Al parecer, la historia y nuestra propia vida se esfuerzan por mostrarnos señales que normalmente no reconocemos o, por una u otra razón, las pasamos por alto. En todo caso, todo aquello que no se asume o realiza en determinado momento, se convierte en un factor que está presente de manera permanente en el devenir y, en ciertas circunstancias, se vuelve a manifestar. La historia de Bolivia es una evidencia incontrastable de la acumulación de procesos irresueltos que, si bien adquirieron centralidad y le otorgaron identidad a ciertas coyunturas, más adelante nuevamente reaparecen en los discursos y en las demandas de los actores.
Así, hace más de un siglo se produjo la denominada Revolución Federal en la que, si bien triunfaron los “federalistas”, nunca propiciaron su implementación, ni siquiera una tibia descentralización. Tampoco sorprende la reaparición de discursos nacionalistas —propios de la revolución del 52 y del periodo nacional popular— que se revelan en pleno siglo XXI, esta vez enfocados ya no hacia la minería sino a los hidrocarburos; o bien la necesidad de una reforma o revolución agraria, cuando hace más de 50 años éstos fueron los puntales de los cambios propuestos. En sentido estricto, no son comparables las condiciones históricas del proceso de fines del siglo XIX ni de mediados del siglo XX con el actual periodo histórico; sin embargo, estos enunciados se convierten, en este momento, en categorías interpeladoras que generan una amplia respuesta positiva de la sociedad, movilizan y adquieren pertinencia en las reformas estatales.
En el mismo sentido, reaparece el discurso de descolonización asociado a la exclusión social y cultural que, si bien deviene de una reacción a la colonización española y su posterior reproducción mediante el colonialismo interno, se expresa y adquiere más vigencia que nunca y una gran capacidad interpeladora en pleno siglo XXI.
Se podría concluir que los temas irresueltos en la historia permanecen en el imaginario social o en el inconsciente colectivo y se manifiestan recurrentemente, sobre todo, en momentos de crisis. La habilidad de los líderes políticos en esas circunstancias críticas es articular estos elementos a sus discursos, logrando de esa manera convertirse en protagonistas de importantes procesos con el apoyo sostenido de diversos sectores sociales que encuentran en esos líderes la posibilidad histórica de realizarlos. Ahora bien, la gran responsabilidad para los políticos que los asumen como propios es otorgarles el valor correspondiente y, sobre todo, generar desde el Estado respuestas efectivas a estas demandas irresueltas, de lo contrario se sumarán con valor agregado a los anaqueles de la historia y continuarán latentes e irresueltos.
El actual proceso de crisis y reformas estatales ha reposicionado una serie de elementos discursivos que provienen de la historia irresuelta de nuestro país, presentes en los discursos, debates y en el propio texto constitucional recientemente aprobado. Existen momentos en que la responsabilidad histórica para quienes les toca asumir el poder es mayor que en otras, por la gran expectativa generada. Sólo la historia juzgará nuevamente si se está a la altura de las circunstancias.
*María Teresa Zegada es socióloga.
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