer la tierra de mi padre, pero las costumbres germánicas las aprendí en el hogar, como la mayoría de los habitantes de esta comuna”, explica, dejando escapar en cada frase la tradicional forma chilena de hablar el castellano.
Las palabras de Dan se hacen carne al caminar por la apacible ribera de Frutillar, poblada de coloridas casonas alemanas que ahora funcionan como hostales y restaurantes. Allí están el Guten Appetit, el Brauman y el Salzbürg.
La mayoría de los habitantes son descendientes de los colonos europeos y aún hoy mantienen las tradiciones culinarias características de la antigua alemania. Kuchenes, tartaletas y strudeles de frambuesa, arándano y amapola, entre las varias opciones que brinda esta tierra frutícola, son la oferta cotidiana en las cafeterías de esta localidad sureña.
Frutillar es el hogar del repositorio más importante en Chile destinado a los primeros colonos europeos que llegaron a este país. El Museo Colonial Alemán recrea en tres hectáreas la forma de vida de los migrantes europeos.
La Casona de Campo, La Casa del Herrero, El Molino y El Campanario —que era utilizado por los inmigrantes para almacenar la cosecha— devuelven al visitante a los años de la colonización, a través de los estrechos senderos de tierra que están bañados por el aroma y pétalos de flores.
El retorno germánico
A las 21.30, el sol comienza a perder la batalla contra la noche. En el horizonte, entretanto, aún se impone el volcán Osorno. Con sus 2.652 metros, el nevado es testigo una vez más de una nueva oleada de europeos que llega, ahora como turistas, hasta Llanquihue. Los visitantes, gran parte alemanes, disfrutan de los paisajes de ensueño y de las actividades como la pesca del salmón, el esquí acuático y el montañismo.
Nada de esto parece animar al alemán-chileno Casimiro Wineler. La intensa búsqueda de sus raíces en Puerto Varas terminó con el descubrimiento de que la casona que su abuelo levantó con sus propias manos, ahora anida a un moderno centro comercial en el centro de la ciudad.