Existe una intensa polémica sobre la situación del tipo de cambio. Esto no es otra cosa que el precio de dólar (moneda extranjera) en el mercado nacional. En la Camacho Street, un dólar cuesta 7,07 bolivianos, vulgo tipo de cambio nominal (TCN). En teoría en el país tenemos un régimen cambiario flotante sucio, conocido como Bolsín. Quiere decir que en principio, la tasa de cambio se establece por la oferta y demanda de divisas. Lo de sucio, una expresión no muy elegante, viene porque en este sistema el Banco Central puede intervenir en el mercado para que los cambios, en el precio del dólar, no sean tan bruscos. El tipo de cambio es un macro-valor importante en la economía, es un precio-sol, porque muchos otros precios-planetas giran en torno de él. En los últimos cinco meses, el tipo de cambio nominal está congelado por decisión de las autoridades monetarias bolivianas. En práctica hemos vuelto a un régimen de tipo de cambio fijo. Esta opción de política cambiaria ha resultado en la apreciación del tipo de cambio real (TCR) que perjudica a las exportaciones (el salario de Bolivia) y el crecimiento económico. El TCR resulta de multiplicar el tipo de cambio nominal por la inflación internacional y dividir este resultado por la inflación boliviana. Mide la competitividad de un país. Pongamos un ejemplo sencillo, inspirado en mi bucólica niñez en Villazón.
En ciertas épocas, en la mesa de mi casa no faltaba el dulce de leche Sancor, un buen bife de chorizo de carne argentina y el vino Toro, cuya consiga era: “Si vino al mundo y no toma vino, ¿a qué vino?”, en otras oportunidades debíamos conformarnos con el dulce de membrillo casero de Doña Hortensia, una carne altiplánica dura, que dio origen al famoso bife a la James Bond (duro, frío y con nervios de acero) y el vino chapaco, que no estaba nada mal, aunque daba un tufo de diablo. Estas transformaciones bruscas en la geografía alimenticia de mi mesa tenían que ver con las variaciones del tipo de cambio real.
Veamos cómo se produce el truco de una devaluación en la Argentina que no es acompañada en Bolivia. Esto es lo que ocurre en la actualidad. Supongamos que el dulce de leche cuesta 1 peso argentino en La Quiaca y que por un dólar me dan un peso en la vecina ciudad. Pagar un verde por un dulce de leche es caro en comparación con la mermelada de membrillo, made in Villazón, que cuesta el equivalente a 0,70 centavos de dólar. Pero si se produce una devaluación del peso argentino del 60 por ciento, esto significa que por nuestro mismo dólar nos darán más pesos, un total de 1,6, y si los precios del dulce de leche Sancor y la mermelada no aumentan, para los villazonenses es más barato comprar el producto argentino (que cuesta 0,62 centavos de dólar) que la mercancía boliviana (que equivale a 0,70 centavos). En términos técnicos una devaluación del peso argentino aumenta la competitividad del dulce de leche, lo provoca un incremento de las importaciones bolivianas y pérdidas para Doña Hortensia, la productora nacional. Además, si encima, la inflación en la Argentina es más baja que la boliviana, como fue el caso en el 2008, la pérdida de competitividad de nuestras exportaciones es mucho mayor y la entrada de importaciones aumenta. De manera simplificada, éste es el drama que enfrentamos hoy, porque todos nuestros vecinos han devaluado sus monedas y nosotros no. Más aún, el año pasado, la inflación en Brasil, Chile, Perú, Argentina fue más baja que la nuestra, hecho que aumentó la apreciación del TCR. Duro golpe a los exportadores y fiesta a las importaciones legales e ilegales.
El Gobierno dice que no hará modificaciones en el tipo de cambio porque una devaluación provocaría inflación y que se aceleraría la dolarización de los depósitos en el sistema bancario, que de hecho ya va muy rápido. Una hipótesis alternativa que explique la mantención del cambio fijo podría ser que los exportadores bolivianos no deben pasar de unas mil empresas, los importadores son cientos de miles. Si a Usted le importa más la política y la disputa por el poder que la economía, y además, desea ganar unas elecciones en diciembre, ¿qué haría? ¿Devaluaría o mantendría el cambio fijo? Para dar esta respuesta no se necesita ser economista, sólo haber visto Plaza Sésamo de chico, ¿no ve?
Pero, la apreciación del tipo de cambio real no sólo está perjudicando nuestras exportaciones en el corto plazo, sino que le está serruchando el piso al crecimiento económico en el mediano y largo plazo.
Es conocido en la literatura mundial que un tipo de cambio depreciado, una moneda competitiva, ayuda al crecimiento económico. Prácticamente todos los casos de crecimiento elevado sostenido han estado acompañados de un tipo de cambio real significativamente depreciado. Corea del Sur y Taiwán en los años 1960 y 1970. Chile en los años 80. China en los 90. Dani Rodrik, en su trabajo The Real Exchange Rate and Economic Growth revisó las experiencias de más de 100 países, y concluyó que por cada 10 puntos porcentuales de devaluación se agregan 0,3 puntos al crecimiento del producto.
“La subvaluación de la moneda es un instrumento tan potente para el crecimiento de la economía por la sencilla razón de que crea incentivos para los sectores que lo promueven. Aumenta los márgenes de ganancias de los sectores manufactureros y agrícolas no tradicionales, que son las actividades con la mayor tasa de productividad laboral y con los ritmos más acelerados de incremento de la productividad. Una moneda subvaluada permite que una economía se integre a la economía mundial sobre la base de un desempeño exportador sólido. Estimula la producción (y por lo tanto el empleo), a diferencia de una apreciación que estimula el consumo”. Para ponerlo de manera gráfica y acorde con los tiempo que vivimos, el TCR apreciado atenta contra el crecimiento.
*Gonzalo Chávez es economista.
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