Es lo primero que se me ocurre al comenzar esta columna. El mataburros le asigna a esta gruesa palabra varias acepciones: “…suciedad o porquería que se pega a otra cosa”, “Cosa sin valor o mal hecha”, “Persona sin cualidades ni méritos”, “Expresa contrariedad o indignación”. Todas me sirven para referirme al escandaloso bochorno provocado por el Presidente de YPFB y sus secuaces.
Mierda agravada, en primer término porque el Presidente de YPFB era (¿o es?), nada menos que el segundo hombre del régimen. No estamos hablando de cualquier oscuro funcionario de segunda categoría y su tajadita en la adquisición de papelería o de computadoras. Estamos hablando de un incidente criminal de la peor especie, una inmensa caja negra de coimas y “diezmos” en la empresa bandera de la nacionalización y eje central del cambio; de las andanzas de un poderoso, rumoreado muchas veces como posible sucesor del actual presidente; de sumas millonarias, clanes, proxenetas, sicarios, gerentes tragándose documentos con información incriminatoria; de vinculaciones transversales al arco de los partidos políticos (prueba de que la podredumbre no tiene bandera). Mierda en todas sus gamas, pero mierda al final.
Corrupción como siempre, dirán los ciudadanos indignados, hartos de seguir haciendo colas, caminatas y peripecias para poder conseguir una maldita garrafa de gas para llenar la olla, o un litro de gasolina para completar la renta del día. Pero no, digámoslo con todas sus letras: corrupción vergonzosa, lisa y llana, prima hermana de la inoperancia y la desidia, que no se puede tapar con la ideología del discurso liberador o la diatriba contra la permanente conspiración de los opositores. Esta vez, el discurso, la doctrina, la postura aguerrida y las declaraciones implacables suenan vacías y desacertadas.
En medio de este fango, la decisión del presidente Morales de destituir a Ramírez ha sido valorada por propios y extraños. De acuerdo, pero coincidamos en que, ante la magnitud de los hechos, la medida es lo mínimo que se pudo haber hecho. Así como estoy seguro que la oposición no soltará este hueso hasta el día de las próximas elecciones, los que le hemos puesto la espalda, la simpatía y la esperanza a la transformación, exigiremos ya no gestos, sino acciones y resoluciones contundentes: cárcel para los culpables, y, lo más importante, plazos perentorios para que YPFB deje de ser tubo de ensayo de los más disparatados experimentos de conducción y se convierta en lo prometido, la médula espinal del programa de gobierno.
Si desde el Gobierno están pensando en diluir el escándalo progresivamente, o revolver el escenario, esperando que el ventilador y la mierda salpiquen a todos, mermando su responsabilidad, estarían cometiendo un gravísimo error. Esta prueba de fuego, que ellos mismos se han impuesto, tendría que ser leída a profundidad como un punto de quiebre, a partir del cual se deben replantear el futuro, impulsar purgas internas, y si es necesario, inclusive afrontar y asumir cismas que les reafirme la credibilidad en un tema tan sensible.
Estaremos en vigilia para ver si esta vez, desde el poder, sobrevive algo de consistencia ética; para reclamar que la impunidad que tantas veces hemos condenado, esta vez se torne en un castigo ejemplarizante, en lo judicial y en lo político; para confirmar si los actores del pregonado cambio están a la altura de las circunstancias históricas, de las cuales hoy ellos tienen la representación, pero cuyo mandato ha sido otorgado por todos nosotros.
*Ilya Fortún es comunicador social.
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