Desde fines de septiembre, una gran cantidad de la información que se tiene a nivel internacional se refiere al comportamiento de la crisis iniciada en Estados Unidos y que, de una u otra manera, está contagiando a todo el mundo. Las predicciones de los analistas se refieren a la duración y la profundidad de la crisis. En el campo de los optimistas están los que estiman que durará de seis a 18 meses y que si todavía no se ha tocado fondo, falta muy poco para hacerlo; por el contrario, los pesimistas temen que esta crisis se prolongue por varios años y advierten que el verdadero deterioro de la economía todavía no ha llegado.
Lo anterior significa que, como pocas veces, en la ciencia de la economía existe un consenso en tres temas centrales: el mundo está en serios problemas; se debe hacer algo rápidamente; y, finalmente, el rol de los estados es fundamental. A pesar de estos acuerdos, identificar los remedios, decidir cuáles utilizar y las dosis a ser empleadas son motivo de discusión porque las recomendaciones están en función de los juicios, prejuicios y otros valores de quienes las hacen y de quienes las implementan.
Sin importar el tipo de tratamiento a ejecutarse, lo que es evidente es que esta crisis dejará un tendal de víctimas a nivel nacional, regional y mundial; de acuerdo con las experiencias sobre crisis, se puede predecir que, por lo menos en una primera etapa, los más afectados serán los más débiles y quienes no puedan hacerse oír en el bullicio del sálvese quien pueda.
Además de los millones de personas pobres y débiles cuyas imágenes así como sus historias será posible oír en las radios, ver en las pantallas de televisión o leer en las páginas de los periódicos, habrá otras víctimas silenciosas que podrán ser olvidadas en una primera etapa pero que, por no ser atendidas, afectarían a la humanidad en su conjunto.
En esta oportunidad se pretende llamar la atención sobre dos de tales víctimas que, paradójicamente, en una primera fase podrían ser socialmente vistas como positivas, pero que en el largo plazo el descuido en su tratamiento podría tener resultados negativos. Estas son: 1) La manera en la que los seres humanos se relacionarán entre sí. 2) La forma en que se comportarán con su entorno.
En el primer caso, está el riesgo de que las sociedades se vean poseídas por un complejo mesiánico y busquen un líder a quien le den el poder para decidir lo que se deba hacer. Este líder y su entorno podrían terminar implantando una dictadura; un sistema político que impida el disenso puede dar lugar a que la víctima sea la convivencia pacífica, pues en tal escenario se apelará al temor o a la codicia para tener el favor de las mayorías.
En el segundo caso, la otra potencial víctima podría ser el medio ambiente; para sobrevivir, los seres humanos perderían de vista el futuro y, en consecuencia, producirían lo que esté a su alcance, sin que les importe la clase de impacto que dicha producción pueda tener sobre la naturaleza.
Si en el futuro mediato se afectara la manera en que se realice la concertación social, se descuidara el medio ambiente y, además, se empeorara la calidad de vida de los más pobres y débiles, es probable que se pueda capear esta crisis, pero el peligro es que la misma retorne más fuerte, más fiera y más destructiva.
*Juan Carlos Calderón E. es economista.
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