Entre los demoledores ataques que el actual Gobierno propina a las instituciones fundamentales del Estado de Derecho, los de mayor gravedad son los dirigidos contra la administración de la justicia. En el falaz proceso de cambio del que alardea el Gobierno está el desmantelamiento, desde el Tribunal Constitucional, hasta la Corte Suprema de Justicia, pasando por las cortes de distrito y los juzgados.
Antes de pasar adelante en este análisis, convengamos en que una administración de justicia ineficiente, lenta y frecuentemente corrupta, no sólo es inoperante para alcanzar los objetivos para los que fue creada, sino que erosiona las bases mismas de la legitimidad del Estado, de la convivencia civilizada y democrática entre las personas.
En este sentido, hay que lamentar el proceso sistemático de politización de la justicia, al mismo tiempo que la judicialización de la política. En efecto. El Gobierno envenena a los tribunales con ideas peregrinas. Descabezó al Tribunal Constitucional, y trata de proscribir al actual presidente de la Corte Suprema. Simultáneamente, persigue por vías supuestamente legales a políticos que le son incómodos.
A esto se añade la irresponsable justificación de la llamada justicia comunitaria. El último caso fue la humillante flagelación del dirigente indígena oriental Marcial Fabricano, según todas las evidencias, por parte de agentes oficialistas.
Obligatorio es insistir en que la constitucionalización de la justicia comunitaria es uno de los grandes errores de la nueva Carta Magna masista. Es el regreso a un procedimiento (si así puede llamarse) discrecional, arbitrario, inquisitorial, con clara desigualdad entre las partes, en perjuicio del presunto delincuente. Su sistema de pruebas legales está plagado de elásticas presunciones que permiten probar casi cualquier acusación contra el reo, el cual dispone de muy menguados recursos pasa su defensa. Incluso, como ha ocurrido en los últimos casos registrados, permite los castigos corporales y las torturas, penalidades que están expresamente prohibidas por la Constitución y las convenciones internacionales sobre derechos humanos.
Frente a estos desatinos, traigo a colación una de las felices innovaciones que logró introducir en la doctrina jurídica penal el Marqués de Beccaria, allá por el siglo XVIII. La justicia penal —afirmaba el jurista italiano— debe ser pública, y el proceso acusatorio debe ser también público y meramente informativo; las pruebas serán claras y racionales. La tortura debe ser eliminada, lo mismo que todo el proceso inquisitivo.
Da pues vergüenza ajena que haya dirigentes que justifiquen la justicia comunitaria y, encima, atribuyan la investigación de los hechos a los propios ejecutores del crimen.
Tales aberraciones son tanto más graves cuando hay que enfrentar amenazantes tan perversas como el narcotráfico y el terrorismo. No es ningún secreto y las últimas estadísticas revelan que la producción y el tráfico de drogas aumentaron en los últimos años. Y sobre el terrorismo, los medios de comunicación nos saturan con informaciones sensacionalistas sobre el delirante grupo de extranjeros, de complicados apellidos, que —dicen— iban a tirar bombas y disparar metralletas a diestra y siniestra. Los tiros los encajaron tres de ellos.
*José Gramunt es sacerdote jesuita y director de ANF.
El Gobierno está cambiando
El ruido que hace el presidente Evo Morales con su excesiva locuacidad no ha logrado ocultar el hecho de que su gobierno está cambiando, por lo menos en sus actitudes hacia la empresa privada.
Himno en el descanso
Ninguno de los grandes equipos de la historia —la selección húngara de 1954, la brasileña del 70, el Madrid de Di Stéfano, el Milan de Sacchi— ha desplegado un fútbol tan brillante como este Barça de Guardiola que hace días logró su primer título
Integración energética
Me disculpo por el título tan poco sexy, pero el tema es caliente. En América del Sur, en los años 90 cuando se hablaba de integración energética, habían dos ejes conductores del debate.
Limpieza del sistema judicial al vacío
El sistema judicial boliviano es una de las instituciones públicas bolivianas más difíciles de transformar y acoplar a los cambios que el país necesita e intenta implementar.
La partida de la escribidora
Por culpa de los antropólogos, la palabra incultura ha desaparecido del vocabulario. En el pasado la noción de cultura se asociaba a un conocimiento elevado —humanístico y científico—, al dominio de las artes, al buen gusto y a una sensibilidad refinada.