Con el actual Gobierno estamos frente a un proyecto caudillista y mesiánico, apoyado de modo excluyente en una persona. Nada nuevo bajo el sol. El líder insustituible propietario de todas las virtudes y esperanzas, quien encarna lo que es y lo que vendrá, es el cambio que lo representa y lo abarca todo. “Sin Morales no hay futuro”. Esa lectura que el MAS acepta como buena es en sí misma suicida, porque el Presidente es fondo y forma, es estructura y sustancia, es contenedor y contenido. La desaparición de Morales conllevaría —ya lo hemos vivido en el país— la desaparición de partido, propuesta y continuidad en el tiempo. Cuando todo se apoya en una persona, todo se desmorona cuando esa persona deja de estar. La apuesta es, en consecuencia, al todo o nada. Mientras Evo mantenga el poder, todos (militantes y simpatizantes del MAS) contentos, lo que condiciona el escenario a los designios del caudillo, pero especialmente desinstitucionaliza el país. Un Estado cuya base de funcionamiento es la concentración del poder en el Ejecutivo, la subordinación de los otros tres poderes al primero y en la medida en que le sea posible, el control de las autonomías bajo su ala. No es gratuito que el Presidente haya entendido en función de su propia construcción de poder que ahora hay que extender las autonomías a todo el país, para que la balanza autonómica se incline a su lado, bajo el supuesto de que podrá controlar cinco o más de los gobiernos autonómicos del país.
Cuando el tiempo de Morales termine nos veremos obligados, como otras tantas veces, a construir sobre los escombros de una institucionalidad demolida, no para recomponer el viejo orden, sino para hacer bien lo que en este proceso de cambio se hace tan mal, por la propia concepción no democrática y personalista de quienes llegaron al poder.
Pero eso no es todo. La confusión entre cambio y radicalismo se ha convertido en moneda corriente en quienes gobiernan. Creer que la retórica ultrista desde la oposición se debe aplicar a pie juntillas, porque éste es el tiempo de barrer con el viejo sistema, con los anquilosados estamentos que controlaron el país durante décadas, ha llevado a la idea de que no debe quedar piedra sobre piedra del “neoliberalismo”. Es evidente que la lectura de esa radicalidad no es sólo una en el Movimiento al Socialismo, que al ser una compleja y heterogénea mezcla de muchas cosas, acabó por no ser ideológicamente nada en concreto, pero sí la suma de aspiraciones que han tenido que negociarse internamente y que han dado como primer resultado (con la ayuda de una oposición ideológicamente débil y prácticamente ineficiente) la nueva Constitución como ejemplo paradigmático de la confusión reinante. El texto expresa las contradicciones de varias tendencias en un borrador mal digerido que se convirtió en ley de leyes en el referendo por azar de las circunstancias para mala fortuna de todos. Las líneas maestras del masismo podrían resumirse en la corriente indigenista, la marxista, la nacionalista y la antiglobalización, apoyadas todas en el poder de las federaciones cocaleras. Este enredo se basó en el ensayo en el laboratorio de ideas desmesuradas y contradictorias en sus propios términos. Es una “ideología” pergeñada en textos de la llamada “Comuna”, que pretendió una relectura de la historia reciente que al llegar al mando de la Nación se comenzó a aplicar. Así, apareció una insólita lectura “marxista” de la realidad socioeconómica boliviana desde la perspectiva unilateral del mundo andino, reinventado a gusto y sabor por estos intelectuales, lo que ha producido este nuevo Estado plurinacional de treinta y seis lenguas oficiales, dos sistemas de justicia, el corporativismo en el control social, la recategorización ciudadana basada en la discriminación y un mecanismo de interpretación de lo que es el papel estatal que nos asfixiará a la vuelta de la esquina, porque los postulados idealistas de las condiciones “perfectas” para su desarrollo sobre la tesis del endogenismo son simplemente inaplicables en la realidad de hoy. A la par, la obsesión por un proyecto en el contexto internacional basado en la plena autodeterminación, nos conduce a un autismo apoyado en la hipotética construcción de alianzas que sustituyan el cauce natural de nuestras relaciones bilaterales y multilaterales, no porque no sea legítimo y aún necesario abrir nuestros ojos a nuevos horizontes, sino porque hacerlo no debiera imponer el mundo de blancos y negros, de buenos y malos, con los que se mueve nuestro Presidente y nuestro Canciller en la sombra. La renovación del viejo discurso de los miedos sirve en el corto plazo, pero se hunde en el mediano y en el largo.
Nos acercamos además a una nueva colisión. La aplicación de la Constitución nos llevará a una confrontación que será transversal y que tendrá sus ejes de mayor conflictividad en el seno de los llamados movimientos sociales, sin olvidar la otra confrontación, porque está claro que Morales no se detendrá hasta no aplastar totalmente a quienes considera resabios del viejo orden.
El proyecto autoritario en el que estamos sumidos no para mientes en violar derechos y garantías ciudadanas sin costo alguno (gracias en buena parte a la irracionalidad de una oposición que se comportó con un espíritu violentista y desestabilizador inaceptable) y lleva adelante una gestión que está destruyendo elementos esenciales de nuestra economía, en los umbrales de una crisis inevitable para la que no estamos preparados por el desperdicio de tres años espectaculares que debieron ser una plataforma de lanzamiento hacia la diversificación, el diseño de políticas sociales estructurales y la apertura de inversiones productivas y generadoras de empleos en serio.
Dado que el Presidente aún cuenta con un respaldo muy significativo de la población, nos queda todavía mucho por ver y nos quedará más todavía por reconstruir tras este paso tan mal ejecutado desde el Palacio de Gobierno.
*Carlos D. Mesa Gisbert es ex presidente de Bolivia, periodista, historiador y político.
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