Mas la bronca crece entre los perjudicados, que piden a las autoridades le pongan coto. Están hartos de una ciudadanía rebajada. María salió temprano de su casa con un gran apremio. En una mañana estival paceña auspiciosa, las nubes comenzaban a retirarse, promesa de un día soleado y caliente. Se embarcó en el primer minibús con destino a su universidad. Había tomado el curso de verano y tenía una prueba que pasar. Estaba con tiempo. En el trayecto abrió su mochila y sacó un texto que repasaba sin dejar de escuchar música en sus audífonos. La movilidad paró de golpe detrás de una larga fila de vehículos, ella miró la calle entre fastidiada e incrédula: había un grupo de señoras con unas garrafas vacías que bloqueaban la calle exigiendo, con más resignación que confianza, la provisión semanal de gas. El chofer comenzó una complicada maniobra para retroceder y tomar una ruta alternativa en medio de las protestas de María, que supo que no llegaría a la hora de la convocatoria. Nadie se inmutó en el bus por el reclamo.
Llegó al aula 20 minutos tarde y el profesor rehusó recibirla. Había perdido su examen parcial. Un sentimiento de rabia e impotencia se apoderó de ella, mientras descendía a la cafetería para tomar su desayuno. Cuando terminó, se acercó a la caja para pagar, entregó un billete de 100 bolivianos y la cajera se negó a aceptarlo alegando que acababa de abrir. Buscó con los ojos, entre los concurrentes, un amigo que la ayudara a salir del paso; finalmente dio con alguien que le prestó el dinero. Pensó que se había levantado con el pie izquierdo. Era media mañana y ya había pasado un calvario de contrariedades. Todavía le quedaba camino por recorrer.
Descendió una empinada calle para tomar otra movilidad hacia el centro. Tenía una cita con el dentista. A la altura de El Prado se encontró con otra manifestación que impedía avanzar por la avenida. No sabía de qué se trataba. No, no eran los ropavejeros que pedían seguir vendiendo los calzoncillos usados en Miami. Se trataba, esta vez, de los compradores de autos viejos. María no podía creer lo que le sucedía. La falta de previsibilidad de esa mañana, donde todos los contratiempos se agolpaban, volvía opaco el maravilloso sol radiante. Lo cotidiano le parecía azaroso, falto de cordura. No comprendía a los manifestantes ni a ella misma. Cualquier actitud reflexiva que hubiese podido tener, desapareció.
Tuvo que esperar media hora antes de que el dentista pudiera atenderla. Cada vuelta del torno le taladraba la cabeza. En vano el practicante intentaba convencerla de que la curación era perfecta, de que la anestesia hizo efecto y no debía sentir ninguna molestia.
Volvió a su casa llena de ira y frustración; odiaba a todo el mundo y no estaba dispuesta, contra su naturaleza habitual, a cambiar de opinión. La frustración, que la empujaba a buscar un desquite con el primero que se cruzara en su camino —que fue su gato regalón, víctima de insultos y de una pataleta que su condición de felino feliz le permitió pasar sin mayor consecuencia—, era una aflicción nueva por la que no se hubiese dejado agarrar en otra circunstancia.
Probablemente María no es la única paceña que en estos momentos sufre de frustraciones parecidas, que tampoco son ajenas a otros bolivianos. Un estado de ánimo que se traduce en formas de violencia que por lo general no pasan de ahí, aunque afectan a la convivencia cotidiana. Riñas familiares, entre amigos, con los transeúntes y ni qué decir con los integrantes de la barra contraria a la de mi equipo favorito, tienen su origen en esos disgustos ordinarios, que algunos parecen pensar que los habitantes urbanos del país los merecen por tener el privilegio de vivir en una ciudad. No ha pasado por la cabeza de ningún defensor de derechos humanos que las manifestaciones abusivas, disparatadas de casi todos los días, en defensa de los intereses de distintos gremios, violan libertades esenciales de los demás. Alzarse contra ellas provoca enseguida a quien lo hace que le endosen el remoquete de enemigo de las transformaciones, de los cambios, de los movimientos sociales con los cuales aquellas protestas no tienen nada que ver.
Cuando María, aún con ánimo belicoso, me contó las adversidades por las que pasó, deseaba darlas a conocer al público a fin de hacer algo, pues pensó que éstas afectan seriamente a las personas y a sus actividades, pero sobre todo a la vida en sociedad. Los insultos que echan los manifestantes a quienes buscan romper bloqueos y los gestos que los acompañan los emparentan con los actos de terroristas comunes. Tal como sugirió A. Gala, toda acción, postura que persiga asustar, amedrentar, cortar los hábitos de otros, fastidiarlo inmotivadamente, lo consiga o no, encaja en esa calificación. María lo comprendió así, persuadida de que lo que sintió aquella mañana no fue un arrebato exagerado. Probablemente, ella no será más la chiquilla, de carácter razonable, metida en sus cosas, aplicada, sonriente que solía venir por mi oficina para discutir de sus estudios. Sin duda, una buena parte de la población que pasa día a día por las mismas situaciones tendrá sentimientos semejantes, que hasta ahora estallan en círculos reducidos. ¿Hasta cuándo?
María, al pedirme que escriba sobre su historia —que he cumplido— comenzó su revuelta personal contra la vergonzosa y cómplice indiferencia, contra la aceptación pasiva del atropello por parte de los colectivos, envalentonados por el discurso político que califica sus actos como formas nuevas de ciudadanía, juzgando que las molestias, como las de María, son banales alborotos de los aventajados de siempre, sin derecho siquiera al pataleo. Mas la bronca crece entre los perjudicados, que piden a las autoridades le pongan coto. Están hartos de una ciudadanía rebajada, de la tolerancia con el incumplimiento de los derechos; ansían recuperar una cotidianidad ordenada, previsible, fin básico de la convivencia social, orden oscurecido, vapuleado por la demagogia del ambiente. No hay que torear a todo el mundo todos los días. Algún momento se produce la embestida. Eso supo María aquella mañana de frustraciones.
*Salvador Romero P. es sociólogo.
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