En el lúgubre contexto de los informes de Villerme en Francia y de Ashley en Inglaterra, se puede aseverar que el marxismo no surgió por generación espontánea. Fue el reflejo del rechazo a una sociedad inicua que llevaba como blasón la pauperación. “Los puritanos llegaron a decir que las fábricas eran la prefiguración del infierno” , según el tratado social de Cabanellas. Bajo su égida, despertaron los movimientos sociales que se materializaron en la revolución del ´IV Estado en Francia, las internacionales socialistas, la comuna de París y el 1 de Mayo, entre otros, que merecieron el pronunciamiento de la encíclica ´Rerum Novarum´ de León XIII.
Este liberalismo decimonono dio origen al Constitucionalismo social, el cual doctrinariamente consideró que la libertad de trabajo era un ´mito´, reguló el trabajo para niñ@s y mujeres, la jornada de trabajo en 8 horas, se consignaron normas relativas a la salubridad y seguridad laboral, se consagró el derecho de huelga y sindicalización, en suma, el Estado dejó de ser un ´gendarme´.
Hoy, en pleno s. XXI, las condicionantes que originaron el Constitucionalismo Social, se perciben en la cotidianidad de los muchos que habitamos este planeta azul, a decir: mucha oferta de mano de obra, salarios bajos, jornada de trabajo insalubre, insegura, larga y con precios regulados a discreción por el exclusivismo de quienes concentran el capital: el ´maquinismo´ prescinde aún más de la excedentaria mano de obra que se ve forzada a venderse de forma todavía mas vil: niñ@s y mujeres deben venderse para subsistir en iguales condiciones que los hombres, pero con salarios aún más bajos so pretexto de su debilidad. Es decir, la vida se convierte en muy buen negocio para pocos y mal negocio para muchos, para la gran mayoría.
Y en este contexto, los potentados económicos y políticos del mundo parecen precipitarse por la menesterosa propuesta del liberalismo, obnubilados por la defenestración del Stalinismo, olvidan que en los anales de la historia universal, un lugar tan ominoso como la dictadura soviética, le cabe ocupar al liberalismo decimonono.
Hoy, a mediados de abril del 2009, ya finalizados el Foro Económico Mundial de Davos, el Foro Social Mundial de Belém, la Cumbre del G-20 (los 20 países más ricos, que representan más del 80% de la riqueza global) en Londres, la interrogante planteada es: ¿Quiénes tenían razón? ¿La tenían los millonarios y banqueros suizos, o los pobres y activistas de Belém y Londres?
Es imposible no aceptar que el capitalismo está enfermo, no se puede obviar que la crisis económica planetaria no podrá resolverse con recetas conocidas y que la arquitectura establecida en Bretton Woods tiene que cambiar. No pueden seguir ignorando —ni unos ni otros— la necesidad de una catarsis en un sistema financiero internacional basado más en la angurria económica individual, donde prima la codicia sobre la gestión prudente y razonable y donde la redistribución de la riqueza sólo redunda en la pauperización y en la mendicidad humana en todas sus facetas.
Y en este contexto, los potentados económicos y políticos del mundo parecen precipitarse por la menesterosa propuesta del liberalismo, obnubilados por la defenestración del Stalinismo, olvidan que en los anales de la historia universal, un lugar tan ominoso como la dictadura soviética, le cabe ocupar al liberalismo decimonónico.
*Mariella Pereyra es cientista política.
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