La Casa de la Moneda de Chile le ha entregado al Presidente la moneda del Bicentenario. En el anverso, su propio rostro y en el reverso la imagen de Túpac Katari y Bartolina Sisa. Hatún Colla (la ciudad capital de los señoríos collas) parece renacer de las cenizas para que a nadie le quepa duda de qué se trata este nuevo entramado de poder. La historia no es falsificada, es simplemente arrasada. Con el mismo impudor del dictador Hugo Banzer que en ocasión de la conmemoración del sesquicentenario de la Patria hizo acuñar medallas con su efigie compartiendo honores con Bolívar, el presidente Morales —cual Narciso— ha decidido que en la moneda, en la televisión, en los artes de periódicos, en las gigantografías y con su nombre coreado, cantado, gritado, impuesto en las radios y en las marchas, acabe por entrar por todos nuestros poros.
Todavía recordamos a Evo Morales acusando de soberbia a más de un Presidente de la democracia. Ni la suma de todas las soberbias del último cuarto de siglo juntas, podrían apagar la del actual gobernante que ha entrado francamente en una espiral de falta de sentido de las proporciones, de realidad y de mesura.
Por si fuera poco, Juana Azurduy, a quien le corresponde el sitial que ganó a golpe de espada, sacrificio y la modestia de la pobreza y el olvido, de la que el primer magistrado parece haberse olvidado, tiene que cederle su lugar en la moneda, pero no en la historia. Morales comparte, además, laureles con dos personajes que representan la imagen de una historia unidireccional, en la que sólo cabe el mundo indígena y me atrevería a más, sólo cabe el mundo aymara. ¡Ahora resulta que Katari y Sisa son próceres de la independencia de 1809! ¿Es que tenemos que negar lo que realmente ocurrió? Cada cual en su lugar. La pareja aymara en 1781 en el cerco de La Paz, en la batalla por la tierra y —por si alguien lo olvidó— en la saga de Túpac Amaru que reclamaba al rey de España el reconocimiento de su nobleza de Inca, ¡Al mismísimo rey que sometía a su pueblo! Ya es tiempo de terminar la descalificación de intelectuales y guerreros, mestizos, criollos, blancos e indígenas, que pelearon por la independencia de Bolivia, Sí, la Independencia con mayúsculas, la de la Audiencia de Charcas transformada en Bolivia. Independencia de la que debemos estar orgullosos, terminando con esa retahíla de ambiguos juicios en torno a lo que no se hizo o se hizo mal. Cada tiempo explicado en la mentalidad de su tiempo. Un tiempo para el despotismo colla, inca o español, un tiempo para la democracia restringida y excluyente, un tiempo para la revolución y un tiempo para la democracia plena, pero no un tiempo para mentir y destruir todo valor de lo que esta sociedad construyó con tanto esfuerzo.
Reivindiquemos a Padilla, Azurduy, Lanza, Pazos Kanki, Méndez, Murillo, Medina, Warnes…por citar unos pocos nombres de esa pléyade que en los cuatro puntos cardinales hicieron patria.
Éste no es el país de los aymaras, es el país de todos. No puede ser el país del impudor de un Presidente que parece creerse Zapana, que se ha tomado en serio esa ceremonia de posesión en Tiwanaku el 2006, que algunos de sus válidos quieren convertir en la reencarnación de un momento periclitado. ¿Es que vamos a tener que seguir aceptando que actúe como un emperador, que se mueva como un emperador, que viva en esa burbuja oscura y terrible de una seguridad asfixiante que lo ha separado del mundo real? ¿Vamos a seguir aceptando todo lo que dice?: Que si el Gobierno vulnera la ley, para eso están los abogados, para hacer legal lo ilegal. Que todavía falta controlar los poderes Legislativo y Judicial para realmente ejercer el gobierno, porque hasta hoy el pueblo no está en el gobierno (él sí, él está y disfruta y ejerce ese poder hace cuatro años). ¿Cuando el Presidente habla del pueblo, de quién habla, del pueblo o de él mismo al que cree encarnar?
No es ni será la primera vez que una mayoría respalde la arbitrariedad del poder que quiere ser total, ni en nuestro país ni en otros del mundo. El autoritarismo bañado de popularidad, con consignas que adormecen y bonos que enamoran, puede obnubilar a una sociedad, encallecerla, o hacer que la otra parte no quiera ya ver noticieros, ni escucharlos, ni leer periódicos, porque, impotente como está, prefiere hacer que la mente se aleje de esta circunstancia casi surrealista.
Pero el impudor más doloroso es el Tribunal Constitucional destruido, es el enjuiciamiento al presidente de la Corte Suprema y a casi todos sus miembros, es la destitución insólita del Contralor, es un prefecto en la cárcel sin un amago de justo proceso, es la amenaza de ayer, de hoy y la que vendrá mañana. Es el asesinato de tres sospechosos de terrorismo “muertos en un enfrentamiento”. Lo mismo dijeron del Inti Peredo asesinado en 1969 y de los ocho miristas aniquilados en 1980 por la dictadura de García Meza. Y valga recordar para quienes se escandalizan de estas comparaciones lo que dijo Castelio: “Matar un hombre no es defender una idea, es matar un hombre”.
El impudor es la casa confiscada al “traidor” a la raza. Sí, leen bien, a la raza disfrazada de “traición a la comunidad”, es la de los 38 latigazos que casi matan a otro “traidor”.
Los argumentos del impudor son: “De qué se quejan, si los neoliberales eran peores. De qué se quejan si éste es un ladrón, éste un asesino, éste otro un corrupto, éste hizo lo mismo cuando le tocó, éste es un vende patria, éste un enemigo de los originarios a los que pertenece”. ¿No nos suena conocido el discurso? ¿No lo escuchó todo un continente en el siglo pasado?
El impudor se alimenta del otro impudor, el de sectores radicales antidemocráticos de la oposición, que combaten con violencia al poder gubernamental. Por eso, el decreto que además de violar —una vez más— la propia Constitución, de despreciar la independencia de poderes y vulnerar convenios internacionales que cita con sarcasmo, es la espada de Damocles contra los “secesionistas y traidores a la patria”.
*Carlos D. Mesa Gisbert es ex presidente de Bolivia, periodista, historiador y político.
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