La evolatría presidencial ha degenerado en niveles patológicos de narcisismo autoritario que amenazan con destrozar el proceso de investigación y sanción de lo que se puede calificar como el caso de atentado contra la seguridad del Estado más grave desde la fundación del Ejército Guerrillero Tupak Katari (EGTK) en Sucre el 26 de febrero de 1986.
El entorno palaciego, sometido a los imperativos del ególatra, ha perdido la objetividad y se afana en declamar que los extranjeros ajusticiados en Santa Cruz querían matar al Presidente, cuando fue el propio boliviano-húngaro-croata Eduardo Rozsa, supuesto líder de ese grupo irregular, quien reconoció que se trasladaba a Santa Cruz a dividir nuestra patria.
Admitamos que la existencia de un presunto intento de magnicidio representa de por sí un hecho inquietante. Pero más preocupante y peligroso es conocer de boca del león que el plan de “defensa” de Santa Cruz con milicias armadas pretendía como remate la escisión de ese departamento. “Si no hay autonomía y no podemos vivir juntos, vamos a gritar que somos independientes y haremos un nuevo país. Ésa es la idea…”, advirtió Rozsa.
Como la evolatría exige muestras de lealtad más contundentes que el ridículo de cantar el himno con el puño en alto, los responsables de la seguridad del Estado descuidan ese extremo y derrochan su credibilidad y recursos del Estado en intervenciones y propaganda política que buscan revocar la imagen de víctima del Presidente.
Sólo así se explica cómo el Ministro de Gobierno —que construyó con gran dosis de cinismo una imagen de represor indolente— fue capaz de estropear ese perfil político y convertirse en el hazmerreír portador de una foto irrelevante de supuestos terroristas que en realidad eran aficionados al juego de “guerritas”.
Si el Señor Ministro ignora las características y patrones de comportamiento para identificar a los terroristas, debería trasladarse desde su oficina en la avenida Arce hasta la Vicepresidencia de la República; en ese lugar le pueden explicar con lujo de detalles cómo se conforman los grupos de terroristas, qué tipo de armas usan, cómo planifican sus acciones y cuáles son los métodos que se utilizan para sembrar terror en una sociedad. Con seguridad el perito de la Vicepresidencia le informará al ministro que los terroristas generalmente no posan sonrientes y con la cara descubierta mientras esgrimen sus armas. Los terroristas actúan en la clandestinidad y usan pasamontañas para ocultar su cobardía.
Y si quiere más información puede pedir que se busque en las gavetas de su ministerio toda la información clasificada por inteligencia concerniente a la articulación y captura del EGTK.
Incluso, si quiere ahorrar tiempo, el Ministro de Gobierno puede indagar en su ambiente más cercano y preguntar al senador Antonio Peredo cuál era el modus operandi de la peruana Aidé Ochoa, supuesta integrante del grupo terrorista MRTA, que fugó del país después de una gestión jurídico-política que la libró de la extradición. Estos sondeos le hubieran ayudado a conducir de mejor manera la participación del Ministerio de Gobierno en un caso tan complejo.
Pero como pesa más la concupiscencia ante la evolatría, se desvirtúa el proceso y se descuida la investigación realmente importante.
La sociedad boliviana no necesita más espectáculos mediáticos de supuesto terrorismo magnicida. Resulta apremiante saber quién o quiénes contrataron a Rozsa y por supuesto, que se apliquen sanciones.
*José Antonio Aruquipa Z. es periodista y ex constituyente por Podemos.
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