Aburridos por la confrontación, las verdades a medias, los atropellos y los atisbos de grave violencia, propiciados por los políticos en general, un importante grupo de bolivianos —sumados a todos aquellos que salieron en busca de trabajo— estarían considerando la posibilidad de abandonar el país, en busca de días más tranquilos en el extranjero.
Lamentablemente, no todos aquellos que se sienten aburridos por la política pueden optar por esta alternativa pues, el hacerlo, requiere, entre otras cosas, de ser joven y audaz; contar con visa, autorización de residencia o permiso de trabajo, o de un importante respaldo financiero, que les permita poder vivir con alguna holgura en los extremadamente caros países del extranjero (obviamente comparados con Bolivia).
Hay también quienes estarían considerando la posibilidad de vivir en el departamento de Santa Cruz pensando, ingenuamente, que en esta activa y próspera región del país, los amantes de la paz podrían escapar de la grave turbulencia política, para hacer algo que todos los bolivianos quisiéramos hacer: poder trabajar en paz y tranquilidad.
En lo que respecta a mi persona, con toda franqueza, quiero decirles a mis amables lectores que “ni loco” me iría de Bolivia. Y no me iría por las siguientes razones: En primer lugar, porque amo a Bolivia; su belleza natural, su rica variedad de flora y fauna extendida a lo largo de su territorio, sus maravillosos tesoros, como el lago Titicaca, el salar de Uyuni, los suntuosos picos nevados de su cordillera, sus frondosos ríos, y sus extraordinarios parques nacionales, para nombrar tan sólo algunas de sus importantes riquezas.
Amo también a su gente, su genuina hospitalidad, su solidaridad, su calidez, su generosidad y su grandeza, a pesar de que los políticos hacen todo lo posible por sembrar el odio, la desconfianza y las diferencias de raza, clase y condición económica entre los bolivianos. Amo también su condición industriosa y emprendedora, su calidad artesanal, su capacidad inventiva, de adaptación y de sobrevivencia, a pesar de que casi siempre hacemos lo posible por impedir el crecimiento de la economía y la generación de empleos.
Amo la riqueza cultural de Bolivia, su infinita capacidad de producir arte en todas sus formas, música en toda su belleza e incalculable valor y donde, a pesar del permanente y sistemático robo de la riqueza folklórica del país, el caudal cultural de Bolivia parece que nunca se acaba y cada vez se abren más vetas culturales por explorar.
Amo la vida familiar en Bolivia, los gratos momentos que se disfrutan con los padres, los hijos, los hermanos y donde en las frondosas familias, en las que no siempre se encuentran lazos de parentesco cercano, se reúnen para compartir eventos, aniversarios y ocasiones especiales para disfrutar de recuerdos, anécdotas e historias reales o imaginarias, en un ambiente de amor, sana comprensión y alegría.
Amo también el profundo significado que le damos a la amistad, la lealtad y la solidaridad que ésta conlleva y el elevado sitial que le damos a nuestras obligaciones de la amistad, sobre todo, con quienes consideramos nuestros amigos, más allá del simple conocimiento de las personas.
Amo también el respeto que los bolivianos profesamos a nuestros progenitores, a las personas mayores en general y a nuestros antepasados, que son tradiciones, casi perdidas en las grandes sociedades del mundo occidental.
Todo esto es lo que llamamos nuestras raíces, que ojalá el mundo de los políticos —tan ausente de la realidad de los pueblos— nunca nos las puedan quitar.
Será por esto que los bolivianos en el extranjero, a veces, sienten lo que se llama la “nostalgia del boliviano”, cuando se dan cuenta que le faltan sus raíces y cuando comprenden que no puede volver fácilmente a ellas. Esto es lo que precisamente sucede con los emigrantes bolivianos, que saben que no pueden retornar, a veces por miedo a no poder volver a los países que les ofrecen fuentes de trabajo. Verdaderamente, es el sentimiento de pérdida, que sentimos cuando sabemos que ya no podemos vivir en Bolivia.
*Juan L. Cariaga es economista y escritor.
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