Debe ser incómodo observar, como en la letra del tango de Enrique Santos Discépolo, que “se prueban la ropa que vas a dejar”. Debe ser incómodo sobre todo si estás sano, con nariz recién restaurada y con popularidad algo menguada pero todavía fuerte.
Pero lo más incómodo debe ser para el personaje observar que quienes se disputan la sucesión (y la flamante ropa, que incluye unos saquitos muy monos, que no quisiera dejar) se pelean con métodos violentos, típicos de la mafia.
Que un bando haya marcado con sangre ajena la puerta del cuñado del jefe del otro bando, de manera tan precisa, para que no queden dudas, es una muestra de que las disputas por la sucesión están alcanzando niveles sicilianos.
Quizá sea la proximidad de las actividades del narcotráfico lo que da a esta lucha política interna características de guerra mafiosa. Lo ilegal no sólo predomina en la economía: ahora deja su marca también en la política.
Habrá que advertir, sin embargo, que la lucha por la sucesión está demasiado adelantada. Se supone que el líder ha de ser reelecto en diciembre (mejor antes, si se decidiera) por cinco años y que en ese tiempo podría incluso modificar la constitución para ser reelecto más veces, como está haciendo su mentor, pero los aspirantes a herederos están lanzados a la lucha. Estos madrugadores no saben que no pueden hacer que amanezca más temprano.
No se sabe por qué razones los bandos en pugna han elegido la corrupción como arma y como escenario. Uno de los bandos, el más fuerte, había quedado malherido con el escándalo de tres docenas de camiones que llevaban contrabando.
Nunca supo el bando perjudicado quién lo golpeó. Recibió los golpes, los sigue recibiendo, y sólo atina a atribuirlos al bando enemigo en la disputa por la sucesión. La oposición política es, aquí también, totalmente inocente e ingenua; sólo sabe hacer bulla de los escándalos que otros han destapado.
El escándalo de los camiones estalló a los pocos días de que se conociera el informe de Unasur sobre la matanza cruzada de Porvenir. Este escándalo, de la calle Tejada Sorzano de la ciudad de La Paz, estalló a los dos días del triunfo electoral del Sí en el referéndum.
Fueron dos motivos para festejar que terminaron aguados por escándalos. El informe sobre Porvenir, se sabe ahora, estuvo muy mal hecho, pero en el momento había que celebrarlo; el triunfo del 25 de enero no fue tan contundente como hubiera querido el caudillo, pero había que festejarlo. En el primer caso, el gobierno hubiera querido festejar que sus amigos de la Unasur dijeran lo que les había pedido que dijeran y en el segundo caso hubiera querido celebrar el triunfo en el referéndum, aunque el No hubiera sido derrotado porque estuvo, como los héroes de Boquerón, “sin comando ni refuerzos”.
Alguien le está aguando las fiestas al gobierno boliviano. Y quizá no sean las peleas intestinas de las facciones en pugna. Ni sus aprendices de mafiosos.
A propósito del ajedrez, Borges dice en uno de sus sonetos: “Dios mueve al jugador y éste la pieza” y en el siguiente verso pregunta: “¿qué Dios detrás de Dios la trama empieza?”
Según esta tesis, alguna mano diestra está manejando las cosas, una mano larga. ¿Quién será, no?
*Humberto Vacaflor G. es periodista.
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