¿No podemos parar el verbo de la confrontación, no podemos bajar el volumen de las palabras que agreden a otros? ¿No podemos dejar de enfrentarnos? ¿No podemos dejar de agredirnos? ¿Podemos bajar el dedo acusador que se mueve apuntando a la gente con adjetivos? ¿Podemos dejar de lado la lógica amigo-enemigo? ¿Es necesario que todos piensen igual para crear un país? ¿Hay que obligar al otro que piense igual a nosotros, y si no lo hace, lo negamos, o intentamos enviarlo a las rejas? ¿No podemos entender que en la política pueden existir adversarios, pero que ellos no son enemigos a destruir?
¿Podemos creer que este verbo de violencia, que este lenguaje de confrontación no está afectando a los niños, a nuestros hijos? ¿No será que ahora estamos cultivando odios reconciliables que marcarán todo nuestro futuro? ¿Tenemos conciencia de que alimentar los odios acaba siempre creando violencias y muertos? ¿Es eso lo que queremos? ¿Tenemos conciencia de que iniciada la violencia es difícil pararla?
¿Es que será posible el encuentro entre todos, si seguimos usando la palabra del odio, si seguimos odiando a los otros? ¿De quién es el país, solamente de unos o lo es de todos nosotros? ¿Lo es sólo de los de arriba o exclusivamente de los de abajo?
¿Será que aceptamos realmente la diversidad, o acudimos a ella para remarcar nuestras diferencias y negamos la posibilidad de un nosotros común? ¿No se estará ocultando tras la revalorización de la multiculturalidad un intento —consciente o no— de imponer la monoculturalidad?
¿Es que acaso la política no debe buscar y velar por el interés general y no insistir en buscar los intereses particulares? ¿Es que acaso debemos hundirnos en el ejercicio inútil y conflictivo de definir cuál es la mejor cultura? ¿No tiene eso contenidos racistas de negación de los que no pertenecen a esas culturas? ¿Es que no podemos aprender de lo que eso dejó como resultado en Alemania cuando se hablaba de culturas superiores?
¿El almuerzo, la cena, la sobremesa es tranquila o está marcada por las violencias discursivas que enfrenta a los que aplauden al Gobierno contra los que lo niegan?, ¿por qué nos están obligando a admitir la lógica del blanco o negro sin mirar los matices? ¿Es que acaso se puede seguir pensando, de un lado, que todos los collas son malos o, desde el otro, que todos los cambas son malos?, ¿es que no nos damos cuenta de que aquí y allí ya estamos bastante mezclados y que existen influencias mutuas y códigos culturales compartidos? ¿Por qué estamos obligados a buscar sólo “una” identidad —la mejor— cuando sabemos que los ciudadanos, que los bolivianos, tenemos múltiples identidades, incluida la boliviana?
¿Por qué creemos que las revoluciones tienen que venir del lado de la violencia y sembrando cruces para generar avances, políticos y sociales? ¿Es que acaso es lícito y humano sacrificar vidas en cualquier departamento, incluido Pando, para imponer una lógica de poder?
Es hora de dejar atrás las violencias discursivas; de construir la paz y una Bolivia de todos, para todos.
*Carlos Toranzo R. es economista y analista político.
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