Estimado señor Satanás: Quiero decirle públicamente que en estos últimos días me he puesto a pensar, muy preocupado por cierto, en si acaso ha recibido los mensajes que he estado haciéndole llegar por medio de mis actos y, sobre todo, si éstos han sido merecedores de que a última instancia me haya considerado como para hacerme caso, pues no he recibido respuesta de su parte.
De más está refrendarle el que no me importa su repugnante aspecto ni sus repulsivas ideas en torno a la dicotomía moral que debate el bien y el mal, porque gracias a los noticieros he podido ver de primera mano a seres humanos que son excesivamente más nauseabundos que usted, por lo menos en el plano de las ideas que profesan en este desventurado planeta.
Sucede también que en aras de su —hasta ahora— infructuosa búsqueda, me he estado fijando mucho en los prototipos mediáticos occidentales que lo vinculan a usted con los musulmanes y he terminado por acabar bastante confundido, ya ve usted que en la Divina Comedia hasta Dante decía que Mahoma también era terrorista y que lo vio en uno de los círculos del infierno condenado a trabajar por toda la eternidad.
En los anales históricos de la guerra santa por ejemplo, más de un Papa afirmaba que las hordas musulmanas que atormentaban a los ejércitos cristianos estaban formadas por demonios y que de ninguna forma eran seres humanos.
Ya ve usted que hasta el rey del planeta, un señor que decía que hablaba con Dios todas las noches, fue reelecto gracias a la aparición de su entenado Bin Laden, que le ha estado robando cámara desde el 2001, cuando se convirtió en el diablo mayor del imperio y que justamente el día de las elecciones anunciaba que iba a convertir el mundo en un cementerio. ¡Ah, la gloriosa necesidad de tener un enemigo! Por fortuna ese hombre descansa ya lejos de los reflectores.
Me recuerdo a los enemigos de Dios que contabilizó, según Giovanni Pappini, el demonólogo Wier en 1564: exactamente 7,409,127 corrompedores del alma humana que actuaban a tiempo completo divididos en 79 legiones. Me pregunto hasta dónde se ha elevado el censo demoníaco desde aquellos tiempos, esos árabes disfrazados de demonios que aún usan turbantes como en los tiempos de las cruzadas para ocultar sus cuernos, largos mantos que esconden sus colas picudas y sobre todo las bombas que todos llevan bajo el brazo.
Si usted gusta corrompernos y apoderarse de nuestras almas en contra de nuestra voluntad, puede argumentar las resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU o simplemente señalar que ocultamos armas de destrucción masiva.
No tema violar derechos de ninguna clase, acuérdese de que éstos cambian de parámetros de acuerdo a la extracción social y que tan bien describieran Bourdieu y Wacquant en La Miseria del Mundo. Como quiera que sea, no se fije usted en los daños colaterales que la violencia racial que se ejerce sobre las clases paupérrimas desemboque en una revuelta global, para eso inventó sabiamente la televisión, de cualquier forma, si decide reprimir por cualquier criminal medio, no estará haciendo nada que EEUU no esté haciendo ya con total impunidad.
Si los abanderados de la justicia y libertad pueden matar en nombre de la vida y hacer la guerra en nombre de la paz, y criminalizar a la gente por su aspecto en aras de la igualdad, usted podría enmascarar sus genocidios con los mismos pretextos, al menos su fiel sirviente no se lo censuraría. En espera de su pronta respuesta me despido.
*Sergio Islas Pacheco es periodista, vive en México.
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