Mis fetiches son menos nobles que los de estos personajes y que los de Samper... me han costado más de lo que gano, pero, qué placer. Este artículo se inspira en el presentado por el escritor colombiano D. Samper Pizarro en su columna La Zona Chévere y publicado por La Razón hace unos días. Que el lector se quede tranquilo, no voy a referirme a mis fetiches, que son muchos y variados. Desde muchacho fui coleccionista de chucherías, ahora en inminente peligro de desaparecer porque mi mujer, ganada al estilo de decoración minimalista, sensibilidad moderna poco atenta con el recuerdo, quiere botarlos, esconderlos, que se pierdan. Aunque hasta ahora hemos logrado vivir rodeados de unos viejos relojes de péndulo, recubiertos de fúnebre mármol negro, de moda en la época de Napoleón III, que por suerte las variaciones de clima de La Paz, con espacios de frío y calor en la misma habitación, hacen que los péndulos se dilaten diferencialmente y nunca suenen las campanas al mismo tiempo. Sin contar mis inclinaciones por acumular libros, que con realismo no tendré ocasión de leer jamás, pero es el gusto de poseerlos, mirarlos. ¿Hasta cuándo? La biblioteca ya no da cabida a uno más. Sin embargo, abandonar ese culto dañaría profundamente mi personalidad.
Deseo contar algunas de las aficiones y manías de escritores locales. Don Alcides Arguedas, pocos lo saben, amó las plantas y los árboles. Quiso verlos adornando todas las avenidas de la ciudad. Tuvo una importante plantación de pinos y eucaliptos en su propiedad de la Portada, en la zona del Cementerio de La Paz. Solía pagar algunos gastos familiares con la venta de esos árboles. En sus últimos años compró una propiedad en los valles bajos de La Paz, que llamó El Ocaso (Don Alcides siempre tan optimista). Construyó una casa y trajo por tren desde Buenos Aires varios centenares de plantas frutales y olivos de cuya plantación se ocupó personalmente. Llevó una lucha día a día con los pájaros, las riadas y los malos vecinos que terminó por amargarlo. Su libro fetiche fue Don Quijote de la Mancha. Guardó un viejo ejemplar, compañero infatigable de todos sus viajes, mostrando a través de él una adhesión a un modelo cultural, cumbre de la lengua castellana.
Armando Chirveches se sintió atraído desde joven por los objetos bellos, de fina factura, en particular por los libros. Gustó de las ediciones raras, en papel de calidad encuadernaciones de cuero e ilustradas por grandes maestros del grabado. Hizo compartir su inclinación a los personajes de sus novelas. Poco antes de su suicidio en París, 1926, había descuidado mucho su persona y vestimenta, acosado por una fuerte depresión. En vísperas de ejecutar la fatal decisión compró en una de las marroquinerías más prestigiosas de la ciudad un caro maletín de cuero para viajes, que dejó desplegado en su cama. Una macabra ironía final.
Don Franz Tamayo tuvo una acentuada pasión por las polémicas y la provocación. En sus años mozos vistió como un orgulloso dandy, incluidos los zapatos de color amarillo. Dada su fuerte personalidad levantó en el Congreso Nacional polémicas encendidas, en algunas oportunidades, con temas ajenos a la agenda, que eran sólo de su interés. Leyó a Nietzsche en su idioma, dejando entrever en los ensayos que escribió ciertos temas del filósofo alemán. Así como Arguedas tomó su modelo más preciado de la cultura hispánica, Tamayo lo hizo sobre todo de la Grecia clásica. Aparecían en sus libros observaciones y notas puestas en griego, o por lo menos en el alfabeto de esa lengua. Su soberbia fue proverbial, no se sintió en grado alguno avergonzado por ella. La puso de manifiesto en los títulos de sus obras: “Yo fui el Orgullo”, uno de sus poemas. “Para siempre”, una respuesta cortante a la biografía que le hizo F. Díez de Medina. “Tamayo no se defiende” porque estaba por encima de las críticas. Sin embargo, se defendió.
Pocos lectores tan ávidos se hallan en la literatura boliviana como Carlos Medinaceli. Compró libros sin parar en despecho de su magra economía. Leía todo lo que salía en las editoriales y, sin haber viajado jamás fuera del país, se dio mañas para leer fácilmente el francés y, en menor medida, el alemán y el inglés. Sus lecturas marcaban sus intereses por algún tiempo, si bien nunca fue completamente fiel a ninguno de sus autores. Se entusiasmó con Nietzsche y le consagró un importante ensayo a su vida. Schopenhauer influyó en el pesimismo que apareció en algunos héroes de ficción. Al final de su vida descubrió el marxismo y renegó de varios de sus antiguos ídolos, de sus ideas y obras. Juró con el puño en alto en la Convención Nacional de 1938, a la que concurrió como senador por Potosí, en la lista del Frente Popular.
Heredé o, mejor dicho, compré en un anticuario de Sucre un pequeño escritorio portátil que perteneció al poeta Claudio Peñaranda. Vino con los tinteros, los magos y las plumas de acero inglés para escribir. Seguramente pensaba que si no champaba el canuto en la tinta, su imaginación se secaba. No era el único con esas creencias.
Qué sería de nosotros sin esas manías suaves de coleccionar objetos, atesorarlos, amarlos. No hacen daño a nadie. Acaso A. de Lamartine no tuvo razón cuando dijo, en sus Memorias poéticas: ¿Objetos inanimados tienen entonces un alma que se apega a la nuestra y la fuerza a quererlos? Mis fetiches son menos nobles que los de estos personajes y que los de Samper, que no tenían precios y sí alma. Algunos me han costado más de lo que gano, pero, qué placer. Ojalá los dioses preserven a los coleccionistas de las modas y de los tiempos.
*Salvador Romero P. es sociólogo.
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