La regla de oro del periodismo establece que la noticia debe ser insólita para que tenga impacto en el lector. En particular, el impacto se vuelve repugnante cuando lo insólito es un policía sorprendido robando, un religioso pecando como pederasta o una madre vendiendo su bebé.
Por eso, que un banco sea robado ya no es noticia, pero que un banco le robe a un cliente es una experiencia que no le recomiendo a nadie. De hecho sucede, y me sucedió cuando fui a retirar un dinero del banco M para depositarlo en otro banco N (evito los nombres para ahorrarme un juicio por difamación).
Normalmente, al retirar el dinero de la ventanilla de un banco, un legajo en billetes, como yo y como la mayoría de los lectores, se fija en la cantidad de billetes recibidos, ya que, por equivocación o maña, puede recibir un monto equivocado, aunque siempre menor, contra toda teoría de los errores. La bondad de los billetes, o sea que no haya falsos en el fajo, se da normalmente por descontada debido a la confianza social que se tiene en las instituciones financieras.
En esa circunstancia, por un imperdonable descuido, ese día no llevé una máquina detectora de billetes falsos, y sólo conté el fajo de billetes en cortes de 200 bolivianos. Salí del banco M, caminé unos cuantos pasos y entré al banco N para realizar el depósito, sonriendo a la simpática cajera y recibiendo, como respuesta, una sentencia que borró mi sonrisa y me heló la sangre: “Este billete es falso”. Por suerte tenía un par de billetes extra (de 100 Bs) en mi bolsillo con los cuales pude completar el depósito, pero perdí otros quince minutos en llenar y firmar unos formularios como presunto “falsario” que quiso engañar a un banco. Porque, es sabido, los falsarios suelen ir al banco para hacer pasar sus billetes truchos.
Terminado el trámite, volví al banco M y senté el reclamo, ahora como víctima. A los quince días pasé a recoger la respuesta, obviamente negativa: el banco no tiene manera de verificar que el billete falso salió de sus cajas una vez retirado de la ventanilla (culpa mía que no llevé la maquinita) y, además, el banco revisa uno por uno los billetes que recibe (en suma, si hay un falsario, ése es siempre el cliente).
Resignado a la pérdida del dinero, pero no del honor, acudí a la Superintendencia de Bancos y Entidades Financieras, con el único resultado de tener en mis manos una nota, autografiada por el mismísimo Superintendente, repitiendo los argumentos del banco, sin considerar las circunstancias especiales relatadas en mi denuncia. ¿Se equivocó Bertolt Brecht al afirmar que robar un banco es nada comparado con fundar uno?
Moraleja: el banco o la gana o la deja. De modo que, mi estimado lector, revise bien no sólo la cantidad sino también la calidad del dinero que recibe en ventanilla y, si no sabe de billetes falsos, contrate, para grandes operaciones en efectivo, como la de Uniservice-YPFB, a un experto en billetes (¿billetero?) para que le asesore en el recuento.
De hecho, frente a la crisis que nos acecha, el “billetero” podría ser una novedosa profesión, digna de una nueva sección de Avisos Clasificados o de un curso universitario de Diplomado.
*Francesco Zaratti es físico.
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