“¿Qué hará la congregación? Por más santos que hayan sido en su vida, “siento” que serán “diezmados” El diezmo (del latín decimus) es la décima parte de algo. Desde los tiempos de los patriarcas hebreos el diezmo se constituyó en una especie de impuesto religioso que servía para sostener el culto. No se pagaba en dinero sino en alimentos, vegetales o animales, entregados a la tribu sacerdotal de Leví. Esa parte era “sacra”, que significa “separada para Dios”, como el diezmo de periodistas que estuvieron más callados que la hache los días de la gran tribulación de YPFB.
Existen hoy iglesias evangélicas que mantienen esa costumbre como una condición sine qua non para la pertenencia a la congregación. Pero, como el hombre tiene la mala costumbre de eludir el pago de impuestos, sean éstos de origen religioso o civil, se han creado incentivos y castigos para su cumplimiento. Normalmente, el incentivo es “dar para recibir”, o también “sembrar para cosechar”, de la misma manera que Impuestos Internos apela a nuestra sensibilidad social para educarnos a cumplir con las obligaciones tributarias y, al mismo tiempo, nos amenaza con severos castigos en caso de incumplimiento.
Por su parte, iglesias históricas, incluyendo a la Católica, han optado por inculcar en sus fieles la libre ofrenda de una limosna, bajo el principio que cada uno da, en secreto, según sus posibilidades, para recibir, en secreto, la recompensa divina, según sus necesidades.
Lo importante, en todo caso, es que esos aportes, obligatorios o voluntarios, están destinados no a la persona del ministro, sino a la institución para sus múltiples necesidades, incluyendo la caridad hacia los más necesitados.
Todo esto viene a propósito de la buena nueva anunciada en el Foro Social de Belem hace pocos días, de la (anti)imperiosa y descolonizadora necesidad de una nueva fe y una nueva religión (se ha sugerido el ocurrente nombre de “Iglesia de los Últimos Días” de Santos y otros más). Si bien el nombre del vicario de esa nueva iglesia ya no es un misterio (léase la columnita “El Antipapa Félix”, en La Razón de Alasita), lo mismo que el libro de la vida (“La Nueva” Constitución), la elección de la Patrona (Santa Coima, pues) y del Maligno (Volteo, el ángel feo), queda por resolver el eterno dilema de la financiación. A falta de cheques bolivarianos, debido a la carestía energética, buena podría ser la colecta “en secreto” (o mejor dicho, “a ocultas”) del diezmo entre los “hermanos”, empezando por los más pudientes, los que manejan empresas, proyectos y corporaciones “del pueblo”.
Como se ha mencionado, se presume que ese diezmo, religiosamente recaudado, vaya a la congre- gación para atender las necesidades de los templos y de los hermanos sin tierra ni techo; los medios de difusión de la nueva fe y la organización de procesiones, con rondas al Congreso e indulgencias terrenas (compresoras mineras) incorporadas.
Pero, si los recaudadores se atrevieren a quedarse con el diezmo, ¿qué hará la congregación? Por más santos que hayan sido en su vida, “siento” que serán “diezmados” y arrojados a las tinieblas donde les esperan llanto y rechinar de dientes, la justiciera “hermana” Suxo, la lectura de Cambio y la tinta indeleble (¿?) de la corrupción.
*Francesco Zaratti es físico.
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